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sábado, 27 de junio de 2015

Joaquín Bochaca - Sobre los Crímenes de los Aliados



     Del libro del prolífico y conocido escritor historicista catalán Joaquín Bochaca Oriol (1931), titulado «Los Crímenes de los "Buenos"» (1981), que precisamente aborda la temática de la Segunda Guerra Mundial y algunos de sus episodios posteriores, en especial los relativos al cruento destino de la Alemania de entonces, entregando una gran cantidad de informaciones objetivas de las que no se suele hablar ni en los medios oficiales de comunicación ni en los sistemas oficiales de educación pública, hemos decidido presentar ahora un fragmento de subcapítulos continuados que pertenecen a la Tercera Parte de dicha obra. Se reafirma aquí lo que se ha ido sabiendo en cuanto a los graves abusos cometidos contra Alemania y los alemanes por los vencedores de esa guerra, que habían planeado con antelación la destrucción máximamente posible de aquella heroica nación. Publicamos esto no como novedad sino como recordatorio de la Historia olvidada.





LOS CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD

     Siguiendo el camino que nos hemos trazado, tras los "Crímenes contra la Paz" y los "Crímenes de Guerra" —para usar la terminología del Tribunal de Núremberg—, vamos a ocupamos ahora de los denominados "Crímenes contra la Humanidad", es decir, "los referentes a los malos tratos contra grupos raciales, civiles o religiosos determinados en razón de su pertenencia a los mismos".

     El primero de los crímenes que contra "la Humanidad" se cometió fue, a nuestro juicio, la prolongación innecesaria de la guerra. La exigencia de una rendición incondicional fue oficialmente definida en la Conferencia de Casablanca. Según varios autores estadounidenses, biógrafos de Roosevelt, fue el Secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, quien se mantuvo, en Casablanca, permanente junto al Presidente para que permaneciera inflexible y no aceptara fórmulas de compromiso de paz negociada, tal como hubiera preferido, posiblemente, Churchill. En todo caso, fuera o no Morgenthau el instigador, lo esencial es recordar que, como hemos visto al estudiar los "Crímenes contra la Paz", Roosevelt era, virtualmente, un prisionero de su Brain Trust, y era éste quien tomaba las decisiones. Pero lo que no se puede negar a Morgenthau es que fue él el autor del siniestro plan de su nombre.

     En efecto, por el Plan Morgenthau se planeaba convertir a Alemania en un "país pastoril", privándola de todos sus recursos. De este modo, se especifica cínicamente en el Plan Morgenthau, "Alemania, en pocos años, se convertirá en un país de unos 40 millones de habitantes, en vez de 90 millones". El Plan Morgenthau, adoptado en la Conferencia de Quebec, es una grandiosa e innegable prueba histórica de que el Alto Mando del Sionismo preparó, a sangre fría, asesinar a una Nación. Un escritor judío, William L. Newman, afirmó que "el propósito de este Plan es transformar a Alemania en un país nómada y pastoril, con un mínimo de agricultura". El Plan Morgenthau empezó a ponerse en práctica al día siguiente del Armisticio del 9 de Mayo de 1945, y sólo se detuvo al cabo de dos años, por imperativos de la "Guerra Fría" y por un cambio de política de los Poderes Fáctícos.

* * *

     Pero si el Plan Morgenthau no se llevó íntegramente a la práctica, sí se llevó a la práctica el menos conocido Plan Kauffmann. Theodore Nathan Kauffmann, un sionista de pasaporte estadounidense pero nacido en Alemania, publicó en 1941, unos meses antes de que su patria de adopción entrara oficialmente en la guerra, un libro en el que afirmaba que, al final de la contienda, Alemania debería ser completamente desmembrada (Theodore N. Kauffmann, Germany Must Perish, p. 104). La población civil alemana, hombres y mujeres, sería esterilizada, con objeto de asegurar la extinción total de Alemania. Los soldados presos o los desmovilizados, tras ser esterilizados, deberían trabajar como esclavos para los países Aliados.


     El libro alcanzó una notable difusión en todo el mundo, incluyendo Alemania. Hemos dicho que el Plan Kauffmann se llevó a la práctica, aunque no literalmente. Desde luego Alemania sí fue desmembrada; desde luego millones de soldados alemanes sí trabajaron como esclavos durante muchos años, como más adelante veremos, pero los alemanes no fueron esterilizados... físicamente. Pero sí lo fueron espiritualmente, al menos en una gran parte, hasta el punto de que hoy día Alemania tiene una demografía regresiva: tiene más óbitos que nacimientos. Pero sigamos adelante, y mencionemos el libro de otro hebreo, Maurice León Dodd (How Many Wold Wars?) en el que el autor proclama que los alemanes que sobrevivan a los bombardeos aéreos deberán ser vendidos como esclavos a las colonias anglosajonas o francesas, o regalados a los rusos. Otro correligionario suyo, Charles G. Haertmann (There Must Be No Germany After War) exige el exterminio físico de los alemanes, o "al menos, el 90 por ciento".

     Einzig Palil, un sionista de nacionalidad canadiense, sostiene una posición similar (Can We Win the Peace?, Londres, 1942), exigiendo el desmembramiento de Alemania y la total demolición de su industria. Ivor Duncan, sionista inglés, en un divulgadísimo artículo periodístico titulado "La Secuela del Pangermanismo" aconsejaba la esterilización de 40 millones de alemanes (Zentral Europe Observer, Ginebra, Marzo de 1942), aquilatando el costo total de esa optación en unos 5 millones de libras esterlinas. Todavía otro sionista, Douglas Miller, éste de nacionalidad estadounidense, estimaba que 80 millones de alemanes eran demasiados. Humanitario el hombre, rechazaba los sistemas drásticos, pero preconizaba una regulación de las importaciones y las exportaciones, de manera que unos cuarenta millones de alemanes perecieran de hambre (The New York Times, 8 de Febrero de 1942).

     Pero el ejemplo más curioso es el libro de otro sionista, éste de Nueva York, Maurice Gomberg, A New World Moral Order for Permanent Peace and Freedom. Este Gomberg era un hombre enteradísimo de los entresijos de la Gran Política mundial. En su libro aparece un mapa de lo que será el mundo después de la guerra. En dicho mapa Rusia se ha anexionado media Polonia, los Estados bálticos, la Rutenia Transcarpática, la Besarabia, Bukovina, Prusia Oriental y Carelia septentrional. También se ha anexionado las islas Kuriles y el Sur de la isla de Sakhalin, así como Manchuria. China, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Albania, Yugoslavia y Bulgaria aparecen como Estados "vasallos" de la URSS. Alemania está partida en dos trozos. También se hallan divididas Corea, Indochina y Berlín. Este reparto del mundo, como sabemos, coincidiría con el que, cuatro años después, acordarían Roosevelt y Stalin, con un Churchill cada vez más "descolgado", en Yalta. Aún hay más cosas en ese mapa "profético". Los Imperios ultramarinos inglés, holandés y francés, han desaparecido, pasando como "vasallos", ora a la URSS, ora a Estados Unidos... ¡Qué premonición más fantástica!...

     ¿No parece increíble?... Sobre todo, si tenemos en cuenta que el libro fue escrito antes de Pearl Harbor, es decir, antes de la entrada de Estados Unidos en la contienda. Todo esto se sabía en Alemania y, como es natural, endureció aún más la resistencia del país, costando millones de vidas a alemanes y Aliados la prolongación innecesaria de la guerra, y siendo causa inmediata del hundimiento de los Imperios coloniales de los enemigos de Alemania, excluyendo a la URSS y, por unos pocos años, a Estados Unidos. Debemos tener muy presente que la exigencia de una rendición incondicional no tiene precedentes en la Historia Universal.

     Morgenthau, además, organizó una "Sociedad para la Prevención de la Tercera Guerra Mundial", en la que se exigía que todas las cláusulas relativas al desmembramiento de Alemania fueran llevadas a la práctica. Los bienes de los alemanes en países beligerantes, e incluso neutrales, debían ser incautados por los gobiernos Aliados. A los hombres de negocios estadounidenses no se les concederían visados para visitar Alemania. No se concederían visados a alemanes para emigrar a Estados Unidos. Se prohibía el matrimonio de mujeres alemanas con soldados estadounidenses. Las comunicaciones postales con Alemania no debían ser restauradas en dos años. Varias de estas exigencias se cumplirían al pie de la letra; otras no fue posible aplicarlas por su propia demagogia y por el cambio de política que las circunstancias impondrían a partir de 1948. Con todo, el daño causado a Alemania por esa pacífica Sociedad fue notable. ¿Quiénes eran sus componentes? Pues eran Juliys Goldstein, Isidor Lischutz, Emil Ludwig, Erich Mann, E. Amsel Mowre, Aarón Shipler, Louis Nizer, W. E. Shirer, F. W. Foerster, Guy Emery, Cedrik Forster, y el inevitable Morgenthau. Todos judíos.

     Será casualidad o lo que se quiera, pero todos esos pacíficos ciudadanos estadounidenses eran judíos. Quien no era judío, pero sí cripto-comunista, como más tarde quedaría ampliamente demostrado, era Richard B. Scandrette, miembro prominente de la Comisión Estadounidense de Reparaciones, creada bajo los auspicios de Morgenthau. Scandrette, en un informe ante el Congreso (7 de Junio de 1945), declaró:

     "No debemos tener misericordia para con la población civil, pues es culpable de haber asistido a Hitler hasta el final. Hay que mantener a ese país en un status puramente agrícola y pastoril; todas las industrias deben ser desmanteladas; los soldados alemanes deben servir como trabajadores forzosos en Rusia e Inglaterra. Nadie debe quedar exento de castigo, ni siquiera las Iglesias, que también son culpables en Alemania, especialmente la católica".


EL SAQUEO DE ALEMANIA

     Debemos abreviar. Sobre el saqueo de Alemania podría escribirse un libro del tamaño de una enciclopedia. Nos limitaremos a esquematizar al máximo, partiendo, como siempre, de fuentes de parte contraria, o, como mínimo, neutrales. Desde Mayo de 1945 hasta Junio de 1954, es decir, en 9 años, las expropiaciones impuestas a Alemania, según fuentes emanadas de la propia República Federal (que, como gobierno impuesto por Washington que es, es más anti-nazi que el Estado de Israel), se desglosan así:

a) Valores confiscados según sentencias de los tribunales de "Des-nazificación".....108.500 millones de marcos alemanes
b) Botín de las tropas de ocupación [1].....15.000 millones.
c) Confiscaciones "indirectas", tales como expropiación de la flota mercante, etc.,.....138.100 millones.
d) Pérdida causada por la "reforma" monetaria impuesta por los Aliados occidentales..... 198.000 millones.
e) Pérdida causada por los "billetes de Ocupación" emitidos por los Aliados.....46.000 millones
f) Desmantelamientos de fábricas (zona occidental).....10.000 millones.
g) Pérdidas causadas por la limitación artificial del precio del carbón.....84.000 millones.
h) Confiscación de valores alemanes extranjeros.....18.000 millones.

Total: 617.600 millones de marcos alemanes.

[1] Sólo en la zona occidental. En la oriental la cifra debió ser como mínimo diez veces mayor.

     Esas cifras, naturalmente, sólo abarcan datos que es posible conocer y que han sido debidamente registrados [2]. Si se pudieran contabilizar las exacciones cometidas, a título individual y de las que no ha quedado constancia alguna, la cifra de 15.000.000.000 de marcos alemanes mencionada en el apartado b) quedaría ampliamente multiplicada (Deutsche Soldaten Zeitung, Múnich, 9 de Junio de 1955).

[2] Der Weg, Nº 6, Junio de 1954, Buenos Aires. L. Manchalsko, World Conquerors, p. 176.

     Además, debe tenerse presente que rusos, franceses y estadounidenses, en ese orden, se dedicaron a destruír sistemáticamente todo lo que no pudieron llevarse. El valor de los bienes y propiedades deliberadamente destruídos en Alemania y Austria alcanzó la cifra meteórica de 320.000 millones de marcos. Esta cifra no incluye el importe de los daños causados por los incendios intencionados de bosques y parques forestales en la zona francesa de ocupación: 14.000 millones de marcos.

     Tampoco puede valorarse el robo de las patentes de invención alemanas, por la sencilla razón de que tal valor era prácticamente incalculable. Fueron confiscadas nada menos que 346.000 patentes de invención. Según el periodista estadounidense Harry Reynolds (International News Service, 24 de Agosto de 1945) la Office of Technical Services de Washington anunció que, además, se había encontrado cerca de un millón de inventos y "perfeccionamientos técnicos" en la Alemania Nacionalsocialista. Tanto es así que rápidamente fue necesario confeccionar un nuevo diccionario alemán-inglés con 40.000 palabras técnicas y científicas nuevas, relativas a los inventos en cuestión.

     El mismo periodista, dos días después, escribía: "Fuentes oficiales anglo-estadounidenses han admitido que una valiosísima y sorprendente colección de secretos militares, científicos e industriales de incalculable valor ha pasado a manos de los Aliados... Agencias del Estado Mayor Conjunto anglo-estadounidense han registrado toda Alemania encontrando una enorme cantidad de información sobre armas de guerra, incluyendo una bomba atómica, y nuevos datos en los campos de producción de petróleo, materias primas, productos sintéticos, procedimientos químicos y de ingeniería aerodinámica y construcciones de buques, así como de aviones y cohetes teledirigidos. Los rápidos progresos de los ejércitos Aliados les impidieron poner en práctica la mayor parte de esos progresos tecnológicos. Los alemanes no sólo habían progresado significativamente en el perfeccionamiento de una bomba atómica y en la producción de agua pesada, sino que además estaban planeando: Un proyectil con piloto, con alcance de 4.800 kilómetros, que podría llevar pasajeros a través del Atlántico en 17 minutos; camuflaje contra radar; motores ultramodernos de propulsión a chorro; motores diesel de enfriamiento por aire; mantequilla, alcohol, lubricantes para motores de aviación, jabón y gasolina extraídos del carbón; torpedos eléctricos propulsados por agua salada. Los resultados de más de dos mil investigaciones hechas ya se han enviado a Washington" (Harry Reynolds, International News Service, 26 de Agosto de 1945).

     El teniente coronel John A. Keck, jefe del departamento técnico de los servicios de Inteligencia del Ejército de Estados Unidos, reveló (The New York Times, 28 de Junio de 1945) que "los técnicos alemanes llevaban muy avanzados sus planes para montar plataformas del espacio a 7.500 kilómetros de la Tierra. Hemos planeado llevar un gran grupo de sabios e investigadores alemanes a Estados Unidos... Los sabios alemanes hacían planes con alcance para 50 y 100 años. Esos investigadores tenían como metas lejanas las exploraciones de otros planetas mediante estaciones del espacio fuera del campo de gravedad. Los investigadores Aliados han quedado profundamente impresionados por la solidez de las teorías germanas" [3].

[3] Citemos, pour mémoire, que el padre de la NASA estadounidense es el alemán Werner von Braun, mientras otro alemán, von Bock, es el padre real de todos los proyectos espaciales soviéticos. (Véase "Est Moins Ouest Égale Zéro", de Werner Keller, suizo).

     El coronel Bernard Bernstein, director del Negociado de Monopolios y Bienes en el Extranjero, judío con pasaporte estadounidense, y que, además, ostentaba el cargo de agregado al Gobierno Militar estadounidense en Alemania reveló en el Senado de Estados Unidos que "Alemania descubrió los dos gases venenosos más potentes del mundo. Estos gases, desconocidos por las autoridades multares Aliadas, son capaces de penetrar cualquier máscara anti-gas de las conocidas" (11 de Diciembre de 1945). Se trataba de los gases Tabun y Sarín. El Tabun es incoloro e inodoro, a través de ojos y pulmones paralizaba el sistema nervioso, y mata en cinco minutos.

     Naturalmente, todo esto es condicional pasado, pues el "monstruo" Hitler ya dijo en 1935 que nunca emplearía gases y no dio apoyo al desarrollo de esta arma que sus químicos habían descubierto. Se trataba de un arma criminal, ciertamente, pero era el arma absoluta, pues, como atestiguaba el técnico Bernstein, no existía careta anti-gas que pudiera oponérsele. El gas Sarín, por su parte, podía paralizar el sistema muscular y matar en cuestión de minutos. Habían, igualmente, los químicos alemanes, descubierto los gases llamados psicoquímicos, uno de los cuales dejaba sumidos a los soldados en un sopor completo y otro los volvía totalmente apáticos aún ante los más poderosos estímulos.

     Pedimos excusas por esta digresión, pero nos ha parecido oportuno traer a colación, al hablar de los inventos alemanes robados por los vencedores, este tema, que demuestra, creemos que irrefutablemente, que, aparte de la bomba atómica —casi a punto—, los alemanes disponían del arma absoluta y no la emplearon. Escrúpulos que los vencedores no experimentaron en Hiroshima, ni en Nagasaki, ni en Dresden, ni en mil otros lugares y circunstancias.

     Para completar el cuadro del saqueo de Alemania —perpetrado por los que se decían partidarios y defensores del Derecho— hay que mencionar que se obligó, unos años más tarde, al sedicente "Gobierno de la República Federal de Alemania", implantado por los ocupantes norteamericanos, a reconocer una deuda de reparaciones de 3.600.000.000 de marcos, pagaderos al Estado de Israel, que ni siquiera existía cuando las pretendidas exterminaciones de judíos tuvieron lugar [4]. Pero la realidad es que hasta 1975 el Gobierno de Alemania Federal había pagado al de Tel-Aviv la cifra astronómica de 52.400.000.000 de marcos, estando previstos otros 27.600.000.000 hasta finales de 1980. Además de ello, Israel ha recibido de Alemania, gratuitamente, en mercancías solo, el equivalente de 750 millones de dólares, a saber, 60 unidades navales, 5 centrales térmicas construídas por los alemanes en Israel, modernización del sistema ferroviario y del puerto de Haifa, contribución a la canalización del desierto de Negev, equipamiento para la explotación de una mina de cobre, tractores, maquinaria, herramientas, y 190 millones de dólares en petróleo [5].

[4] Remitimos al lector a la lectura de la obra "El Mito de los Seis Millones", de este autor [Joaquín Bochaca].
[5] U.S. News & World Report, Enero de 1965. Das Parlament, Bonn, 4 de Noviembre de 1972.

     Alemania Federal, en fin, paga reparaciones, a título individual, por los motivos más fútiles a judíos dispersos por los cinco continentes, que alegan que a ellos o a sus ascendientes se les causaron daños, valorados en tanto y cuanto, y los "tribunales" les dan la razón. Como dijo Lord Halifax, el pariente por alianza del Rothschild londinense: "Luchamos por la sustitución de la Fuerza Bruta por la Ley como árbitro entre las naciones". Como dijo Roosevelt: "Luchamos en defensa del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos". Como dijo Stalin: "Luchamos contra el Imperialismo y la opresión de los pueblos". Como dijo Churchill: "Luchamos por la libertad". Y, como colofón a tan sabias máximas, como dijo Roosevelt: "Luchamos por la defensa de los principios cristianos". No comment! [Sin comentarios].


LOS CONSEJOS DE LA VENGANZA

     La venganza, sabido es, suele ser mala consejera. Algunos ejemplos, relacionados con la ocupación de Alemania: Al firmarse la capitulación, Inglaterra se apoderó, como botín de guerra, de 97 ultramodernos submarinos del Reich. En vez de incorporarlos a su Flota, que bien los necesitaba, decidió sentenciarlos a muerte. La idea partió del propio Churchill, jefe del Gabinete de Guerra inglés, ser contradictorio y hermético, en el que confluían las influencias de su ascendencia parcialmente judia [6] su patriotismo inglés "jingoísta" [partidario de una política exterior agresiva] y reaccionario, y de su inestable salud, agravada por el desconsiderado abuso del alcohol [7].

[6] La madre de Churchill, estadounidense, tenía tres abuelos judíos. Del hebraísmo de la familia Jerome da abundantes testimonios el excelente biógrafo churchilliano Francis Neilson (The Churchill Legend, p. 300).
[7] Según Sir Barry Domvile (en From Admiral to Cabin Boy), "era muy corriente ver a Churchill, sobre todo en momentos de tomar decisiones graves, presa de una rara agitación y euforia, alterándose y perdiendo la compostura por detalles nimios; luego entraba en una especie de sopor". El detalle es corroborado en las Memorias de Lord Moran, su médico.

     Sólo un par de meses antes, Churchill intentaba, tímidamente, presionar a Roosevelt para que se aprovecharan los restos del poderío militar alemán para frenar a la URSS en su predecible marcha sobre Centro-Europa. Pero un buen día, tal vez en pleno delirium tremens, ordena que se vuelen 97 submarinos de primera línea. Para la ejecución se escogió un lugar situado a 160 kilómetros al Este de Bloody Foreland, cerca de Islandia, precisamente donde la flota submarina alemana había hundido medio centenar de barcos Aliados en una de sus más encarnizadas batallas, en 1942. Los ingleses obligaron a los prisioneros alemanes a atar los submarinos a varios barcos de guerra, que los remolcaron hasta la tumba de los barcos Aliados, y allí se les colocaron cargas explosivas. De la calidad de los submarinos —del tipo Mark 25— dará idea el hecho de que al estallar las cargas de explosivos, no se hundieron, y fue preciso rematarlos a cañonazos. En Essen existía la fábrica de cañones más grande del mundo, integrada en el antiguo consorcio Krupp. En vez de utilizarla para la defensa de Europa, el gobierno laborista inglés dio orden de arrasarla hasta sus cimientos.

     Tan sólo en la zona estadounidense de ocupación, en los dos primeros años que siguieron a la guerra, los yankis utilizaron a 35.000 hombres para el desmantelamiento de fábricas. A veces ocurría que mientras esperaban la augusta resolución de las autoridades de ocupación, los obreros alemanes reparaban los daños causados por los bombardeos a sus fábricas y las ponían nuevamente a trabajar, pero entonces llegaban los equipos de desmantelamiento para destrozar todo lo que tan penosamente había sido reconstruído. Un caso típico fue el de la planta de carburante sintético de Ruhrohemie, cerca de Oberhausen, destruída a fin de que Alemania no fuera autárquica en combustibles, como había llegado a serlo en tiempo de Hitler [8]. Los rusos, por su parte, destruyeron, por pura venganza, lo que no se pudieron llevar; pero quienes batieron el récord en cuestiones de venganza pura, sin móvil de lucro alguno, fueron los franceses. El libro "Por Orden del Gobierno Militar", escrito por un alto oficial del ejército estadounidense, que no es precisamente tierno para con los propios yankis, es tremendamente acusador hacia los franceses. La fábrica de Salzigitter, el mayor complejo metalúrgico del Continente, fue dinamitada por orden personal del general Koenig [9].

[8] Es posible que esto no fuera sólo una venganza. A los Poderes Fácticos —incluyendo la dinastía Rockefeller, controladores del llamado petróleo árabe y distribuidores del mismo—, no les interesa la autarquía energética de Europa.
[9] Coronel hebreo, que fue nombrado general por De Gaulle. Detuvo al mariscal Pétain y lo trató como un delincuente.

     Pocos años después, ingleses, franceses y estadounidenses debían rearmar apresuradamente a Alemania Occidental para que les sirviera de amortiguador ante su ex-aliado soviético. La venganza es mala consejera. Y lo es porque, por regla general, permite actualizar el viejo dicho de que "Por la boca muere el pez". Por eso, precisamente, ha podido saberse quiénes fueron los instigadores y, allí donde no hubo riesgo personal, los ejecutores de las venganzas contra los alemanes, nacionalsocialistas o no. Habla el judío, oficial del Ejército estadounidense, David Salamon:

     "Si hubiera tenido la oportunidad de escoger mi trabajo en esta guerra, hubiera escogido exactamente el que se me asignó. A través de Francia, a través de Alemania, para destruírlo todo. Nunca ha habido en la Historia otra guerra como ésta. Estoy contento porque podré decir a mis nietos que estuve allí y tomé parte en la revancha. Doy, por ello, las gracias a Dios... Cuando por fin llegamos a Alemania, empezamos a destruírlo y devastarlo todo. Entonces me di cuenta de que eso es lo que yo esperaba, de que eso es aquello por lo que yo vivía. Lo único que sentía es no poder destrozar y matar más de lo que estaba destrozando y matando. Cuando llegamos a Wiesbaden nuestro ritmo se hizo más lento, porque ya no quedaba mucho por destrozar o por matar. Habíamos hecho un trabajo tan perfecto que debimos detenernos por un tiempo" (John Keyes, Joy Street).

     En Alemania, en efecto, operó una "Brigada Judía", en calidad de tropa de ocupación, que se ilustró por sus desmanes. Tomamos diversos ejemplos, que nos han parecido por demás significativos, del libro Les Vengeurs, escrito por el judío Michel bar-Zohar, que confiesa haber tomado parte en las acciones que describe:

     "Poco tiempo después de haber llegado la Brigada Judía a Treviso, en el Tirol del Sur, se producen desórdenes en la ciudad: alemanes atacados, casas pertenecientes a nacionalsocialistas incendiadas, mujeres violadas... Estas violencias desordenadas perjudican a la causa judía. Hay que encauzar el sentimiento de venganza que domina a todos los soldados judíos, y a ese propósito, los jefes de la Haganah [10] deciden confiar a un solo grupo de hombres, particularmente seguros y conocidos por sus cualidades morales, el derecho de derramar sangre en nombre del pueblo judío". (Michel bar-Zohar, Los Vengadores, p. 37).

[10] Haganah, ejército secreto judío, sionista, infiltrado en la "Brigada Judía" del Ejército británico, lo que ignoraban —o pretendían ignorar— los ingleses.

     "Para llevar a cabo nuestros actos de venganza debíamos guardar el secreto para con el Ejército británico, del que formaba parte la Brigada Judía. Los ingleses habrían desaprobado nuestros actos, aunque en numerosas ocasiones, también, hacían la vista gorda".

     "En el transcurso de las semanas siguientes, en el Alto Adigio, en el Tirol Austriaco, en Klagenfurt, en Innsbruck, oficiales SS, jefes de la Gestapo, altos dignatarios nacionalsocialistas desaparecen. A veces aparecen los cadáveres, pero la mayoría de esos hombres parece haberse disipado en el aire. Aún hoy, los parientes más allegados de aquellos nacionalsocialistas ignoran qué fue de ellos" (Op. cit. p. 41).

     A menudo, los miembros de esa Brigada, que se arrogaban a sí mismos las facultades de juez y verdugo, se presentaban en casa de un alemán que había pertenecido al ejército, o a las SS, y le decían que estaba citado en la Comandancia británica. El hombre los seguía, confiado, y nunca regresaba a casa. Por lo general, en la camioneta que utilizaban los titulados vengadores, lo ahogaban con una soga enrollada en el cuello, y luego lo arrojaban a una charca. También actuaban en los hospitales de las prisiones militares británicas, donde "extraños fallecimientos se producen entre los enfermos que gozaban de demasiado buena salud".

     Otra perla: "Estábamos en los camiones, cuenta Sam Halevy, actualmente granjero en la llanura al norte de Haifa. Por las autopistas alemanas solíamos adelantar a menudo a los ciclistas. La vista de un alemán bastaba para despertar nuestro deseo de venganza. En las cabinas, al lado del conductor, había muchachos de la Brigada. En el momento que el Dodge llegaba a la altura del ciclista, la puerta del camión se abría violentamente. El hombre rodaba bajo las ruedas del vehículo y era aplastado. De ese modo, matamos a un cierto número" (Bar-Zohar, op. cit., p. 53).

     Los ingleses, finalmente, mandaron a la Brigada Judía a Bélgica, y posteriormente a Francia. El número de asesinatos imputable a esta Brigada oscila entre 200 y 300 (Ibid., p. 56). Pero otro grupo más secreto, más implacable todavía, iba a tomar su relevo. "Aquellos hombres venían de la Europa del Este. Traían documentación falsa y dinero. Era un grupo muy misterioso. Sólo querían una cosa: vengarse. Eran unos 50, y parecían disponer de todo el dinero que necesitasen" (Ibid., p. 57).

     Estos hombres, autodenominados "Grupo Nakam" (que en hebreo significa "Venganza") superaron largamente en eficiencia asesina a sus predecesores de la Brigada Judía. Dejemos hablar al judío Bar-Zohar:

     "En el Estado Mayor del Grupo Nakam se elaboró un proyecto de cuyo alcance estábamos enterados algunos. Mucho tiempo y mucho dinero se consagraron a preparar aquel plan. Si lo lográbamos, sabíamos que cualquier otra acción sería superflua. Hoy, con la perspectiva de los años, aquel plan puede calificarse de diabólico. Se trataba de matar a millones de alemanes. Digo bien, millones, así de golpe, sin distinción de edad ni sexo. La principal dificultad estribaba en que sólo queríamos matar alemanes. Ahora bien, en el antiguo territorio del Reich se encontraban soldados Aliados y supervivientes de los antiguos campos alemanes.

     "El plan consistía en el envenenamiento simultáneo de las fuentes, depósitos de agua y canalizaciones de las principales ciudades, utilizando un poderoso veneno en grandes dosis. El temor a lo que pudiera suceder con muchos judíos que no estuvieran en el secreto de la operación y las represalias de las autoridades de ocupación nos indujeron a abandonar el llamado Plan "A". Así fue como nos dedicamos principalmente al Plan "B". Tras algunos meses de búsqueda, escogimos nuestro terreno de acción, un campo de prisioneros cerca de Núremberg, precisamente la ciudad que había sido la sede del nacionalsocialismo. Allí habían sido concentrados 36.000 SS. Y hacia aquel campo se dirigió un pequeño grupo de reconocimiento, a principios de 1946, para ejecutar el primer acto de venganza...

     "Decidimos —dice Jacob Karmi— envenenar a los 36.000 SS, y yo fui encargado de la ejecución del proyecto. En primer lugar, conseguí que admitiesen a dos de mis hombres en la administración del campo: uno como chofer y otro como almacenero; luego conseguí que admitieran a más hombres míos en las oficinas..." (Bar-Zohar, op. cit., pp. 70-72).

     Saltamos el relato, excesivamente prolijo, sobre cómo unos laboratorios les procuraron un poderosísimo veneno para introducir en el pan destinado a los prisioneros, veneno que actuaba con cierta lentitud pero era inexorablemente mortal.

     Se escogió la noche del 13 al 14 de Abril de 1946 para proceder al adulteramiento del pan. Por una serie de circunstancias fortuitas, el plan fracasó parcialmente, pues sólo pudieron envenenarse una mínima parte de los panes... Según cálculos de los vengadores judíos, 4.300 prisioneros tuvieron molestias intestinales. Un millar aproximadamente fue transportado de urgencia al hospital. Durante los días siguientes a la operación, murieron de 700 a 800 prisioneros. Otros más atacados de parálisis, murieron en el transcurso del año. En total, los vengadores dan la cifra de unos mil muertos y varios miles de enfermos, muchos de los cuales morirían posiblemente también (Bar-Zohar, op. cit., p. 74).

     El libro en cuestión es una verdadera "delicia". Habla de otros dos envenenamientos de pan, con numerosas víctimas (sin especificar cifras) en otros campos de prisioneros, así como de la colocación y explosión de minas en el interior de un campo (p. 75); del incendio de un cine "donde muchos alemanes perecieron" (p. 76); del nuevo proyecto de envenenamiento de los depósitos de agua de Berlín, Múnich, Núremberg, Frankfurt y Hamburgo (que fracasó por haberlo impedido las autoridades de ocupación); de las innumerables ejecuciones de oficiales y soldados alemanes en campos de concentración por médicos judíos, etc. El libro, repetimos, lo ha escrito un judío, Michel bar-Zohar, que confiesa haber tomado parte en los actos que relata, vanagloriándose de ellos. Creemos que huelgan los comentarios. Si acaso uno solo: ese judío experimentó la necesidad de inmortalizar sus venganzas, escribiéndolas él mismo. Nos tememos que le habrá hecho un flaco favor a los pobres "Gentiles" que simpatizan con la causa judía.


DOS ACTITUDES

     El 11 de Noviembre de 1918, la capitulación de Alemania fue firmada en un vagón de ferrocarril. La delegación alemana fue tratada de forma indigna por el comandante en jefe de las tropas Aliadas, el mariscal francés Foch, quien ni se levantó para saludar a los delegados. Los franceses levantaron una lápida conmemorativa con la siguiente inscripción: "Aquí sucumbió el 11 de Noviembre de 1918 el criminal orgullo del Reich alemán, vencido por los pueblos libres a los cuales pretendía sojuzgar".

     El 21 de Junio de 1940, Hitler, acompañado, entre otros, de su lugarteniente Rudolf Hess y del Mariscal del Aire Hermann Goering, recibió en el mismo lugar, y en el mismo vagón, a la delegación francesa del armisticio, precedida por el general Huntzinger. Hitler y sus acompañantes se levantaron para saludar al contrincante derrotado. Las conversaciones se llevaron de una forma correcta. En el preámbulo del armisticio alemán se dice: "Francia ha sido derrotada tras una serie de sangrientas batallas y de una resistencia heroica. Por consiguiente, Alemania no tiene la intención de dar a las condiciones del Armisticio o conversaciones sobre el mismo un carácter despreciativo frente a un enemigo tan valeroso".

     El 7 de Mayo de 1945 se efectuó la firma de la rendición incondicional de Alemania ante los Aliados. Al presentarse el general Jodl, ninguno de los asistentes contestó a su saludo militar; ni siquiera se levantaron de la mesa. La diferencia de la actitud de los Aliados con relación a la que los alemanes tuvieron con los franceses cinco años antes era un signo premonitor de lo que iba a suceder a Alemania y al pueblo alemán al estallar la paz.

     Pese al grosero trato recibido, el general Jodl se cuadró militarmente y dijo: "Como consecuencia de esta firma, el pueblo y las fuerzas alemanas son entregadas, para bien o para mal, en manos de los vencedores. En esta guerra que ha durado más de 5 años, ese ejército y ese pueblo han sufrido probablemente más que cualquier otro en el mundo. En esta hora sólo puedo expresar la esperanza de que los vencedores los traten generosamente".

     Como estamos viendo, la esperanza del general Jodl se vería completamente defraudada, y a él lo ahorcarían.


SEVICIAS CONTRA LA POBLACIÓN CIVIL

     Nunca un país ocupado ha sido tratado tan brutalmente como lo fue Alemania a partir de 1945 y durante, como mínimo, un año, por sus ocupantes. Los testimonios de vencedores honrados y neutrales son apabullantes en este aspecto. Todas las normas del Derecho Natural fueron conculcadas, con escarnio total de los ideales por los cuales los Aliados decían haber luchado. El ensañamiento contra la población civil adquirió caracteres patológicos, y no sólo en el Este, donde el Ejército Rojo se comportó en la paz —con la población civil— como se había comportado en la guerra.

     La entrada de los rojos en Berlín, especialmente, fue apocalíptica. "Prácticamente todas las mujeres, desde los siete años hasta las más ancianas, fueron repetidamente violadas..." (Jurgen Thorwald, Y Terminó en el Elba). "Tras las violaciones, muchas de ellas eran degolladas o destripadas; muchas de aquellas desgraciadas eran finalmente ultrajadas a bayonetazos" (Saint Paulien, Les Maudits). "En el Gran Berlín, el número de mujeres violadas no debió bajar del millón y medio" (Thorwald, Ibid.).

     "Los soldados del Ejército Rojo, en Berlín y en todas partes, no fueron más que unos ladrones y unos violadores, en todos los casos, y muy frecuentemente, además, unos asesinos. Una chica alemana que luego yo tomaría como secretaria, cuando tenía 17 años, debió ser hospitalizada, tras lograr huír de Berlín y llegar a nuestras líneas. Siete soldados rusos violaron por turno a la chica y a su madre en su apartamento... 230 mujeres alemanas fueron tratadas en el mismo hospital en un solo día, a consecuencia de violaciones y sevicias". Así se expresaba el general estadounidense Frank Howley el 17 de Junio de 1945" (Newsweek, 23 de Enero de 1950).

     Hay un libro anonadante, "Martirio y Heroísmo de la Mujer Alemana del Este", prologado por el antiguo obispo auxiliar de Breslau —el único obispo superviviente tras el paso de los rusos— Joseph Ferche, en el que se dan detalles sobrecogedores sobre el trato dado a la población alemana de la zona ocupada por los rusos, y, en especial, a las mujeres. Algunos ejemplos tomados al azar:

     "...Eran terribles las noches en que los rusos penetraban en las casas para saquear y deshonrar. Muchas conocidas mías fueron víctimas de los rusos. Quien se negaba era fusilada en la mayoría de los casos. Desde la muchacha, aún ñiña, hasta la anciana de 82 años —una señora conocida mía— corrieron esta suerte" (Johannes Kaps, "Martirio y Heroísmo de la Mujer Alemana del Este", p. 45). "Mi hija fue violada 23 veces" (Ibid. p. 46).

     "Así deshonraron a una venerable anciana de 80 años en presencia de su familia; una horda se lanzó sobre una muchacha de 13 años. La niña perdió la razón. En Herwgtswaldau todas las mujeres fueron violadas por rusos y polacos" (Ibid. p. 51).

     "...Noche y día los rusos eran huéspedes. No se podían conducir más bestialmente al deshonrar a las muchachas o a las ancianas. ¡Cuántas veces se oía de noche el grito de socorro! Pero ¿quién podía prestar auxilio?. Si uno se atrevía a hacerlo era fusilado al instante. Nada se podía impedir..." (Ibid. p. 52).

     "Elisabeth Thomas, hija del campesino Alois Thomas, fue sacada por los rusos de su casa y llevada a un pajar, donde la ataron a un palo después de deshonrarla y le cortaron los pies y las manos. Sus gritos de muerte se oían por todo el pueblo. Se la halló al día siguiente, casi enteramente carbonizada en el pajar incendiado por los rusos" (Ibid. p. 50).

     "Los rusos se comportaban exactamente como animales. Deshonraron salvajemente a mujeres de todas las edades. Los polacos demostraron ser unos buenos alumnos de los rusos" (Ibid. p. 89).

     "En Wiese Pauliner, la Madre Superiora, que intentaba proteger a una alumna de los intentos lascivos de un polaco, fue atada a un pajar, golpeada con látigos y repetidamente violada. Al final, fue estrangulada" (Ibid. p. 106).

     Tras los rusos y polacos, los que peor trataron a la población civil alemana, y en especial a las mujeres, fueron los franceses. En especial, los batallones de argelinos y marroquíes estacionados en Baviera se llevaron la palma en lo que a violaciones de mujeres se refiere. Salvando raras excepciones, el comportamiento de los ingleses fue bastante correcto en este sentido; no así en el de los saqueos, en el que los "gentlemen soldiers" del Ejército británico casi igualaron los récords establecidos por rusos, polacos y franceses. En cuanto a los estadounidenses, sobre todo sus tropas de negros, lograron también una buena marca en el capítulo de las violaciones, así como en el de las destrucciones gratuitas (Austin J. App, Morgenthau Era Letters).

     Las llamadas "altas autoridades morales" guardaron prudente silencio largo tiempo. Por fin, habló el Papa Pío XII el 1º de Noviembre de 1945:

     "Deseamos participar de todo corazón en todas vuestras preocupaciones y miserias al expresar especialmente Nuestra inquietud a aquellos que viven en Berlín y en Alemania Oriental. Conocemos bien su suerte, extremadamente dura, y vemos casi con nuestros ojos las ruinas y terribles devastaciones en aquellas provincias, ciudades y lugares antes florecientes, producidas a consecuencia de la guerra. Sentimos con vosotros aquellos insultos y tratos indignos que sufrieron no pocas mujeres y muchachas alemanas" (texto publicado por Amstblatt der Erdiozese Munchen-Freising, Nº 1, 20 de Enero de 1946).

     Más vale tarde que nunca. Y eso que en el Vaticano, por ejemplo, poseían —no podían no poseerla— información de primerísima mano sobre las matanzas de sacerdotes cristianos, y casi todos ellos católicos, de Silesia. Los victimarios eran rusos y polacos. Por ejemplo, la lista oficial de sacerdotes católicos del Arzobispado de Breslau, asesinados entre 1945 y 1949, ascendió a 275.

     Sus nombres, apellidos y cargos aparecen relatados de forma impresionante (Johannes Kaps, El Martirio de los Sacerdotes de Silesia, 1945-1946). También se posee la lista completa de los asesinados, en el mismo lapso, en la Vicaría General de Branitz, diecisiete ministros de la Iglesia, y en la Vicaría General de Glatz, catorce sacerdotes más... y las doscientas monjas violadas y mutiladas en Neisse, por rusos y polacos (Ibid. p. 108).

     Podríamos extendernos, a lo largo de páginas y más páginas, sobre el tema de las sevicias contra la población civil alemana, pero, ello, claro está, escaparía del ámbito de esta obra. Nos limitaremos a mencionar que el trato dado por los ocupantes alemanes a la población civil pacífica —no, naturalmente, a los partisanos— desde el Cabo Norte hasta Hendaya y desde Brest hasta Stalingrado fue, salvo rarísimas excepciones individuales, sancionado por el propio Mando alemán, extremadamente correcto. Churchill pretendió que los alemanes actuaban así movidos por móviles propagandísticos. No pasa de ser una opinión del alcohólico Primer Ministro, pues no creemos que el Todopoderoso le informara sobre las motivaciones de la conducta de los nacionalsocialistas. En todo caso, no cabe duda de que los alemanes se hicieron a sí mismos mejor propaganda que los Aliados; incomparablemente mejor propaganda, máxime si se tiene en cuenta que éstos cometieron crímenes abominables contra poblaciones civiles inermes, y en tiempos de paz.


DEPORTACIONES MASIVAS DE ALEMANES EN EL ESTE DE EUROPA

     Una de las finalidades de guerra definidas por los Aliados en la Carta del Atlántico incluía el de la libertad de residencia de los seres humanos en los territorios de su elección. No obstante, esa finalidad de guerra —como tantas otras— resultaría ser una burda patraña, sin más finalidad que reforzar el arsenal propagandístico de los Aliados. Tanto es así, que nada menos que el sabio Albert Schweitzer, en su discurso de recepción del Premio Nóbel de la Paz en 1954, dijo:

     "La violación más grave del derecho basado en la evolución histórica y en cualquier derecho humano en general consiste en privar a las poblaciones del derecho a ocupar el país en el que viven, obligándoles a trasladarse a otro lugar. El hecho de que las potencias vencedoras al final de la Segunda Guerra Mundial impusieran ese fatal destino a millones de seres humanos y, lo que es peor, de una manera absolutamente cruel, muestra cuán poco les importaban a esas potencias el restablecimiento de la prosperidad y el gobierno de la ley" (Albert Schweitzer, Oslo, 4 de Noviembre de 1954).

     Y, que nosotros sepamos, todavía no se le ha ocurrido a nadie calificar de "nazi" a Albert Schweitzer.

     La deportación, como ganado, de dieciséis millones de alemanes residentes en el Este de Europa se decidió en la Conferencia de Potsdam por los señores Truman, Attle y Stalin. En números redondos, puede desglosarse así: 8.500.000 residentes en el Este de Alemania, 3.5000.000 en los Sudetes, 250.000 en los Estados Bálticos y el distrito de Memel, 380.000 en Dantzig, 1.300.000 en la región de Posen, 623.000 en Hungría, 537.000 en Yugoslavia, 786.000 en Rumania y 150.000 en Bulgaria (Alfred M. de Zayas, Nemesis at Potsdam, Prólogo, p. 24). Esos dieciséis millones largos de personas hicieron el desplazamiento a pie, tras abandonar todas sus pertenencias. No ha podido saberse con exactitud el número de muertos en el transcurso de ese éxodo, pero ningún comentarista serio baja de los dos millones de muertos, más una cifra incalculable, pero importante, de muertos a consecuencia de la infrahumana remoción de la población [11]. La mayor parte de los refugiados supervivientes se instalaron en lo que hoy se llama República Federal de Alemania, y en Austria, aunque casi tres millones y medio quedaron, por no habérseles permitido prolongar su viaje, en lo que hoy se denomina República Democrática [comunista] de Alemania.

[11] El estadounidense De Zayas calculaba en su obra citada que el número de muertos debió ser de unos 2.200.000.

     Para encontrar precedentes históricos a esa deportación en masa debemos reportarnos a los tiempos del Imperio asirio, cuando Asurnasirpal y Asurbanipal, en los siglos VIII y VII a.C. deportaron a unos tres millones de personas de sus reinos. Esa práctica de éxodos forzosos se abandonó prácticamente en la Era cristiana; el territorio de los enemigos vencidos podía ser repartido o anexionado, pero las poblaciones nativas podían permanecer en sus tierras y automáticamente pasaban a convertirse en sujetos del nuevo soberano. Una excepción a esa regla general surgió, únicamente, en el Nuevo Mundo, donde la política yanki del llamado "Destino Manifiesto" trajo como consecuencia el progresivo desplazamiento de los indios norteamericanos cada vez más hacia el Oeste, hasta terminar alojándolos en reservaciones, preludio de su exterminación física. Inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial hubo el tratado greco-turco, para la remoción de dos millones de griegos de Asia Menor, particularmente de la región de Esmirna y Constantinopla, tratado que fue supervisado y aprobado por la Sociedad de Naciones. La remoción de los griegos se llevó a cabo en cuatro años y con relativo orden.

     Posteriormente, y por necesidades bélicas, o lo que conceptuaron como tales, los alemanes deportaron a buena parte de los judíos que cayeron bajo su zona de influencia —unos 3.200.000 como máximo— instalándolos en ghettos gigantescos, como el de Varsovia o el de Theresienstadt, y los estadounidenses albergaron en Pine City, en California, a unos 300.000 japoneses de nacionalidad estadounidense, que nos les merecían credibilidad patriótica, en razón del color amarillento de su piel, a los campeones patentados del anti-racismo militante. Pero las deportaciones de 1945-1946, en plena paz, sin la excusa de los expedientes de tiempo de guerra, no tienen excusa ni justificación posible. Naturalmente, cuando una cifra es demasiado enorme, demasiado monstruosa, se convierte en una simple estadística, y, andando el tiempo, en una cifra que puede llegar a convertirse en sospechosa.

     Tal vez no choque demasiado a la consciencia del lector amigo el hallarse confrontado con una tal estadística, con un mero número de personas desarraigadas en cualquier lugar del mundo. Para comprender su importancia debiera ser necesario visualizar la cifra estadística en cuestión como personas concretas, reales, sufriendo la muy auténtica desgracia de perder de vista, para siempre, su suelo nativo, sus casas, sus enseres, sus animales, sus amigos. No es posible, para un ser humano, a menos de estrujarse materialmente el cerebro, lo que no es corriente en una época como la actual, de perezosos mentales; no es posible, decíamos, percibir existencialmente, prácticamente, lo que representa una estadística de "16.000.000 de deportados", si no se ha visualizado, siquiera mentalmente, a la madre hambrienta con su hijo aterido de frío, arrastrándose cientos y cientos de kilómetros sobre la nieve; el anciano solo en el mundo con la mirada perdida, y esto no tan sólo una vez sino millones de veces.

     Y eso no es todo. Hay más, mucho más. Ya hemos visto cómo los vencedores, y especialmente los soviéticos, trataron a la población civil. Pero aún hay que añadir el uso de civiles, deportados en sentido inverso, y que no se incluyen en la mencionada estadística de los dieciséis millones de deportados, todos los cuales fueron llevados hacia el Oeste. Una cifra no inferior a cuatrocientos mil alemanes residentes en Polonia y Eslovaquia fueron deportados hacia el Este en condiciones infrahumanas [12]. Tampoco se incluyen los prisioneros de guerra tratados como esclavos en plena paz, y de los que luego hablaremos. Y queda, en fin, sin tasación posible, el valor de las propiedades, bienes y enseres de los casi dieciséis millones y medio de deportados.

[12] De esos 400.000, no menos de 125.000 perecieron a consecuencia de la deportación y de los malos tratos, según el historiador estadounidense De Zayas (Nemesis at Potsdam, p.70).

    Como dijo Sir Winston Churchill: "Luchamos por la libertad".


LA "REEDUCACIÓN" DE ALEMANIA

     En la Conferencia de Yalta, Roosevelt, Churchill y Stalin decidieron que el pueblo alemán debía ser reeducado. Como ciertos maestros de la más vetusta escuela, aquellos grandes demócratas creían que "la letra, con sangre entra", pues su proceso de "reeducación" se inició con la instauración de tribunales militares, apodados Tribunales de Des-nazificación.

     El hecho es que, en la lista original de "criminales de guerra" redactada por los juristas de Naciones Unidas habían "sólo" 2.524 "criminales" alemanes, pero pronto las llamadas Unidades Especiales de Des-nazificación organizaron una gigantesca cacería humana contra más de un millón de alemanes. El lugar que se eligió para procesar a los dirigentes del Tercer Reich fue Núremberg, donde se sentaron como jueces los representantes de las potencias culpables de los crímenes colectivos de Katyn, de Hiroshima, de Dresden, de Berlín, de Nagasaki... Numerosos autores se han ocupado de aquella parodia de juicio. Simplemente recordaremos, muy someramente, que:

a) El principio Nullum crimen, nullam poenam sine lege [Ningún crimen y ningún castigo sin una ley previa] fue dejado de lado. En efecto, hasta Núremberg nadie podía ser acusado, y menos aún, condenado, por la comisión de actos que, cuando se afirma que fueron cometidos, no estaban sancionados por la Ley. A partir de Núremberg se implantó una legislación ex post facto [posterior a los hechos]. Así, por ejemplo, las leyes de guerra, dictadas por las Convenciones Internacionales de Ginebra y La Haya, de las que eran signatarias todas las potencias aliadas con la excepción de la URSS, no fueron tenidas en cuenta; en cambio, se inventaron una serie de "delitos y figuras" jurídicas, como las organizaciones criminales. Los miembros de tales organizaciones —las SS, las SA, el Frente del Trabajo, la Policía del Estado (Gestapo), etc.— eran culpables en principio y debían demostrar su inocencia.

b) El Tribunal admitió como pruebas los llamados "affidavits", es decir, declaraciones juradas de individuos que no se presentaban a declarar y que, por consiguiente, no podían ser contra-interrogados por la Defensa.

c) El Tribunal se reservaba el derecho a admitir ciertas pruebas y a rechazar otras, pero no definía a priori el criterio en que iba a basar su elección.

d) Muy a menudo, a los acusados no se les permitía elegir abogado defensor. A Julius Streicher, por ejemplo, se le impuso como defensor al judío Marx, que más que un defensor parecía un fiscal.

e) Los prisioneros fueron, a menudo, torturados. Streicher declaró ante el Tribunal que soldados negros del Ejército estadounidense le habían arrancado los dientes y, sujetándole la cabeza, hablan escupido dentro de su boca. A Fritz Sauckel se le apaleó y se le dijo que si no se declaraba culpable se le entregaría a él, a su mujer y a sus hijos, a los rusos. Cuando denunció el hecho ante el juez Kempner —otro judeo-estadounidense— éste se negó a escucharlo.

f) Contrariamente a los más elementales principios jurídicos, jueces, fiscales, "defensores" y funcionarios del Tribunal eran juez y parte. Nada menos que 2.400 de los 3.000 funcionarios que participaron en tan grotesca mascarada pseudo-jurídica eran judíos (Louis Marschalsko, World Conquerors). Lo eran, incluso, los dos principales verdugos, Woods, de nacionalidad inglesa, y Rosenthal, de pasaporte canadiense, que explicaron muy gozosos a la prensa cómo habían hecho durar el mayor tiempo posible la agonía de los ejecutados [13].

[13] Woods y Rosenthal tuvieron mala suerte. A Woods le dijo Streicher, antes de que lo colgarán: "Un día los rusos lo colgarán a usted". No lo colgaron, pero los comunistas lo mataron en la guerra de Corea, en 1951. A Rosenthal, obeso septuagenario, lo arrojaron por la ventana de un hotel unos desconocidos, por móviles ignorados, en Julio de 1979.


* * *

     El juez Wennersturm, estadounidense, dimitió de su cargo en Núremberg, en señal de protesta por los linchamientos legales que allí se estaban realizando. Lo mismo hizo el juez Van Rhoden, también norteamericano. Una pléyade de escritores y juristas, ciudadanos de países que formaban parte del bando Aliado manifestaron, de palabra y por escrito, su reprobación por la venganza judicial de Núremberg; entre los más destacados podemos citar a Montgomery Belgion, Gilbert Murray, Michael F. Connors, Francis Neilson y Barry Elmer Barnes, estadounidenses; F. J. P. Veale, A. J. P. Taylor y David Hoggan, ingleses; Maurice Bardèche, Paul Rassinier y el profesor Faurisson, franceses; el suizo Hoffstetter, los estadounidenses Austin J. App y Freda Utley; el portugués Alfredo Pimenta, y muchos más. Aquella mascarada legal pretendía vestir con ropajes jurídicos la venganza de Morgenthau, cuyo siniestro Plan estaba siendo llevado a la práctica. Goering resumió con una sola frase el pensamiento de acusados y observadores imparciales: "No era menester tanta comedia para matarnos".

     El autor [de este libro, Joaquín Bochaca] es abogado, aunque —tal vez por ello— su fe en la llamada Justicia humana sea harto limitada. Prefiere no comentar la frase de aquel gran demócrata, Raymond Poincaré, de que "la Justicia Militar es a la Justicia lo que la Música Militar es a la Música", y, desde luego, está convencido de que en los procesos políticos las sentencias son dictadas por las conveniencias igualmente políticas y no por una hipotética Justicia Inmanente. Hecha esta salvedad, el autor se permite recordarle al lector amigo que los alemanes capturaron a numerosos políticos Aliados de primerísimo rango que fueron bien tratados. Entre ellos se encontraban hombres de la talla de León Blum, el buda del socialismo francés, judío y enemigo declarado del Reich; Paul Reynaud, jefe del Gobierno francés que les declaró la guerra; Edouard Daladier y Vincent Auriol, jefe del Partido Radical-Socialista y presidente de la Asamblea Nacional; el rey Leopoldo de Bélgica y el Presidente de la República Francesa, Albert Lebrun, ni siquiera fueron detenidos.

     Podrá objetarse, con esa manía actual de hacerles procesos de intención a los muertos, que si los alemanes hubiesen vencido también habrían ahorcado a sus adversarios políticos, y que si tal no hicieron con los personajes mencionados fue porque esperaban a que llegara el final de la guerra. El argumento es pueril. Lo que los alemanes hubiesen hecho con los dirigentes Aliados, de haber vencido, no se sabe ni nunca podrá saberse con certeza. No se ha encontrado ningún documento nacionalsocialista refiriéndose a proyectos de ejecuciones de enemigos políticos. Lo que se diga sobre lo que los alemanes hubieran hecho no son más que conjeturas sin fundamento. Pero creemos que hay indicios para suponer que no habrían ejecutado a los Churchill, Roosevelt, Stalin y demás corifeos Aliados, por la razón de que ya tuvieron en sus manos a primerísimas figuras Aliadas y les respetaron la vida. Los términos del Plan Morgenthau habían sido suficientemente aireados para que los nacionalsocialistas los conocieran y tomaran contra las mencionadas figuras una anticipada venganza. No lo hicieron. Es un hecho. Los Aliados sí ejecutaron a los vencidos, y no solamente a los jerarcas sino a muchísimas figuras de segundo y tercer rango. Aún hoy día [1981], 36 años después del final de la guerra, continúan buscando nacionalsocialistas, juzgándolos y condenándolos. Esto también es un hecho. Todo lo demás son hipótesis sobre las que los poderes fácticos tratan de basar una insostenible coartada para sus crímenes legales contra la Humanidad.

* * *

     El 30 de Septiembre de 1945 fueron promulgadas las sentencias, fijándose la fecha del 15 de Octubre para las ejecuciones de los jerarcas nacionalsocialistas de primer rango. El mariscal Goering y el doctor Robert Ley, que habían sido condenados a muerte, se suicidaron. Sucesivamente, y por este orden, fueron ahorcados: Joachim von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriore; Wilhelm Keitel, jefe del Alto Estado Mayor de las FF. AA.; Alfred Jodl, jefe del Estado Mayor de la Wehrmacht; Julius Streicher, director del periódico anti-judío Der Sturmer; Ernst Kaltenbrunner, jefe del Departamento de Seguridad; Fritz Sauckel, ministro del Trabajo; Hans Frank, gobernador general de Polonia; Arthur Seyss-Inquart, gobernador general de Austria; Wilhelm Frick, ministro del Interior; Alfred Rosenberg, teórico del Partido y administrador de los territorios del Este; Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes Hitlerianas, fue condenado a 20 años de cárcel, así como Albert Speer, ministro de Armamentos. El Almirante Karl Doenitz fue condenado "sólo" a 10 años de presidio, pero no fue liberado sino hasta los 11, caso insólito, creemos, en toda la historia del Derecho. Rudolf Hess, que había ido por su propia voluntad a Inglaterra a ofrecer la paz, fue condenado como "criminal de guerra" a cadena perpetua.

     Creemos que se impone un breve inciso para tratar someramente del caso Hess. Fuentes oficiales inglesas, para cubrirse ante el propio pueblo británico, llegaron a afirmar que las ofertas de paz de Hess no podían ser tomadas en consideración porque Hess estaba loco. Es inconcebible que a un loco se lo meta en la cárcel y no en un establecimiento psiquiátrico. También es inconcebible que se mantenga a un anciano enfermo custodiado en una fortaleza, en Spandau, metido en una celda exigua, racionándosele, con un pasómetro atado a una pierna, hasta los pasos que puede dar al cabo del día, permitiéndosele recibir una sola visita al mes, de 15 minutos de duración, y censurándosele la correspondencia, cual si se creyera que, desde el interior de su celda, estuviera preparando una insurrección nacionalsocialista en cualquier lugar del mundo.

     El trato dado a Hess es inhumano, y sobre el tema se han escrito libros documentadísimos [14], lo que invalida cualquier argumentación basada en la ignorancia. Los "altos poderes morales" de este planeta conocen muy bien el trato dado a Hess. No pueden no saberlo ni alegar ignorancia culpable. Ninguno ha pedido, oficialmente, la liberación del llamado "prisionero de la paz", ni siquiera una mejora en el trato que se le da. El obispo de Canterbury y los Papas Juan XXIII y Paulo VI tuvieron tiempo, pese a sus múltiples ocupaciones, para pedir clemencia en pro de terroristas convictos y confesos y hasta les sobró tiempo para "olvidarse" de mandar pésames por la muerte de las víctimas de tales terroristas. Pero no consideraron útil hacer, siquiera, un pequeño gesto en pro de Hess, pese a habérseles solicitado repetidamente. Es humano. Demasiado humano, diría Nietzsche. Al fin y al cabo, ni Hess ni sus dispersos seguidores pueden turbar las serenas digestiones de tan elevadas instancias morales ni poner en peligro la cotización de las acciones del Banco del Espíritu Santo [15], pero los patronos de los señores terroristas sí pueden hacerlo. ¡Es triste!.

[14] Tal vez el mejor, Rudolf Hess, el Prisionero de Spandau, escrito por Eugene Bird, que fue uno de sus guardianes, estadounidense.
[15] No se trata de una broma irreverente. El "Banco di Santo Spirito" pertenece a la realidad, no a la ficción.

     Los Tribunales de Des-nazificación prosiguieron su tarea incansablemente. Aún hoy día se juzga a septuagenarios y octogenarios acusados de actos que, cuando fueron cometidos, hace 35 ó 40 años, no eran delitos. Aún hoy día se encarcela, se multa, se sanciona, se ahorca; para ello ha sido preciso que la República Federal Alemana, instaurada por los vencedores estadounidenses, vulnere su propia Constitución al anular o prorrogar los plazos de prescripción de los supuestos crímenes nacionalsocialistas. Es muy difícil avanzar una cifra de condenados a muerte o a prisión por los jueces Aliados o por sus esbirros con toga de la República Federal Alemana. El autor estadounidense Alfred M. de Zayas da la cifra de 1.347 condenados a muerte y unos 375.000 condenados a prisión (op. cit., p. 104).

     Otras fuentes más recientes, y emanadas de datos oficiales de la propia República Federal Alemana, especifican que el número de condenados a muerte se eleva, de momento, a 1.735 (Walter Lötje, Res Militaris). Y decimos "de momento" porque, repetimos, la "cacería" sigue. Y sigue con la misma tónica de odiosa y ridícula arbitrariedad cuya pauta ya fuera marcada por el Tribunal de Núremberg. Pero es que la farsa de Núremberg era, a su vez, complementada por otras farsas legales. Así, por ejemplo, se daba el caso de que cuando, para intentar dar una impresión de imparcialidad, un acusado era absuelto, inmediatamente era reclamado por otro tribunal des-nazificador, que lo condenaba por los mismos cargos que acababan de serle imputados y de los que lo habían absuelto. Tal es el caso de Von Papen, Fritzsche y Schacht, que habían sido absueltos por el Tribunal de Núremberg pero fueron luego condenados a trabajos forzados por otro tribunal: Von Papen a 8 años y Fritsche a nueve. Schacht, que basó su defensa en el hecho de haber traicionado a Hitler, "sólo" fue condenado a 8 años, aunque fue absuelto al cabo de un año.

     Hubo verdaderas aberraciones jurídicas: los generales List, Milch y Schoerner y el Gran Almirante Raeder fueron condenados a cadena perpetua, pero lo curioso del caso es que, para este último, el fiscal "sólo" pedía 20 años de cárcel. El hecho de que un juez sancione más de lo que pide el fiscal es no ya aberrante, sino que demuestra, si aún preciso fuera, la absoluta ausencia de imparcialidad y del más mínimo sentido de justicia imperante en aquellos Tribunales.

     Otro hecho curioso y aberrante, pero, a la vez, cómico: El piloto de caza de la Luftwaffe, Hartmann, que ostentaba el récord mundial de derribos de aviones, pues había logrado abatir 352 aparatos soviéticos, fue condenado a 11 años de prisión por "boicot a la industria soviética de armamentos". Hay un detalle que conviene tener en cuenta a la hora de evaluar la magnitud de la barrabasada jurídica de la "des-nazificación", y es que, además de los miles de condenas homologadas oficialmente, deben ser tenidas en cuenta las condenas in absentia, o por rebeldía, de numerosos altos cargos nacionalsocialistas, que lograron huír, sobre todo a Sudamérica y a los países árabes. El condenado in absentia de más alto rango fue, sin duda, Martin Bormann, cuyas huellas se evaporaron a pesar de haberse lanzado en su busca prácticamente toda la policía de los países aliados y los sabuesos israelitas. Debe tenerse, igualmente en consideración, que numerosos altos cargos, generales y gauleiters se suicidaron, antes que pasar por la ignominia de aquellos absurdos juicios, terminados siempre con veredictos insultantes para la dignidad y el sentido común. El suicidado de mayor renombre fue Heinrich Himmler, "Reichsführer" de las SS [16], y, antes del fin de las hostilidades, se habían suicidado Hitler, su esposa Eva Braun, Goebbels y toda su familia. No nos gusta hacer procesos de intención, pero creemos que si el doctor Ley, por ejemplo, fue condenado a muerte (aunque también escapara al verdugo suicidándose), también hubieran incurrido en la misma condena Hitler, Goebbels, Himmler y muchos más.

[16] Es posible, y hasta probable, que Himmler no se suicidara, sino que fuera oportunamente "suicidado" por ser precisamente el testigo que mayor claridad pudo haber aportado en los supuestos casos de gaseamiento de seis millones de judíos.

     El trato dado a los procesados fue infrahumano en la mayoría de los casos. El juez Edward Le Roy van Rhoden, estadounidense, denunció "los métodos salvajes empleados por nuestros agentes fiscales, que actuaron casi siempre con una infrahumanidad total; apaleamientos y puntapiés bestiales; dientes arrancados a golpes y patadas y mandíbulas partidas". Y este juez no tenía motivo alguno para testificar a favor de los alemanes, pues su hijo, aviador, fue herido en combate y estuvo dos años prisionero en el campo de concentración de Dachau [17]. Con tales métodos para obtener "confesiones", muchos presos murieron antes de comparecer ante sus jueces. Víctimas de los tratos recibidos murieron en los campos de concentración Aliados los generales Von Busch, Von Brauchitsch, Von Blomberg, Von Richtofen y Von Kleist. El caso de este último es revelador: capturado por los ingleses, fue entregado por éstos al nuevo Gobierno yugoslavo de Tito; tras permanecer en cárceles yugoslavas, fue entregado a los rusos, que lo tuvieron en un campo de concentración sin juicio alguno, hasta que murió en 1954.

[17] Associated Press, 14 de Enero de 1949; Sunday Pictorial, 23 de Enero de 1949.


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     Hubo alemanes que por el simple hecho de haber sido miembros del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán fueron encarcelados. Naturalmente, no todos los miembros del Partido fueron a la cárcel, pues el NSDAP llegó a tener 13 millones de afiliados, pero, en principio, cualquiera de ellos era susceptible de visitar las prisiones democráticas. El modus operandi era el siguiente: un alemán acusado de haber pertenecido al NSDAP era interrogado en un campo de concentración, donde debía responder por escrito un quisquilloso cuestionario [18]. En el interior de los campos de concentración, los "tribunales" funcionan. Los internados son clasificados como "grandes criminales de guerra", o bien su culpabilidad es reconocida menor o inexistente y entonces son puestos en libertad. Algunos que se hallaban comprendidos en la segunda categoría abandonaron los campos, solamente en 1949, es decir, tras 4 años de detención arbitraria. Pero, nos dice el escritor francés Paul Serant, «el liberado del campo de concentración no es devuelto a la vida normal. No es un criminal, pero sigue siendo culpable, sin especificar de qué es culpable. La libertad de que goza es una libertad disminuída. Por una sorprendente paradoja, la ley del 5 de Marzo de 1946, que restringe sus derechos civiles, se titula "ley de la liberación" (Befreiungsgesetz)».

[18] El escritor Ernst von Salomon cuenta en una deliciosa obra, precisamente titulada "El Cuestionario", algunas de las sevicias que debían soportar tos detenidos. Explica que al negar haber pertenecido nunca al Partido Nacionalsocialista, el fiscal no le creyó, pero quedó convencido cuando Von Salomon le explicó que ganaba más dinero como escritor independiente que como miembro del Partido. A Von Salomon le ayudó a obtener su libertad, tras cuatro años de palizas, el haber manifestado que su esposa era judía.

     Esa ley, en efecto, no concierne a los nacionalsocialistas de primer rango; se aplica a todos los antiguos miembros de las formaciones hitlerianas. Su primera consecuencia es que todos cuantos la sufren quedan excluídos de una ocupación regular. El número de personas a quienes alcanza esta ley es, de este modo, infinitamente superior al de los internados en los campos (Paul Serant, El Destino de los Vencidos, p. 59). Según otro historiador francés, Robert d'Harcourt, "solo en la zona estadounidense de ocupación encontramos a más de 3 millones de habitantes afectados por esta ley inicua (exactamente 3.294.318, según las estadísticas oficiales)" (Robert d'Harcourt, Les Allemands d'Aujord'hui). No hemos podido obtener datos sobre el número de ciudadanos privados de derechos cívicos en las otras tres zonas de ocupación, inglesa, francesa y soviética, pero si aplicamos una sencilla regla de tres, teniendo en cuenta la población de estas zonas, llegaremos a la conclusión de que el número de ciudadanos de segunda clase instaurados por los vencedores debió rondar la cifra de los 10 millones de personas.


EL "CASO" WIESENTHAL

     La sed de "justicia" de los "buenos" es inextinguible. Muchos alemanes pudieron escapar a los tribunales de des-nazificación huyendo a otros países. Pero hasta allí los siguió el ansia vindicativa de los vencedores de la guerra.

     Simón Wiesenthal, un judío austríaco, poseedor de numerosos pasaportes, aunque parece que su verdadera nacionalidad es la israelí, es el auténtico deus ex machina de una organización judía que se dedica a raptar y ejecutar a antiguos nacionalsocialistas en todos los países del mundo. Muchos de esos nacionalsocialistas ya no poseen, siquiera, la nacionalidad alemana, sino la de diversos países sudamericanos. Muy a menudo aparece en la prensa el relato sobre la desaparición, o el rapto de antiguos nacionalsocialistas, y su posterior reaparición, muertos, y frecuentemente mutilados. Esos comandos de sedicentes justicieros judíos actúan con completa impunidad; su labor es conocida de todos los gobiernos. El autor recuerda haber visualizado una entrevista a Simón Wiesenthal en la televisión francesa, en 1967. El tal Wiesenthal se jactaba de hallarse en Francia para "hacer justicia" a un viejo ex-nazi; lanzaba Wiesenthal sus bravatas en un país teóricamente soberano, y a través de las ondas de una estación televisiva estatal. No se tomó ninguna medida contra él; al contrario, según testimonio unánime de la prensa francesa de aquellos días, Wiesenthal recibió innumerables ofertas de ayuda de comunistas, socialistas y judíos, que lo abrumaron con denuncias contra alemanes residentes en Francia y contra "derechistas" franceses [19].

[19] Joachim Peiper, ex-general de las SS, indultado por los estadounidenses tras haber pasado cuatro años en prisión, residía en Francia con su familia. Un periódico provincial francés publicó su dirección, en 1978, así como la fotografía de su casa, que fue dinamitada, sin que la policía francesa lograra encontrar a los culpables.

     La mayor "hazaña" de los servicios de Wiesenthal, o al menos la más espectacular, consistió en el rapto del teniente coronel, habilitado a coronel, Adolf Eichmann. Este obscuro personaje de la administración de los campos de concentración nacionalsocialistas, fue convertido, por la propaganda judía, en el "mayor criminal de la Historia". Fue secuestrado en Argentina y llevado a Israel, donde se le sometió a juicio. Eichmann no pudo hablar. Debía contestar a través de un micrófono, respondiendo simplemente por "sí" o "no", y se encontraba encerrado en una jaula de cristal irrompible. Naturalmente, fue hallado culpable y ejecutado. De nada valieron las protestas de la República Argentina por esa flagrante violación a su soberanía. Incluso llevó el asunto a la Asamblea General de la ONU, donde fue paralizado por un veto del representante de Estados Unidos, el judío Arthur J. Goldberg. (Fue la primera vez que EE.UU. utilizó el privilegio del veto).

     Wiesenthal continúa incansable sus hazañas. Se mueve tranquilamente a través de todas las fronteras. Nadie lo inquieta. Todos lo adulan. Las "altas autoridades morales" de este mundo asisten impertérritas a la prosecución de la venganza de Wiesenthal y sus adláteres. Ni una sola vez, ¡ni una! —se habría sabido— el pío Osservatore Romano se ha dignado o se ha "atrevido" a criticar la labor de ese señor que se erige a sí mismo en policía, juez, fiscal y verdugo de individuos a los que reprocha actos cometidos hace casi 40 años. Las "altas autoridades morales", aparentemente, no están para esas cosas. Bastante tienen con ocuparse del sexo de los ángeles.

     A Wiesenthal, como, al fin y al cabo, es lógico en esta época de transmutación de valores, se le acaba de conceder (Marzo de 1980) la Medalla del Congreso de Estados Unidos. No se le concedió ese galardón por un "ukase" [en ruso = decreto] unilateral de Jimmy Carter, sino por votación, ampliamente mayoritaria, del cuerpo legislativo que se supone rige los destinos de la nación cuya propaganda nos la presenta como el baluarte de la civilización occidental.


TRÁFICO DE ESCLAVOS EN EL SIGLO XX

     El Plan Morgenthau preveía el uso de los prisioneros de guerra alemanes como mano de obra forzosa en los países que habían estado en guerra con el Reich. Esto se llevó a cabo con impávida rudeza desde el día en que cesaron las hostilidades. No ha sido posible llevar a cabo una investigación total y exhaustiva sobre el número de prisioneros de guerra retenidos como trabajadores forzosos al término de las hostilidades, dada la negativa soviética a facilitar datos en este sentido. Tampoco los occidentales (ingleses y franceses en especial) han querido dar datos sobre el particular. Pero, pese a todo, ha sido posible obtener algunos muy significativos, que a continuación exponemos.

     Según la anglosajona Encyclopedia Chambers, en el epígrafe "Slave Labour" (Trabajo de Esclavos) se calcula que, al terminar la guerra, los rusos utilizaron como trabajadores forzosos a unos cinco millones de soldados alemanes, prisioneros de guerra, y a unos tres cuartos de millón de soldados presos de otras nacionalidades, mayormente rumanos e italianos, pero también húngaros, eslovacos, búlgaros y finlandeses. Muy poco se ha vuelto a saber de esos esclavos. Ciñéndonos a casos particulares, y según datos de una revista alemana occidental obsesivamente anti-nazi (Stern, de Frankfurt), los soviéticos capturaron en el frente de Stalingrado a unos cien mil soldados alemanes. Seis mil de ellos, tan sólo, regresaron a la patria a finales de 1950, es decir, que permanecieron en un estado de esclavitud durante cinco años y medio, en plena paz.

     Los otros 94.000 perecieron a consecuencia del tratamiento digno de ESCLAVOS que recibieron. Y si volvemos al caso general de los cinco millones de alemanes y los 750.000 europeos de otras nacionalidades guardados por los soviéticos como esclavos, los colaboradores de la Encyclopedia Chambers convienen en que es muy difícil establecer una cifra con visos de garantía relativa a los que perecieron en la esclavitud, pues no es posible demostrar, en términos JURÍDICOS, que la pretensión rusa de que los prisioneros, al término de su cautiverio, prefirieron quedarse en la Unión Soviética, es una burda patraña. Las gestiones de la Cruz Roja para localizar, individualmente, a muchos prisioneros de guerra, sobre todo alemanes e italianos, fracasaron por completo. No creemos que los casi seis millones de esclavos perecieran, pero sí es innegable que una parte importante de ellos murió a consecuencia de los malos tratos, y los restantes, dispersados como trabajadores forzosos a lo largo y ancho de toda la URSS, continúan en un status de esclavos sometidos al Dios-Estado Soviético, y perdidos para siempre para sus patrias y para sí mismos en su condición de hombres libres.

     Pero no fue sólo la URSS. El Gobierno británico, varios años después del término de la Guerra, fue severamente amonestado por la Cruz Roja Internacional, no sólo por utilizar prisioneros de guerra como trabajadores forzosos sino por tratarlos de forma infrahumana, hasta el extremo de dejarlos morir de inanición y de frío en muchos casos comprobados. Según informes de la Cruz Roja Internacional, un año y medio después del final de la guerra, Inglaterra tenía a 460.000 soldados alemanes trabajando forzosamente para ella. En esa época se calculó que el Gobierno laborista de S. M. británica ganaba anualmente 250.000.000 de libras esterlinas con el alquiler de sus esclavos alemanes. Esos esclavos eran, en efecto, PRESTADOS a los agricultores e industriales ingleses por una cifra que oscilaba entre 7,50 y 10 libras a la semana. A los esclavos se les pagaba un máximo de seis peniques (es decir, entre un 5% y un 7,5% de lo que le rendían al Gobierno) para que pudieran pagarse el rancho que se les daba (!?). En honor del pueblo inglés sea dicho, se desató una tal oleada de indignación popular que, a finales de 1946, el Gobierno del laborista Atlee debió comprometerse a liberar a los prisioneros a razón de 15.000 cada mes. Es decir, que la última tanda de prisioneros regreso a Alemania en Junio de 1949, cuatro largos años después del final de la contienda (Michael McLaughlin, For Those who Cannot Speak). La Cruz Roja Internacional desde su sede central en Ginebra ordenó el tratamiento de los Aliados a sus prisioneros de guerra, en términos de extremada claridad:

     "Estados Unidos, Inglaterra y Francia, dos años después del final de la guerra, están violando los Acuerdos de la Cruz Roja Internacional en su inhumano tratamiento a los prisioneros de guerra, acuerdos que ellos solemnemente firmaron en 1929".

     Observemos que la nota de la Cruz Roja Internacional no hace alusión a la URSS, que no había firmado tales acuerdos, y que nunca reconoció a la Cruz Roja Internacional.

     Como creemos conocer algo del cinismo de la naturaleza humana, hablando en términos generales, nos consta que muchos replicarán que, teniendo en cuenta lo que los alemanes hicieron a sus prisioneros, el tratamiento dado a los prisioneros alemanes era válido y natural. A ello debe replicarse:

a) Los alemanes sólo utilizaron a prisioneros soviéticos como trabajadores en tiempo de guerra por no tener ninguna obligación en contrario, al no haber suscrito la URSS la Convención de Ginebra sobre prisioneros. Además, les constaba a los alemanes el tratamiento que sus propios prisioneros recibían en Rusia. En todo caso, la propia Convención de Ginebra autorizaba el empleo de prisioneros de guerra en determinados trabajos, como la agricultura y la industria no bélica. En tales menesteres fueron utilizados los prisioneros de guerra ingleses, franceses y estadounidenses. En todo caso, había trabajadores extranjeros en Alemania, sobre todo franceses, tal como se había previsto en las cláusulas del Armisticio. Otros franceses habían ido a trabajar VOLUNTARIAMENTE a Alemania [20]. Pero, repetimos —y creemos que la salvedad es importante—, todo sucedía en tiempo de guerra, mientras que el uso de esclavos por los campeones patentados del Derecho Internacional se hizo en tiempo de paz, y a sangre fría, en millones de casos, con fines mercantilistas, y durante cinco años, como mínimo, en la URSS, y cuatro en Inglaterra.

[20] Uno de esos trabajadores voluntarios en Alemania fue el que, andando el tiempo, se convertiría en secretario general del Partido Comunista francés, Georges Marchais. En 1978 Marchais demandó a la revista francesa Minute por haberlo calumniado al afirmar que él había trabajado para los nacionalsocialistas por dinero. El tribunal falló que no había lugar a la demanda y que Minute había dicho la verdad.

b) El tratamiento de Alemania a los prisioneros de guerra fue, salvo casos aislados, independiente de la voluntad del Mando, correcto. Allan Wood, uno de los más populares corresponsales de guerra británicos escribió: "Lo más sorprendente de esta guerra en el Oeste, en lo que se refiere a atrocidades, es su escaso número. Son rarísimos los casos en que he podido constatar que los alemanes no trataran a sus prisioneros de acuerdo con las Convenciones de Ginebra y las recomendaciones de la Cruz Roja" (London Express, 6 de Junio de 1945). El teniente Newton L. Marguiles, juez del Cuerpo Jurídico del Ejercito estadounidense declaró: "Los alemanes, incluso en los momentos de máxima desesperación, trataron a sus prisioneros correctamente y obedecieron la Convención de Ginebra a todos los respectos" (Saint Louis Dispatch, 27 de Abril de 1945). Digamos, de paso, que el teniente Marguiles era judío. La Cruz Roja estadounidense en 1945 reconoció oficialmente que el 99% de los prisioneros de guerra estadounidenses en Alemania regresaron sanos y salvos a sus hogares (Michael M. MacLaughlin, For Those who Cannot Speak).

     Los Aliados, pues, no tienen, siquiera, la excusa de haber obrado en plan de represalia contra los prisioneros de guerra alemanes. Utilizaron a esclavos porque les convino y nada más. Como dijo Sir Winston Churchill: "Luchamos por la libertad".


PATTON Y MORGAN

     Los abusos cometidos por las fuerzas de ocupación en Alemania llegaron a extremos tan bestiales que varios personajes Aliados se opusieron —o trataron de oponerse— a ellos. Ya hemos hablado de la expoliación de Alemania, de los tribunales de des-nazificación, de los destrozos deliberados, de la esclavización de los hombres y la deshonra de las mujeres, de las deportaciones masivas de poblaciones en condiciones infrahumanas... Pero hubo más. Hubo mil y una ofensas deliberadas, inscritas en el infame Plan Morgenthau. A los soldados Aliados se les prohibía CONFRATERNIZAR con la población civil. Estaba prohibido a los soldados estadounidenses casarse con alemanas, pero no tener ayuntamiento carnal con ellas. Esto equivalía a reducir a las alemanas al status de prostitutas. Esa prohibición pronto caería en desuso, por su absoluta impracticabilidad, pero el hecho es que oficialmente subsistió, como subsistieron mil vejaciones más. Lindbergh refiere (Charles Lindbergh, War Memories, p. 531) cómo los soldados estadounidenses quemaban las sobras de sus alimentos para impedir que pudieran aprovecharlas famélicos civiles alemanes que merodeaban cerca de los cubos de basura del Ejercito. También dice:

     «En nuestro país, la prensa publica artículos sobre el modo cómo "liberamos" a los pueblos oprimidos. Aquí, nuestros soldados utilizan la palabra "liberar" para describir el modo de obtener botín. Todo lo que se coge en una casa alemana, todo lo que se le quita a un alemán, es "liberado", según el lenguaje de nuestros soldados. Las cámaras fotográficas Leica son liberadas; los alimentos, las obras de arte, las ropas, son "liberadas". Un soldado que viola a una alemana, la está "liberando"» (Ibid., p. 513). "Hay niños alemanes, que nos miran mientras comemos... nuestros malditos reglamentos nos impiden darles de comer. Me acuerdo del soldado Barnes, que ha sido arrestado por haberte dado una tableta de chocolate a una niña harapienta. Es difícil mirar a la cara a estos niños. Me siento avergonzado. Avergonzado de mí, de mi pueblo, mientras como y miro a esos niños. ¿Cómo podemos llegar a ser tan inhumanos?" (Ibid., p. 548).

     Esto lo dice el coronel Lindbergh, héroe nacional de Estados Unidos, que llegó a ser propuesto candidato a la Presidencia de su país, que luchó en la guerra con la aviación de su patria, quien no era un nacionalsocialista. Esto pudieron verlo muchos norteamericanos e ingleses decentes. El general Patton, tal vez el más popular de los generales estadounidenses, se opuso inmediatamente a la aplicación total o parcial del Plan Morgenthau en su sector de ocupación. Pronto topó con otro general, de mayor rango que él: el general Eisenhower [21]. Son bien conocidas las discusiones violentísimas que opusieron a los dos hombres sobre el modo cómo tratar a la población civil alemana. Patton fue SENTENCIADO A MUERTE tras las bambalinas del escenario. Un día, el automóvil de Patton fue arrollado por un camión militar, en lo que a muchos pareció un rarísimo accidente. El general fue trasladado a una ambulancia, y de allí a un hospital, donde se le apreciaron lesiones importantes, aunque no graves. Pero unos días después fallecía de un ataque al corazón. La muerte de Patton, en todo caso, fue oportunísima.

[21] Eisenhower descendía de los judíos alemanes Saúl y Rebeca Eisenhower, que emigraron a Estados Unidos en 1885.

     El general había anunciado que pensaba trasladarse a Estados Unidos, donde iba a denunciar públicamente lo que estaba sucediendo en Alemania. Pero no tuvo tiempo. Había tenido altercados con demasiada gente importante. El general Eisenhower debió tomar personalmente el teléfono y ordenarle que se detuviera antes de llegar a Berlín. En Yalta los nuevos "amos del mundo" habían acordado que serían los soviéticos los primeros en entrar en la capital alemana. Patton quiso evitar la vandálica entrada del Ejército Rojo en la capital del Reich y se enemistó con Eisenhower. Un mes antes pudo haber entrado en Praga, pero también se lo impidió Eisenhower, dejándolo clavado en el terreno con una orden. Las dificultades de Patton con los PODERES FÁCTICOS tras la ocupación de Alemania fueron tan grandes que Eisenhower lo destituyó como jefe del Tercer Ejército y le encomendó el mando de una unidad secundaria. Patton se sabía en peligro de muerte, y así lo había comunicado a sus familiares y allegados. Se le temía por su prestigio —era el general estadounidense de más renombre, pues Eisenhower no era más que un militar político— y sus palabras podían alertar a la opinión pública estadounidense sobre lo que realmente estaba sucediendo en Alemania. Así se preparó su accidente, que no era, ni mucho menos, el primero.

     El día 21 de Abril de 1945, su avión, con el que se trasladaba al Cuartel General del Tercer Ejército en Fedfield (Inglaterra), fue atacado por lo que se supuso ser un caza alemán, pero luego resultó ser un Spitfire pilotado por un inexperto piloto polaco. El avión de Patton quedó acribillado, pero pudo aterrizar milagrosamente. El 3 de Mayo, unos días antes del final de la guerra, el jeep del general fue embestido por una carreta de bueyes, resultando Patton con heridas leves.

     El 13 de Octubre de 1945 fue cuando se produjo la colisión con el camión. Cuando Patton parecía reponerse del incidente se le produjo el "ataque al corazón". El caso es que desde el 13 de Octubre sólo los médicos vieron a Patton, negándosele la posibilidad de recibir visitas. Hasta hace bien poco sólo se suponía que Patton había sido asesinado. Hoy día se sabe. Y se sabe por una razón muy sencilla: porque un agente de la conocida OSS (Office of Strategical Services) o espionaje militar estadounidense, un tal Douglas Bazata, un judío de origen libanés, lo manifestó ante 450 invitados de alto rango, ex-miembros de la OSS, en el Hotel Hilton de Washington, el 25 de Septiembre de 1979. Bazata dijo textualmente:

     "Por diversos motivos políticos, muchos altísimos personajes odiaban a Patton. Yo sé quién lo mató. Pero soy yo el que cobró por hacerlo. Diez mil dólares. El propio general William Donovan, director de la OSS, me encomendó esa misión. Yo preparé el accidente. Como no murió en el acto, se le incomunicó en el hospital donde se le mató con una inyección" (The Spotlight, vol. V, Nº 42, 15 de Octubre de 1979, pp. 16-18).

     La trágica suerte de Patton convenció a otros colegas o compatriotas honrados suyos de la inutilidad de enfrentarse a los PODERES FÁCTICOS. Y si aún quedaban dudas sobre quién mandaba realmente en Alemania, el "caso Morgan" acabó de disiparlas.

     El general Frederick Morgan era el encargado de la sección de abastecimientos de la Zona de Ocupación inglesa en Alemania. Pronto tuvo dificultades con la UNRRA, un organismo de Naciones Unidas cuya misión consistía en distribuír en Europa, entre la población civil, los víveres y medicamentos que la generosidad de los pueblos de los países Aliados, y concretamente de Estados Unidos, mandaban a Europa. Morgan manifestó en privado y en público que los funcionarios de la UNRRA eran, en su inmensa mayoría, unos contrabandistas, que vendían en el mercado negro los donativos que recibían para ser gratuitamente distribuídos. Sobre los abusos de gran parte del personal de la UNRRA se han escrito abundantes volúmenes. La honrada actitud de Morgan le ganó la inmediata enemistad de Morgenthau, quien lo amenazó, por teléfono, con una destitución inmediata. Lógicamente, Morgan respondió que él era inglés y que un político norteamericano carecía de jurisdicción sobre él. Eso creía Morgan. El general estadounidense Lucius D. Clay, Jefe de la Zona de Ocupación estadounidense, comunicó personalmente a Morgan su cese, tras reprocharle haber proferido observaciones anti-judías.

     Morgan respondió que no admitía injerencias de oficiales extranjeros, aunque fueran generales, en el Ejército británico. Pero unas horas después se presentó el general Harold Isaac, del Cuerpo de Intendencia del Ejército británico, con la orden de relevo. Y los caballeros de la UNRRA pudieron continuar su trabajo, sin necesidad de oír desagradables observaciones anti-judías de un general inglés que era lo bastante ingenuo para creer que en el Ejército británico sólo mandaban los ingleses. Desde luego, parece improbable que su sucesor, el "gentleman" Isaac, hiciera tal tipo de observaciones.–



2 comentarios:

  1. No encuentro palabras para tanto
    Sufrimiento,tanta maldad,tanto dolor....

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  2. Solo espero que en algún momento de la historia se haga justicia con el pueblo alemán y la nación alemana.

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