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miércoles, 17 de junio de 2015

El Emperador Juliano y el Neoplatonismo



     Se encuentra publicado en library.flawlesslogic.com, sin indicación de fecha, el siguiente artículo que presentamos en castellano, referido al tema enunciado, en relación directa con la entrada anterior en este blog que también tiene que ver con el Emperador romano mencionado. El enfoque aquí, más conceptual y actualizado, está puesto más que nada en los alcances filosóficos de los escritos de dicho Emperador intelectual, el cual, si hubiese vivido el suficiente tiempo, habría perfeccionado sus comenzadas reformas a la vida política y religiosa (y filosófica) de la sociedad romana que presidió y analizó desde la elevada mentalidad de uno que observa el universo desde las alturas de la contemplación metafísica, no carente, bajo ningún punto de vista, de realismo.


El Emperador JULIANO y el NEOPLATONISMO
por Madeline Clark



     Después de dieciséis siglos, la vida y la obra del Emperador Juliano parecen tan cercanas a nosotros como ayer, tan reales para nosotros como hoy, y con justa razón. Juliano ha aparecido en la Historia principalmente como "el Apóstata" (uno que abandona el cristianismo), un epíteto que ha influído en las mentes de generaciones sucesivas en contra de él y que ha obscurecido su verdadero genio, su notable carrera y, lo más importante de todo, la misión que él trató de llevar a cabo y que comenzó realmente a cumplir gloriosamente durante su breve y trágico reinado.

     Él apareció en un tiempo (331-363 d.C.) en que la antigua adoración de los pueblos helénicos en los templos, que se había extendido sobre el mundo romano, estaba en un estado de decaimiento, y a la que de hecho le había sido dado su golpe de muerte por la acción de Constantino el Grande quien había abrazado personalmente el cristianismo, convirtiéndolo así prácticamente en la religión estatal. Pero la naciente Iglesia cristiana, por su parte, era entonces un semillero de una amarga lucha interna con respecto a algunos oscuros puntos de doctrina, en un esfuerzo para establecer sus dogmas. En vez de reflejar el espíritu piadoso de muchos cristianos primitivos, la Iglesia había llegado a ser en gran parte un poder político, ya que Constantino había investido a su clero con numerosas exenciones y privilegios especiales. Se trataba, en resumen, del final de una época, y el futuro del mundo occidental era lo que estaba en juego. Porque estaban implicados dos principios: por una parte, estaba el reconocimiento del derecho de cada individuo a la libertad plena en cuanto a creencias religiosas; eso fue lo que Juliano decretó. Por otra parte, existía un clero religioso que se decidió por una doctrina y que luego procuró imponerla sobre las mentes independientes.

     La única esperanza, si Occidente debía ser salvado de un largo período de oscurecimiento espiritual, parecía estar en el neoplatonismo y en las enseñanzas mitraicas relacionadas, que conservaban las filosofías de Pitágoras y Platón y en algún grado la sabiduría de las escuelas de Misterios. Es más fácil ahora, quizás, en nuestra actual época de audacia y libertad de mente, ver la obra de Juliano como el último esfuerzo "para examinar la siempre creciente superstición ignorante y la credulidad de los tiempos", antes de que la Época Oscura (Edad Media) llegara a sumergir a Europa (Gaetano Negri, Juliano, el Apóstata, pp. 176-177). Éste era el estado de cosas cuando Juliano accedió a la soberanía del Imperio.

     Él había tenido una preparación de algún modo notable para su propio destino. Casi parecería, como él mismo creía, que los dioses vigilantes le habían dado su protección. Cuando tenía seis años, él junto con un hermanastro mayor habían sido salvados de la masacre general de su familia que ocurrió tras la muerte de su tío Constantino el Grande y con el acceso de su primo Constancio al trono imperial (337 d.C.). Los dos príncipes, asustados y perplejos (ha sido dicho por algunos historiadores que Juliano nunca se repuso completamente de aquella temprana conmoción), fueron trasladados rápidamente a remotas partes del dominio Real y llevados allí sin las cortes principescas que les correspondían por derecho. Los tutores responsables de su educación dieron una inclinación cristiana a su formación religiosa. Pero la misma providencia que había salvado sus vidas parece haber tenido una intervención en su educación también, ya que Juliano tuvo como su preceptor al culto esclavo de familia Mardonio, que había sido el profesor de su madre, la aristocrática Basilina. Ella había muerto poco después del nacimiento de Juliano.

     Mardonio condujo al príncipe a través de las epopeyas heroicas de Homero y las antiguas cosmogonías de Hesíodo; él también lo instruyó en la conducta y la disciplina de los buscadores de la verdad. Esto dio origen en Juliano a un amor perdurable por la Filosofía. Cuando, al acercarse a la edad de la virilidad, le dieron más libertad para viajar y estudiar en Constantinopla, Nicomedia, Pérgamo, Atenas y otros centros de enseñanza, él persiguió su trabajo con el entusiasmo de uno que no tiene ninguna mayor ambición que seguir el camino del filósofo.

     Sin embargo, Constancio lo tenía bajo vigilancia siempre, sobre todo durante un período de siete meses en Milán en el año 354 cuando la vida de Juliano estaba realmente en peligro por las intrigas de enemigos en la Corte. Precisamente fue allí que la emperatriz Eusebia, la esposa de Constancio, se convirtió en su protectora y amiga, de modo que, en vez de ser condenado a la muerte, Juliano fue desterrado a Atenas donde él estuvo demasiado contento de reanudar sus estudios académicos. De hecho, aquellos meses en Atenas fueron los más felices de su vida. Sus amigos de aquellos días han dejado registrados el afecto general que le profesaban sus compañeros de estudios, encantándolos a ellos y a sus profesores por igual con "la suavidad y la afabilidad de sus maneras" (Gibbon), así como con sus obvios talentos para la búsqueda del conocimiento. Fue probablemente durante ese período que Juliano fue iniciado en los Misterios Eleusinos y en los Mitraicos también, aunque él siempre mantuvo una reserva estricta en cuanto a esos asuntos.

     Pero el respiro ateniense fue efímero. Finalizó en aproximadamente seis meses cuando, debido a presiones de la campaña persa, Constancio convocó a Juliano otra vez a Milán, esta vez designándolo como César para el Oeste, donde él debía participar en la guerra contra los bárbaros en la Galia. Él emprendió estos nuevos deberes con temor, no teniendo ninguna formación o experiencia en asuntos militares; sin embargo, con su característica determinación él se involucró en el estudio de la estrategia y las artes de la guerra. El resultado fue que finalmente él se hizo cargo del mando total de las legiones romanas en la Galia; y en una serie de rápidas campañas limpió las fronteras. Él entonces volvió su atención a preocupaciones administrativas, suprimiendo la corrupción oficial que robaba a la gente por medio de impuestos excesivos y que gastaba su dinero en gastos innecesarios. Así él puso a la Galia en una condición ordenada y próspera.

     Las autoridades historiográficas están de acuerdo en que Juliano fue muy amado como un jefe justo y humano, adorado por sus tropas por su imparcialidad y consideración por su bienestar, nunca pidiéndoles hacer algo que él no fuera capaz de hacer. Fue este entusiasmo por Juliano como su comandante, añadido a una insatisfacción por la inoportuna demanda de Constancio de que ellos dejaran sus casas en la Galia para asistirlo en la campaña persa, lo que dio ocasión a la rebelión entre la soldadesca que derivó en la elección de Juliano, por la fuerza y por aclamación, al rango de Augusto, el jefe supremo del extenso Imperio romano.

     Antes de que las fuerzas contrarias de los dos Emperadores pudieran encontrarse, sin embargo, Constancio murió, y así comenzó el reinado de Juliano de menos de veinte meses. Él había insinuado más de una vez que su tiempo era breve; y tan pronto como los ritos funerales de Constancio fueron debidamente observados, él empezó sus reformas. La reconstrucción de los templos (paganos) fue quizás la primera, junto con el nuevo comienzo de los ritos de los templos. Él publicó su famoso edicto de la libertad religiosa. Él invitó de vuelta a sus hogares a todos los que habían sido desterrados por motivos religiosos, y rescindió los privilegios especiales y los derechos de los obispos y sacerdotes cristianos, prohibiéndoles el uso gratis del transporte público. Quizás su decreto más impopular fue el que impedía a los preceptores cristianos dar instrucción acerca de los clásicos de la literatura griega, ya que él creía que los alumnos no podían recibir el verdadero espíritu heroico de aquellos que en secreto rechazaban lo que enseñaban.

     El esplendor y el lujo oriental del palacio imperial en Constantinopla, que abundaba en ociosos deambuladores que subsistían del dinero público, lo llenaron de repugnancia, y él le puso un fin a aquello, instituyendo en cambio una casa mucho más simple, continuando él mismo sus hábitos ascéticos y llevando puestas las simples ropas del filósofo. Luego siguió la reforma del régimen fiscal para aligerar las cargas de los pobres. Él también puso en movimiento nuevos esfuerzos para el renacimiento de la literatura y las artes, y el reforzamiento de los centros de aprendizaje. "Si hay algo que merece nuestro protector cuidado es el arte sagrado de la música", escribió él a Ecdicius, prefecto de Egipto, y le ordenó que seleccionara a muchachos con talento para ser especialmente mantenidos y entrenados en dicha ciencia.

     Desde el principio Juliano designó una comisión de hombres magnánimos para tratar con los corruptos consejeros que habían rodeado a Constancio, y en su lugar invitó a su lado a un grupo de filósofos, la mayoría de los cuales, si no todos, era estudiantes de los Misterios como él mismo, que le permitirían una cierta ayuda protectora y comprensiva con su trabajo. Máximo el efesio, quien había iniciado a Juliano en los Misterios, era uno de éstos; Libanio el retórico, quien había sido su profesor en Nicomedia y Atenas; Oribasio el médico, detrás sólo de Galeno en habilidad y conocimientos, y quien escribió por instrucciones de Juliano una enciclopedia de medicina; Prisco, profundamente docto en Filosofía; Himerio, un sofista de Atenas bajo quien Juliano puede haber estudiado; Salustio de Galia, uno de los más sabios de sus consejeros; y Anatolio, cercano amigo de Juliano, a quien se le dio el más alto lugar más como el Maestro de las Ceremonias. Estos hombres estaban en algunos aspectos en un pie de igualdad con Juliano mismo, y él aceptó no sólo el consejo de ellos, sino sus protestas y advertencias también.

     El clero cristiano del siglo IV era en su mayor parte inmaduro, y por ello incapaz de entender el significado y el alcance de la misión de Juliano. Ellos se resintieron profundamente por los cambios que él introdujo en el status de ellos y se crearon un odio que ha durado hasta estos días. Cualquiera que deseara presentar un cuadro justo de las reformas de Juliano y de las enseñanzas contenidas en sus escritos, tiene que caminar con dificultad por entre una ciénaga de prejuicios e inexactitudes en busca de unas pocas perlas de la verdad. Él está obligado a acudir, para conseguir su información, en gran parte a los escritos de los eruditos cristianos, y encuentra allí todos los grados de parcialidad, desde el veneno de Gregorio Nacianceno hasta la ocasional incredulidad cortés de traductores y comentadores tardíos, aunque por otra parte honestos, que de todos modos, sin embargo, sufren de la incapacidad de ver que hay muchos caminos que conducen a la verdad.

     Gore Vidal, en su éxito de librería de 1962, Julian: A Novel, señala que la vida de Juliano ha intrigado la imaginación de los románticos y ha dado ocasión a historias y obras dramáticas. Incluso Lorenzo de Médici, según Vidal, escribió un drama con ese tema (en el auge del Renacimiento, Lorenzo el Magnífico (1448-1492), siguiendo la obra de su abuelo Cosme de Médici (1389-1464), mantuvo en su Corte en Florencia su celebrada escuela para el renacimiento de las artes pero también para el estudio de la filosofía platónica); y el intenso drama de Ibsen fue bien conocido en su propia época. Varias novelas basadas en el personaje de Juliano han aparecido en este siglo [XX], pero estas ficciones posteriores no son de ningún valor real para el estudiante que procura llegar a la seria significación del esfuerzo de Juliano. Naturalmente cada autor, incluyendo a Gore Vidal, quien quizás llega más cerca que todos ellos a una descripción justa, puede retratar su tema sólo en términos de su propio punto de vista y capacidad. Algunos, como Louis DeWohl, son culpables de fabricar una narrativa que, de comienzo a fin, ha sido construída de acuerdo a la orientación que el autor deseó que pudiera haber tenido, y que es completamente falsa en cuanto al verdadero carácter del héroe.

     En cuanto a la cuestión de la apostasía, varios historiadores dudan de que Juliano fuera alguna vez un cristiano profeso, ya que su única vinculación con el cristianismo fue cuando estaba bajo tutela mientras era menor de edad; e incluso en aquellos años es evidente que su verdadero amor eran los dioses antiguos y la virtud y la fuerza de los héroes homéricos. Es sólo en limitados sectores que Juliano todavía es etiquetado como el Apóstata, ya que en su mayor parte dicha denominación ha sido abandonada por carecer de relevancia o fuerza en esta época de libertad intelectual. La Encyclopedia Americana (edición de 1944) la descarta concisamente: "Juliano el Apóstata, quien nunca había sido cristiano excepto nominalmente y por obligación". 

     Ha sido dicho por sus traductores que si hubiera vivido más, Juliano simplemente habría formado una nueva Iglesia, con él a la cabeza, y que sus motivos eran puramente personales. Pero ¿no podríamos creer igualmente que él estaba tomando medidas para establecer una escuela que ofreciera la filosofía neoplatónica? Ciertamente el fundamento de su sistema ya había sido puesto: era la absoluta libertad de creencias para cada persona.

     Juliano comenzó su reinado en Constantinopla en Diciembre del año 361. Durante 362 él se preparó para una renovación de la guerra con los persas, y en Marzo del año siguiente tomó el campo, al principio con éxito; pero fue el 26 de Junio de 363, al calor de la batalla, que él recibió una herida mortal de una lanza que se cree que fuera la de un regicida cristiano. Sus horas finales, cuando él yacía en su tienda de campaña rodeado por los filósofos que habían sido sus constantes compañeros, han sido comparadas con las últimas horas de Sócrates, ya que ellas fueron en gran parte ocupadas en un discurso filosófico y elevado. Cuando la mañana alboreó, así ha sido relatado, él pidió ser levantado para saludar los primeros rayos del Sol naciente, y de ese modo él pasó al cuidado del gran Helios. (Otros relatos —Amiano Marcelino, etc.— dan la hora de la muerte de Juliano como la medianoche, pero hay buenas razones para aceptar la primera versión mencionada).

     El breve pero activo reinado de Juliano llegaba a su final; pero el ímpetu que él había dado a sus reformas mantuvo la influencia de éstas en algún grado en los años posteriores. La Historia afirma, sin embargo, que hacia el siglo VI "El neoplatonismo fue triunfalmente aplastado y su llama apagada". Pero ¿realmente fue aplastado tan completamente como las apariencias podrían sugerir? El hecho es que los creyentes de las doctrinas de Pitágoras, Platón y Yámblico han sobrevivido en Occidente, individualmente y en grupos, a lo largo de los siglos. A menudo ellos han sido etiquetados como herejes, y se han hecho intentos para exterminarlos, pero las ideas que ellos estimaban han seguido viviendo.

     El único modo seguro de llegar a una estimación verdadera del valor de un hombre es ir a los escritos del individuo mismo; y en el caso de Juliano éstos son bastante voluminosos, ya que él fue un escritor y un epistológrafo copioso, y una buena cantidad de su obra ha sobrevivido. Ésta es la evidencia interna de que él era un representante genuino de los guardianes del bienestar humano. Mirado bajo esta luz, las reformas de Juliano y las enseñanzas que él ofreció podrían haber abierto un camino de oportunidades para el desarrollo de las más elevadas facultades humanas.

     Entre sus obras que han llegado hasta nosotros, su "Argumento contra los Galileos" es la más obvia como parte de los esfuerzos de Juliano para la reforma. En dicho libro él trata de interpretar las enseñanzas cristianas en un espíritu más universal, apoyando sus opiniones cuando es necesario con citas bíblicas recordadas de sus estudios cuando muchacho. Sin embargo, como Wilmer Cave Wright dice en su Introducción a su traducción, "Nos vemos obligados a verlo a través de los ojos de un apologista hostil". El "Argumento" ha llegado hasta nosotros en una forma mutilada, porque los clérigos y los copistas que lo manejaron libremente suprimieron partes que los ofendían particularmente.

     Tanto Gregorio Nacianceno como el obispo Cirilo de Alejandría, por ejemplo, escribieron furiosas diatribas contra dicho libro; pero una lectura tranquila de lo que ha quedado no da ninguna impresión de animosidad sino simplemente un deseo de analizar y llegar a la raíz de las cosas, un hábito que Juliano había adquirido en Atenas, ya que los atenienses eran aficionados a discutir puntos de Filosofía en detalles minuciosos, o "en profundidad", como diríamos hoy. Ellos no tenían miedo de hacer eso; ello realmente clarificaba su entendimiento sin perturbar en lo más mínimo su fe en los preceptos básicos que eran para ellos verdades evidentes. Esto, por supuesto, era el exacto opuesto de la costumbre de la Iglesia cristiana que, casi desde el principio, castigó como herejes a los individuos que se atrevieron a hacer preguntas o a pensar por sí mismos.

     Mencionemos sólo un caso para ilustrar el enfoque de Juliano. Se refiere a Adán y Eva y al consumo del fruto prohibido del Árbol del Conocimiento por instigación de la Serpiente. Juliano pregunta:

     «¿No es extraño en exceso que Dios negara a los seres humanos que él había formado el poder de distinguir entre el bien y el mal?... sólo dicho conocimiento parece dar coherencia a la mente del Hombre... Dios no quiso que el Hombre gustara la sabiduría, aparte de la cual no podría haber nada de mayor valor para el Hombre... de modo que la serpiente fue un benefactor más bien que un destructor de la raza humana».

     Juliano usa este y otros textos de la Biblia para indicar que muchos de esos pasajes deberían ser interpretados como alegorías con un sentido oculto, una clave importante para el entendimiento de otras escrituras también. Éste es el típico concepto neoplatónico, sacado de Platón, Pitágoras, y también de Orfeo, a quien Juliano llama "el más antiguo de todos los filósofos inspirados", "fundador de los más sagrados de todos los Misterios".

     En la introducción a su Vida de Juliano (1905), Gaetano Negri habla del Emperador como "uno de los hombres más cultivados de su siglo, y el último, el más brillante y el más profundo escritor de la decadencia griega". Lo fascinante de sus escritos consiste en esto: en que fluye a través de todos ellos, sean cartas, oraciones, sátiras o decretos imperiales, la insignia majestatis de uno que no era sólo un gobernante de los hombres, sino de él mismo. Amiano Marcelino, el amistoso historiador contemporáneo que estuvo con Juliano en muchas de sus campañas, ha registrado la increíble y perseverante determinación del Emperador. Sus noches estaban divididas en tres períodos: el primero para el descanso; el segundo para ocuparse de asuntos del Estado; y las horas restantes dedicadas "a las Musas", a escribir y a estudiar. Él empleó secretarios en turnos de día y de noche, dictando la mayor parte de sus obras de modo que ellas tuvieran la franqueza de la palabra hablada, recién salidas de su mente. Sus ideas no tenían que penetrar una niebla de seca intelección, sino parecer forjadas por la espada de diamante de algo más que el pensamiento. De esta manera, dichas obras llevan no sólo comprensión sino una medida de realización al lector. Quizás esto explica por qué ellas reflejan una fresca inmediatez que prevalece incluso en sus traducciones.

     En la edición de la Biblioteca Clásica Loeb de las obras de Juliano (3 vols., con texto griego y traducción inglesa, Harvard University Press, Cambridge; William Heinemann Ltd., Londres, 1913 y 1962), Wilmer Cave Wright ofrece una vívida interpretación en armonía con la espontaneidad del original, aunque el traductor mismo piense que algunos conceptos de su personaje son "supersticiones". Pero en general podemos estar seguros de que un trabajo confiable ha sido hecho mediante una edición honesta y meticulosa. Sin embargo, hubiera estado más cercano a la intención del autor si el traductor hubiese tenido simpatías hacia la filosofía neoplatónica, como la tuvieron Thomas Taylor y C. W. King.

     En sus oraciones y otros escritos Juliano citó o aludió a no menos de treinta y siete de los grandes filósofos, poetas y dramaturgos, así como historiadores conocidos en su época: desde los casi legendarios Homero, Hesíodo y Esopo, hasta Platón y los pitagóricos, Sócrates y Empédocles; Esquilo, Sófocles y Euripides, entre los dramaturgos que enseñaron verdades sagradas por medio de su arte; y los famosos neoplatónicos Plotino, Porfirio y Yámblico. Todos estos nombres representan a hombres que vivieron de acuerdo a las doctrinas tradicionales que en tiempos de Juliano fueron encarnadas en el neoplatonismo.

     Comenzando con la amplia premisa, citada de Platón, de que el universo mismo "nació como una criatura viviente que posee alma e inteligencia", Juliano enuncia la doctrina (Oración IV: "Himno al Rey Helios") de la naturaleza jerárquica del universo y de todas sus partes, en donde una Causa Suprema emana de sí misma a dioses o poderes que gobiernan sobre grados cada vez menores de seres vivientes, hasta que todo queda incluído en el abrazo cósmico. Pero el Sol y la Luna y los cuerpos celestes que vemos "son sólo las semejanzas de los dioses invisibles" cuyos vehículos ellos son.

     Esta oración contiene la descripción alegórica de Juliano de la constitución del universo, su sustancia, origen, poderes y energías que son el regalo del Sol a su dominio, incluyendo la misteriosa "Quinta Sustancia, el Éter" (de acuerdo a Aristóteles), que mantiene unido al Todo. Siguiendo a Platón, él describe una cadena del Ser, emanando de la "Causa no compuesta": lo Supra-Inteligible, lo Uno, o el Bien, como Platón llama a esta causa central de la existencia. Después viene el mundo Inteligible, un paso más cerca de la generación. Luego está Helios, el dios detrás del Sol visible, el señor de los mundos Intelectuales, no sólo "el padre común de toda la Humanidad" que "continuamente vivifica [la sustancia de las cosas generadas] dándoles movimiento e inundándolas con vida", sino también "la mente del universo", otorgando por medio de Atenea "las bendiciones de la sabiduría y la inteligencia y las artes creativas". Helios da a las "almas divididas" (los hombres) la facultad de juicio, y otorga a toda la Naturaleza el poder generador.

     Juliano enfatiza continuamente que Helios da origen a las diversas actividades de su reino solar, no directamente a los seres, sino mediante el concurso de otros innumerables dioses —ángeles, demonios, héroes, y otros en la naturaleza de arquetipos que no llegan a encarnarse—, lo que podríamos llamar las fuerzas de la Naturaleza. Esto parecería tener poca realidad para nosotros, si no fuera por los muy avanzados estudios científicos del Sol actualmente hechos en que tenemos primeros planos reales del disco del Sol, de las manchas solares y de las llamaradas solares. Además, hay imágenes en movimiento de la actividad de las manchas solares con sus corrientes pulsantes de energía expresadas en rayos cósmicos y partículas electrónicas que circulan no sólo hacia la Tierra y luego se devuelven, sino a través de todo el dominio solar. Presenciar dichas películas es mirar —al menos en su aspecto físico— los mismos procesos descritos por Juliano.


     De hecho, hay mucho en su tratado que es puramente científico en el sentido más moderno, teniendo que ver con la acción de la luz, el efecto del Sol sobre las estaciones, así como la circulación de los planetas alrededor del Sol, que "danzan en torno a él como su rey, a ciertos intervalos, fijos en relación a él". La más intrigante de todas es la idea de la función del Sol en la estimulación del pensamiento y de las facultades superiores. Refiriéndose a los fenicios, Juliano cita la enseñanza de ellos de que "los rayos de luz difundidos por todas partes son la encarnación inmaculada de la mente pura". Los científicos modernos están a punto de confirmar algunos de estos hechos más recónditos por sí mismos.

     Las siguientes citas ilustran estos puntos muy claramente:

    «El dios siembra esta tierra con almas que proceden no sólo de él mismo sino de los otros dioses también; y para qué propósito, las almas lo revelan por la clase de vida que ellas eligen. ¿Sólo usted es ignorante de que el verano y el invierno son de Helios?, ¿o de que todas las clases de animales y vida vegetal provienen de él?».

     Mientras lo anterior sin duda tiene una base en el pensamiento científico, también tiene la calidez de la devoción religiosa y de la amplitud filosófica. Esto es una fuerte sugerencia en cuanto al mismísimo origen de la ciencia, la religión y la filosofía.

     Tenemos que considerar bajo qué luz Juliano consideraba a sus congéneres humanos y sus posibilidades. Él veía a la Humanidad desde un punto de vista planetario, en su relación con el universo en conjunto y especialmente con el Sistema Solar. Él veía a "la región de la Tierra" como conteniendo "el ser en estado de devenir", y a nuestro mundo entero como "un organismo vivo completo... lleno de alma e inteligencia... que gira por siempre en un ciclo continuo de nacimiento y muerte". Para él el alma de la raza humana era "no otra que la razón y el conocimiento [nous] aprisionado, por así decirlo, en el cuerpo. Los filósofos la llaman una potencialidad"; de aquí que cada vida humana sea, en último análisis, "un período de prueba". Él vio la dualidad: "El hombre es una doble naturaleza contenciosa de alma y cuerpo conformada como una sola, la primera divina, el segundo oscuro y nublado". (Note su término para los hombres, "almas divididas", ya citado). Él reconoció el "anhelo universal por lo divino que está en todos los hombres"; "celestiales según nuestra naturaleza, pero... enviados a la Tierra para cosechar la virtud junto con la piedad, a partir de nuestra conducta sobre la Tierra". Por consiguiente, el objetivo humano es "imitar a los dioses en la medida en que podamos, y ellos nos enseñan que esta imitación consiste en la contemplación de la realidad".

     Tenemos que recordar que Juliano en tanto Emperador era también Pontifex Maximus, y esto le daba peso a sus advertencias y aclaraciones de asuntos religiosos. Al ofrecer esas enseñanzas, sin embargo, él tomó la posición tradicional de la Filosofía, de que el oyente no debe aceptar ningún precepto a menos que satisfaga su propio sentido de lo correcto y de la verdad. En sus Oraciones VI y VII, Juliano aborda en profundidad el tema de la auto-conquista, y plantea en forma simple las enseñanzas centrales de las filosofías cínica y estoica. (El cinismo era, para Juliano, una rama de la Filosofía "que rivalizaba con las más nobles". Fue fundado por Antístenes, un alumno de Sócrates, que buscaba perpetuar las enseñanzas de su maestro). Él dice cautivadoramente, «Comencemos con "conócete a tí mismo", ya que este críptico dicho del Oráculo Pitio apunta a la razón misma de por qué estamos en la Tierra».

     En el discurso que sigue, se repite la idea de que "el hombre es un alma que emplea un cuerpo", y que al estudiar la naturaleza esencial de aquél, Juliano encuentra que el conocimiento de uno mismo incluye un "estudio de los universales", implicando que el ser humano, en su naturaleza de muchas facetas, es un epítome del cosmos. "Conocer las cosas divinas por medio de la parte divina que hay en nosotros, y las cosas mortales también por medio de la parte nuestra que es mortal: éste el oráculo declarado como el deber del organismo vivo que está a medio camino entre éstos, a saber, el Hombre". En cuanto a las partes componentes de este "organismo vivo", Juliano dice:

    «Una parte de nuestras almas es más divina, la que llamamos la mente y la inteligencia y la razón silenciosa [nous]... aunada con otra parte del alma que es mutable y multiforme, algo compuesto de cólera y apetito, un monstruo de muchas cabezas... No deberíamos mirar constante e inalterablemente las opiniones de la multitud hasta que hayamos domado a esa bestia salvaje y la hayamos persuadido a obedecer al dios que está dentro de nosotros».

     Igualmente con "Conócete a ti mismo" Juliano se encarga de un pintoresco y al principio desconcertante mandamiento del Oráculo dado a Diogenes el Cínico: "Falsifica el dinero común"; o como diversamente se ha traducido, "Dale un nuevo sello al dinero común", lo que simplemente significa que un hombre "no debe dejarse arrastrar por la corriente de la muchedumbre" sino que debería ser independiente de las opiniones de los otros al conducir su vida interior. Puesto que

    «Pienso que el que se conoce a sí mismo conocerá exactamente, no la opinión de los otros sobre él, sino lo que él es en realidad... él debiera descubrir dentro suyo lo que es correcto de hacer para él y no aprenderlo desde fuera... Mientras usted sea un esclavo de las opiniones de los muchos, usted no se ha acercado todavía a la libertad ni ha probado su néctar... Pero no quiero decir con esto que deberíamos ser desvergonzados delante de todos los hombres y hacer lo que no deberíamos; sino que todo de lo que nos abstenemos y todo lo que hacemos, no lo hagamos o no nos abstengamos de ello simplemente porque parece de alguna manera honorable o bajo a la multitud, sino porque está prohibido por la razón y por el dios que está dentro de nosotros».

     De esto se sigue la felicidad:

    «La finalidad y el objetivo de la filosofía de la escuela Cínica, como en realidad de cada filosofía, es la felicidad, pero la felicidad que consiste en vivir de acuerdo a la Naturaleza y no según las opiniones de la multitud. Entonces ¿no es absurdo cuando un ser humano trata de encontrar la felicidad en algún lugar fuera de él, y piensa que la riqueza y el nacimiento y la influencia de los amigos... son de la mayor importancia?... Por lo tanto es en nuestra mente, en la mejor y más noble parte de nosotros, donde debemos decir que reside la felicidad».

     El citar las propias palabras de Juliano nos muestra la claridad y la precisión de su pensamiento. El leer de manera prolija sus discursos y cartas profundiza esta impresión. En su oración "Al Cínico Heracleios" él desarrolla el tema del mito, y muestra que el mito es más correctamente usado al presentar la enseñanza recóndita (los Misterios).

    «Porque la Naturaleza ama esconder sus secretos, y ella no sufre que la verdad oculta en cuanto a la naturaleza esencial de los dioses sea arrojada en palabras desnudas a los oídos del profano».

     Mediante enigmas y el escenario dramático de los mitos, aquel conocimiento es insinuado en los oídos de la multitud, que no puede recibir las verdades divinas en su forma más pura... Mientras más paradójica y prodigiosa es su ambientación, más parece advertirnos... para estudiar diligentemente la verdad oculta.

     A modo de ilustración, en su Carta de Credenciales a los atenienses en el momento de su ascenso al poder, Juliano dio a conocer los acontecimientos de su vida externa. En la Oración VII, él da la historia de su vida en forma mítica o alegórica, impresionándonos con el pensamiento de que la vida interior de cada hombre sigue una tendencia mejor contada en forma alegórica y constituyendo su verdadera importancia.

     En conexión con esto, está la sátira o symposium de Juliano "Los Césares", en donde la larga línea de Emperadores de Roma es agasajada por los dioses en las regiones de la Luna cerca del Olimpo. Cada uno debe dar razón de sus logros dignos durante su vida, y admitir los objetivos secretos que lo motivaron: un recordatorio de aquel momento de la verdad que espera a cada alma incorpórea es referido en la mayor parte de las religiones. Esto también arroja una luz penetrante sobre la historia romana como es vista por los ojos de sus hacedores, a saber, los Emperadores mismos.

     Juliano compartía la creencia básica de los neoplatónicos de que hay muchos caminos que conducen a la verdad; de aquí que ellos buscaran doctrinas esenciales para todas las creencias. En su forma fácil y no dogmática, él observa que un hombre puede considerar a

    «aquellos que en cada una de las sectas filosóficas alcanzaron realmente el rango más alto, y él encontrará que todas sus doctrinas están de acuerdo... Todos los filósofos tienen un solo objetivo, aunque ellos lleguen a aquel objetivo por caminos diferentes... Todavía creo que incluso antes de Heracles, no sólo entre los griegos sino también entre los bárbaros, hubo hombres que practicaron esta filosofía, ya que parece ser de algún modo una filosofía universal, y la más natural».

     Lo anterior sugiere el tipo de enseñanza que Juliano habría dado al mundo si hubiera vivido lo suficiente. Llámela neoplatonismo, mitraísmo, cinismo o estoicismo, todas esas escuelas encarnaron las mismas verdades esenciales. El neoplatonismo es por lo general definido por los intérpretes cristianos como un misticismo vago e incomprensible. T. R. Glover lo descarta como "aquella extraña mezcla de pensamiento y misterio, piedad, magia y absurdo, que es llamada el Nuevo Platonismo y que no tiene nada que ver con Platón" (The Conflict of Religions in the Early Roman Empire). Pero G. H. Rendall, en The Emperor Julian (1879), trata al neoplatonismo con más respeto, por haber dado "una primacía espléndida al elemento espiritual en el Hombre"; y dedica espacio a un justo resumen de sus principios. "Yámblico", dice él, "siguió las fórmulas numéricas de los pitagóricos y... proclamó que allí yacen profundos secretos de la religión y la filosofía". "Él atrajo a una escuela de creyentes, y popularizó su filosofía. Ellos exaltaron a Pitágoras y depusieron a Aristóteles". Ésta era la escuela abrazada por Juliano.

     La Iglesia cristiana se habría beneficiado indudablemente al aceptar más bien que despreciar la tradición neoplatónica, en particular la doctrina de las jerarquías —tan poco entendida hoy— en cuanto al origen y estructura del cosmos y la relación mutua de las diversas clases o "reinos" en la escala de la vida, con el Hombre mismo reflejando este mismo modelo en las distintas facetas de su ser total. Incuestionablemente durante los siglos la Iglesia cristiana se convirtió en un foco de devoción para aquellos que anhelaban lo Divino; pero la interpretación neoplatónica del universo habría enriquecido los pensamientos y percepciones no manifestados que forman el tejido de la vida interior de cada persona.

     Los escritos del Emperador Juliano presentan una filosofía en el estilo principesco de una mente altamente cultivada, y a la manera de uno que se siente completamente en casa con ella. En esta asombrosa época de cambio profundo, cuando estamos despertando rápidamente a la comprensión de que somos libres de considerar conceptos más amplios que apelan a nosotros como la verdad, hay esperanza de que las obras de Juliano, entre muchos otros textos antiguos y maravillosos, serán leídos sin prejuicio y con comprensión.–


Anverso: Busto finamente grabado de Juliano que lleva puesto la diadema y los trajes Reales, sujetados por un gran broche en el hombro; leyenda latina: DN FL CL IVLIANVS PF AVG, forma abreviada de "Dominus Noster Flavius Claudius Julianus Pius Felix Augustus". Reverso: El Toro Apis de pie, con dos estrellas encima suyo; leyenda latina: SECVRITAS REIPVB = "La Seguridad de la República", CONSPB (casa de moneda de Constantinopla) abajo.





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