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sábado, 6 de junio de 2015

Los Hiperbóreos, Benefactores de Grecia



     Manuel Albaladejo Vivero (1920-2012) fue un jurista, profesor e historiador español. Siendo su especialidad el Derecho, este también doctor en Historia publicó en 1998 (en el número 10 de la revista Polis) un docto breve ensayo referido al pueblo de los hiperbóreos de acuerdo a los testimonios que de ellos conservaban los antiguos griegos. Este artículo (dice el autor a modo de resumen) está dedicado al estudio de los hiperbóreos, un pueblo que según la tradición mítica y literaria griega vivía en el extremo septentrional del mundo. En un primer apartado se contemplan los aspectos más llamativos de su caracterización etnográfica; y posteriormente se profundiza en el significado de la estrecha vinculación que mantuvieron con los tres principales santuarios griegos: Delfos, Delos y Olimpia. Sus variadas noticias son, como ocurre con muchos trabajos académicos eruditos, interesantes y esclarecedoras.


LOS HIPERBÓREOS, "BENEFACTORES" DE GRECIA
por Manuel Albaladejo Vivero



     Dentro de la tradición cultural griega, los hiperbóreos constituían el pueblo imaginario que habitaba en el confín septentrional de la ecumene. Su presencia dentro de dicha tradición puede retrotraerse a una época bastante remota, a pesar de no aparecer mencionados una sola vez en los poemas homéricos.

     Este pueblo, debido precisamente a su carácter limítrofe respecto al mundo habitado, presentaba unas características especiales que lo diferenciaban desde el punto de vista etnográfico de las sociedades humanas "reales", puesto que gozaba de unas condiciones geográficas, económicas y climáticas absolutamente idealizadas, así como de unas especiales y estrechas relaciones con determinadas divinidades e incluso con los principales santuarios de Grecia.

     De este modo, los hiperbóreos llegaron a conformar dentro de la fantasía helénica una sociedad hasta cierto punto abierta al exterior, en contra del papel que la literatura griega había deparado al resto de los pueblos que consideraba habitantes de los límites del mundo. Como resultado de dicha puesta en contacto, los principales centros pan-helénicos devinieron deudores de unas aportaciones que habían llevado a cabo los hiperbóreos de manera desinteresada pero que resultaron decisivas —siempre dentro del ámbito y del lenguaje del mito— para el posterior desenvolvimiento de la mentalidad y cultura griegas [1].

[1] El imprescindible libro de J. Romm, The Edges of the Earth in Ancient Thought, Princeton 1992, contiene valiosísimas reflexiones acerca de esta cuestión así como de muchas otras relacionadas con los hiperbóreos.

     Con el fin de apreciar más detenidamente el significado y el porqué de la presencia de los hiperbóreos en los mitos se expondrá, a continuación y de manera sucesiva, el modo de vida que les atribuyeron los antiguos griegos, así como la naturaleza de su vinculación con algunos de los principales santuarios de la Hélade.


I. ETNOGRAFÍA DE LOS HIPERBÓREOS

     Concretando algo más la situación de ese pueblo, hay que señalar ante todo que era considerado como el más septentrional de la ecumene y que debía su etnónimo al hecho de que su región se encontrase más allá de la zona donde soplaba el viento Bóreas, el viento del Norte por antonomasia para los griegos. Estrechamente relacionados con la región de los hiperbóreos, hasta el punto de convertirse en una barrera que los aislaba tanto del frío Bóreas como de los pueblos vecinos, se encontraban los montes Ripeos, los cuales aparecen mencionados por primera vez en la literatura griega dentro de un fragmento de Alcmán, un poeta espartano de la segunda mitad del siglo VII a.C. que parece ubicarlos en una región, por supuesto septentrional, donde reinaban el silencio y la noche (frag. 90).

    Curiosamente, los datos literarios con que contamos no nos permiten asociar la noción de los hiperbóreos con los montes Ripeos hasta la época clásica. Además, entre los autores del siglo V a.C. que trataron sobre el tema, no todos parecen estar de acuerdo en dicha cuestión. Tanto en la obra de Píndaro [2] como en la de Baquílides (Ep. III, 57-62) y Heródoto (IV, 13; 32-35) no aparece en ningún momento tal relación geográfica, mientras que en ciertos fragmentos que poseemos de otros escritores del mismo siglo, tales como Esquilo (Prom. Lib., frag. 197), Helánico de Lesbos (frags. 187 b y c) y el discípulo de éste, Damastes de Sigeo (frag. 1), el país de los hiperbóreos aparece ubicado justo a continuación de los montes Ripeos, cumpliendo éstos la función de mantener resguardado a aquel pueblo de los rigores del viento del Norte.

[2] Pind., Ol. III; Pit. X; Ist. VI.

     Ahora bien, si por un lado resulta incontrovertible la disposición de los hiperbóreos en el extremo septentrional del mundo, también es cierto que nos encontramos con un grave problema en las fuentes literarias cuando, por ejemplo, un autor como Píndaro narra el viaje emprendido por Heracles a fin de atrapar a la cierva cerenitia y hacer entrega de ella al rey Euristeo (Ol. III, 14 y 26). En el poema, Píndaro viene a significar que la región hiperbórea se encuentra en las inmediaciones de las fuentes del río Istro, y no debemos olvidar que tan sólo unas décadas más tarde el propio Heródoto afirmó que el Istro comenzaba su curso en el país de los celtas [3], esto es, el pueblo que en la mentalidad geográfica griega ocupaba lo que podríamos considerar todo el cuadrante Noroccidental de Europa. Curiosamente, esta idea de situar las fuentes del Istro en relación con el país de los hiperbóreos también aparece en un fragmento ya citado de un autor contemporáneo a Píndaro: el trágico Esquilo.

[3] Heródoto II, 33. En épocas posteriores la noción de los celtas quedó confundida con la de los hiperbóreos, tal y como ocurrió con el testimonio de Heráclides del Ponto, un autor del siglo IV a.C., citado en Plutarco, Vit. Cam. XXII, 2, a propósito del conocido saqueo de Roma por parte de los galos en el año 386 a.C. Véase M. Sordi, Prospettive di Storia Etrusca, Como, 1995, p. 50.

    Frente a estos testimonios tendientes a considerar la ubicación de los hiperbóreos en la zona Noroccidental de la ecumene, no debemos olvidar una obra titulada las "Arimaspeas", debida a un personaje llamado Aristeas de Proconeso, del que conocemos ciertos aspectos biográficos gracias fundamentalmente al testimonio de Heródoto (IV, 13-15). Todo parece apuntar a que Aristeas viajó durante el último cuarto del siglo VI a.C. o bien en el primero del siglo V a.C. por las regiones situadas al norte del mar Negro en busca de los hiperbóreos, puesto que, como veremos, se decía que ese pueblo mantenía una estrecha relación con el dios Apolo, y Aristeas era, precisamente, un "iluminado" seguidor de esa divinidad [4].

[4] Sobre Aristeas en general, J. D. P. Bolton, Aristeas of Proconnesus, Oxford 1962. Acerca de sus posibles cualidades chamánicas, E. R. Dodds, The Greeks and the Irrational, Berkeley 1951, p. 141. En cuanto a las fechas ofrecidas para la posible redacción de las "Arimaspeas", hemos seguido la opinión de A. Ivantchik, "La Datation du Poeme l'Arimaspée d'Aristeas de Proconnése", L'Antiquité Classique 62, 1993, pp. 35-67, precedida por un riguroso estudio, si bien la afirmación de que Aristeas pudo ser uno de los primeros pitagóricos es bastante arriesgada.

     Podemos reconstruír en sus líneas generales el contenido de las "Arimaspeas" valiéndonos tanto del relato realizado por Heródoto, quien hizo mención de manera telegráfica a toda una serie de pueblos que habitaban al Norte del mar Negro (IV, 13). En concreto, el autor de Halicarnaso indicaba que Aristeas afirmaba haber llegado al pueblo de los isedones, que más allá vivían los arimaspos [5], que al Norte de ellos vivían los grifos, que custodiaban oro [6] y, por encima de ellos, los propios hiperbóreos, que se extendían hasta un mar.

[5] Otro pueblo fantástico cuyas gentes se decía que poseían un solo ojo, tenían un cuerpo velludo y luchaban continuamente contra los grifos situados al Norte de su región a fin de arrebatarles el oro que éstos previamente habían extraído del suelo cuando cavaban sus madrigueras. Éste es un buen ejemplo del topos que enfrentaba a los humanos con determinados animales salvajes para obtener los recursos que abundaban en las regiones más apartadas del mundo, tal y como se puede apreciar en Heródoto III, 102-105 y 110-111. Para conocer una interpretación original sobre los arimaspos, J. Romm, op. cit., pp. 67-77.
[6] Por lo que respecta a los grifos, si bien es cierto que constituían un motivo figurativo bastante frecuente en el arte del Asia Central, tal y como se menciona en B. Luiselli, Storia Culturale dei Rapporti tra Mondo Romano e Mondo Germanico, Roma 1992, p. 49, no deja de ser cierto que la mitología griega estaba repleta de seres monstruosos con ésas y otras muchas características, lo que deja en entredicho la opción de acudir al eco de supuestos mitos escitas o incluso de la zona del Altai para explicar la inclusión de estos seres en el relato de Aristeas.

     Junto a este relato recogido por Heródoto también contamos con el testimonio de Damastes de Sigeo, ya que un fragmento de su obra ofrece toda la impresión de haberse servido de las "Arimaspeas" para llevar a cabo una descripción de los pueblos que supuestamente se encontraban en la posición intermedia entre los escitas y los hiperbóreos (frag. 1): los isedones, seguidos de nuevo por los arismaspos, al Norte de quienes se hallaban los montes Ripeos que franqueaban a los hiperbóreos, habitantes de una región cercana al mar.

     En época imperial romana hubo dos autores que se valieron bien del propio relato de Aristeas, bien del testimonio de otros escritores que extrajeron su información del mismo, que volvieron a realizar el listado de pueblos, seres fantásticos y accidentes geográficos interpuestos entre el mar Negro y el país hiperbóreo. Dichos autores fueron Pomponio Mela (II, 1-2) y Plinio el Viejo (HN VII, 10), y se puede decir que en sus respectivas obras se limitaron a repetir el tipo de informaciones que hemos visto estaban presentes en los autores griegos del siglo V a.C.


     Con todo lo expuesto, podemos afirmar que las "Arimaspeas" y el resto de escritos históricos y etnográficos dependientes del testimonio de Aristeas de Proconeso, tendieron a ubicar claramente a los hiperbóreos en el extremo Nororiental de la ecumene, por lo que esta evidencia entra en flagrante contradicción con lo expuesto por Píndaro y Esquilo quienes, como hemos visto, situaron la región hiperbórea en las inmediaciones de las fuentes del río Istro, es decir, en el confín Noroccidental del mundo.

     Para resolver esta paradoja lo más convincente parece recurrir al criterio esbozado por R. Dion [7], esto es, considerar que los griegos aplicaron el nombre de hiperbóreos a las gentes que vivían en una zona caracterizada por sus condiciones utópicas e ideales y que estaría situada un tanto indefinidamente por todo el remoto Norte de Europa, y de ahí la aparente disparidad que se advierte en los autores griegos ya referidos en lo que respecta a la indistinta disposición de los hiperbóreos en los extremos Noreste y Noroeste del continente.

[7] R. Dion, "La Notion d'Hyperboréens. Ses Vicissitudes au Cours de l'Antiquité", BAGB 2, 1976, pp. 143-157.

     En lo que respecta a la proximidad del mar a la región hiperbórea, mención que aparece en buena parte de los anteriores autores, podemos decir que debía tratarse de la porción septentrional del río Océano, que, como es sabido, se trataba de un elemento fundamental dentro de la geografía mítica de los griegos que ya estaba presente en los poemas homéricos [8], donde su característica primordial era la de servir de envoltura exterior de la Tierra, a la vez que, dentro del imaginario griego, todos los pueblos considerados ribereños al mismo presentaban unos muy claros elementos de idealización, tal y como se puede apreciar en el caso de los hiperbóreos [9].

[8] Ilíada I 1423; III 5; V 6; VII 422; VIII 485; XIV 201, 246, 302, 311; XVI 151; XVIII 240, 399, 402, 489, 607; XIX 1; XX 7; XXI 195; XXIII 205. Odisea X 139.
[9] Para obtener una completa versión de la naturaleza e importancia del Océano en la mitología griega, consúltese J. Romm, op. cit., pp. 20-32 y 176-183; J. Ramin, Mythologie et Géographie, París 1979, pp. 17-26.

     Durante el período clásico hubo autores como el propio Heródoto que realizaron serias críticas a esa tradicional imagen de la Tierra circundada por las aguas del Océano, si bien a finales del período arcaico tal idea seguía manteniendo una plena vigencia, a juzgar por la representación gráfica llevada a cabo por Anaximandro [10], asi como por los escritos de Hecateo de Mileto [11]; en realidad, las objeciones llevadas a cabo por Heródoto hacia esta creencia mítico-geográfica constituyeron todo un toque de atención respecto a la anterior tradición griega [12].

[10] O.A.W. Dilke, Greek and Roman Maps, Londres 1985, pp. 21 -24.
[11] G. Nenci, Hecataei Milesii Fragmenta, Florencia 1954.
[12] Heródoto II, 23. Un buen estudio sobre esta opinión se encuentra en J. Romm, "Herodotus and Mythic Geography: The Case of the Hyperboreans", TAPhA 119, 1989, p. 100.

     En todo caso, aún tratándose de un recuerdo atávico, la mayor parte de los autores griegos y romanos que escribieron sobre los hiperbóreos, los situaron a orillas de un mar que no podía haber sido contemplado por ninguno de ellos [13].

[13] En este punto, consideramos desafortunadas aquellas interpretaciones tendientes a identificar ese mar "hiperbóreo" con el mar del Norte o el Báltico como, por ejemplo, en R. Dion, art. cit., p. 149; J. Ramin, op. cit., p. 58, y B. Luiselli, op. cit., p. 21.

     Al llegar a este punto, debemos detenemos algo más en el relato que realizó Hecateo de Abdera a comienzos del siglo III a.C. y que nos ha llegado gracias al empleo que hizo de él Diodoro de Sicilia en la época de Augusto. La particularidad que presentaba la descripción de la región hiperbórea por parte de Hecateo consistía en su ubicación no ya en el extremo septentrional del mundo sino en una isla de un tamaño mayor que el de Sicilia, situada en la vertiente Norte del Océano exterior [14].

[14] Diod. Sic. II, 47.1 = Hec. Abd., frag. 7 y 11a. Lo más probable es que la comparación con el tamaño de Sicilia fuese una aportación del propio Diodoro, mucho mejor conocedor de las proporciones de su isla natal que Hecateo de Abdera.

     La explicación a esta novedad insular se debe a que numerosos escritores de época helenística e imperial fueron aficionados a localizar los escenarios de sus narraciones utópicas en islas, ya que la condición de aislamiento que se daba en las mismas se supone que las protegería de cualquier tipo de "contaminación" procedente del mundo exterior, a la vez que permitía en su interior el desarrollo de una civilización feliz y próspera, autosuficiente en sus recursos, frente a los males cotidianos presentes en las zonas continentales.

     En todo caso, los griegos fueron conscientes de la inabarcable distancia que los separaba de tan lejano pueblo, puesto que imaginaban que todo ser humano era prácticamente incapaz de llegar a alguna de las tierras ubicadas en los límites de la ecumene: debían darse determinadas condiciones de excepcionalidad para que alguien procedente de las regiones centrales del mundo tuviese la oportunidad de alcanzar esas tierras fantásticas y remotas [15].

[15] Es el caso bien conocido de Coleo de Samos en su viaje a Tartesos después de haber sido desviado de su ruta por el viento de Levante, Heródoto IV, 152. O el caso de Etiopía, que aparece en Heródoto III, 20-24 como una región situada en el confín meridional del mundo e inalcanzable para el ejército persa de Cambises, quien sólo pudo entrar en contacto con ellos valiéndose de la labor intermediadora de otro pueblo fabuloso, los ictiófagos.

     Los hiperbóreos, por supuesto, no eran ajenos a esos condicionantes, y ya en la obra de Píndaro se encuentra una primera referencia a la imposibilidad de llegar, bien por mar, bien por tierra, a la región donde aquéllos vivían (Píticas X, 29-30). En el mismo poema, sin embargo, también se hace referencia a la estancia de Perseo entre los hiperbóreos, dato que debemos poner en relación con lo anteriormente comentado acerca de la naturaleza de los personajes capaces de llegar a una de las zonas extremas del mundo. Aquí se trata de Perseo, un héroe, por tanto, capaz de realizar hazañas por encima de lo posible para cualquier ser humano [16].

[16] Sólo cabe recordar el episodio de la llegada de Perseo u otro de los extremos de la ecumene, el occidental, donde acabó con la vida de la Gorgona.

     Igualmente, en otro poema de Píndaro encontramos la referencia a una nueva visita al país hiperbóreo efectuada, en este caso, por uno de los principales héroes griegos, Heracles, quien como hemos comentado ya, llegó a dicha zona durante el transcurso de uno de sus famosos Doce Trabajos: el de la captura de la cierva cerenitia. De nuevo, el carácter especialísimo del personaje, uno de los grandes héroes civilizadores griegos —"obligado" por ello a viajar a las tierras más remotas—, explica su inclusión en ese poema [17].

[17] L. Lacroix, "Heracles, Héros Voyageur et Civilisateur", BAB 60, 1974, pp. 34-59.

     Por lo que respecta a la obra de Baquílides, lo que más nos interesa es su relato acerca de la llegada de un mortal, el rey Creso de Lidia, al país de los hiperbóreos, ya que Apolo, el dios a quien Creso había realizado ricas ofrendas en el santuario de Delfos, se apiadó de él cuando ya estaba en la pira funeraria y decidió llevarse al depuesto rey al país donde se le honraba con mayor devoción [18].

[18] Bacchyl., Ep. III, 57-62. Años más tarde, también Heródoto incluyó este episodio en su "Historia", si bien en su versión no hay lugar para este final feliz en el país de los hiperbóreos, Heródoto I, 86-91.

     Hemos visto con anterioridad la información contenida en la obra de Heródoto sobre la situación geográfica de los hiperbóreos cuando el autor de Halicarnaso decidió seguir el relato que previamente había escrito Aristeas de Proconeso; ahora nos interesa recordar otro pasaje de su "Historia" (IV, 36), donde se señala —tras recordar brevemente al hiperbóreo Abaris— que, en el caso de que se aceptase la existencia de los hiperbóreos, siguiendo un principio elemental de simetría, debía haber otras gentes llamadas "hipernotios", esto es, una supuesta etnia habitante de la zona situada al Sur del lugar donde comienza a soplar el viento del mediodía, el Noto, opuesto por tanto al Bóreas o viento del Norte.

     En este punto podemos apreciar toda una constante en la obra y el pensamiento herodotianos: el de Halicarnaso no daba crédito, en primera instancia, a la existencia de un determinado pueblo, puesto que no había noticias fiables sobre el mismo, pero, por otro lado, sí consideraba veraz otra tradición oral que él personalmente había recogido en Delos acerca de las supuestas ofrendas que los hiperbóreos hacían llegar a la isla sagrada. Para resolver esta contradicción debemos, ante todo, tener en cuenta la posición intermedia que ocupa Heródoto entre la aceptación consuetudinaria del mito y el espíritu de los nuevos tiempos que él había vivido, herederos del llamado "renacimiento jonio", que tendía fundamentalmente a valorar la investigación de la Naturaleza, para lo cual el método de la autopsia era, sin duda alguna, primordial.

     Por tanto, una idea clave en el quehacer literario de Heródoto es la "racionalización del mito" que, a efectos prácticos, podemos ver aplicada en el caso de los hiperbóreos cuando él rechaza su existencia debido, como decíamos antes, a la falta de testimonios seguros y fiables acerca de ellos, pero, acto seguido, se encarga de recordar que obtuvo de primera mano en Delos una información contrastada relativa a las supuestas ofrendas que los hiperbóreos hacían llegar a la isla; de este modo, Heródoto consideraba que la "saga delia" contenía las dosis necesarias de "objetividad" y, por tanto, merecía ser incluída dentro de su relato [19].

[19] Por lo que respecta a la posible creencia de Heródoto en la existencia de los hiperbóreos, J. Romm, art. cit., pp. 97-113. En Heródoto IV, 32 el autor fue taxativo al afirmar que tanto los escitas como los isedones daban noticias sobre ellos; además, al recordar que quienes habían escrito sobre los hiperbóreos eran Hesíodo y el autor de los Epígonos, dejaba claro que el tratar acerca de ese pueblo era algo propio de los poetas, los cuales podían hacer uso de su capacidad de invención para agradar a su público, alejándose, por tanto, de lo que debía ser la labor investigadora propia de un logógrafo, tal y como Heródoto se presentaba a sí mismo. Por tal motivo, no se puede descartar la posibilidad de que Heródoto hubiese intentado racionalizar de algún modo la supuesta existencia de los hiperbóreos, otorgando un buen número de sus características etnográficas al pueblo de los argipeos, que en Heródoto IV, 23-25 aparece como el último eslabón dentro de una serie de pueblos "reales" nórdicos en lo que constituía una clara y consciente diferenciación respecto al listado ofrecido por Aristeas. Sobre este paralelismo racionalizador entre hiperbóreos y argipeos véase F. J. Gómez Espelosín, "Más Allá de la Polis. A la Búsqueda de Espacios Ideales", D. Plácido, J. Alvar, J. M. Casillas y C. Fornis, eds., Imágenes de la Polis, Arys 8, Madrid 1997, pp. 451-467.

     Esta "racionalización del mito" también se puede apreciar en otro curioso pasaje del autor de Halicarnaso donde se recoge que todos los pueblos habitantes de las regiones más septentrionales de la ecumene, a excepción de los hiperbóreos, atacaban sin cesar a las gentes que vivían inmediatamente al Sur de ellos; es decir, los arimaspos habían expulsado a los isedones de su país; los isedones, a su vez, habían atacado a los escitas, y éstos habían ocupado la región en que los conoció Heródoto tras haber expulsado de allí a los cimerios (IV, 13).

     Este famoso y aparentemente absurdo relato ha sido interpretado en el sentido de que los diversos pueblos antes mencionados mantenían una constante presión hacia el Sur debido a sus ansias por alcanzar una zona de clima más cálido que la ocupada originariamente.

     Además, Heródoto había introducido dentro de esa lucha a todo el conjunto de pueblos que habían sido mencionados por Aristeas en su obra, a excepción, como cabría esperar, de los hiperbóreos. El motivo de su exclusión puede deberse, por un lado, a una cierta reluctancia por parte de Heródoto a otorgarles carta de naturaleza, en consonancia con la idea que hemos visto anteriormente o, por otro, a su intrínseco carácter pacifista, lo que unido a las buenas condiciones climáticas existentes al Norte de los montes Ripeos, ya que éstos impedían que el gélido Bóreas llegase al país hiperbóreo, permitiría que ese pueblo gozase de una feliz existencia y quedase totalmente al margen de la lucha atroz establecida por la búsqueda de tierras más cálidas hacia el Sur.

     Tal y como dice J. Romm, la idea de eukrasia, en cuanto a la moderación del clima en un justo equilibrio entre los meses de invierno y de verano, era la que numerosos autores griegos habían atribuído a su país [20]. Eso explicaría que algunos de ellos reflejasen en sus obras la obsesión de los pueblos nórdicos por alcanzar la zona del mar Negro y del Mediterráneo, pero, a la vez, quedaba establecida una segunda área de idealización climática en la región habitada por los hiperbóreos que, de esta manera, jugaba un papel de cierta "competencia" ya que rivalizaba con la propia Grecia a la hora de ostentar el privilegio de ser el país que gozase del mejor y más perfecto clima de la ecumene.

[20] J. Romm, op. cit., pp. 64-67. En Heródoto I, 142, aparece la idea de Jonia como la región donde el clima es más moderado y adecuado para vivir gratamente, al igual que ocurre en el anónimo tratado del siglo V a.C., Sobre Aires, Aguas y Lugares, 13 y 15-21.

     Las referencias a la bondad climática disfrutada por los hiperbóreos aparecen, asimismo, en otras fuentes, tales como Píndaro [Ol. III, 31-34], quien hizo mención expresa a la protección con que contaban respecto a los rigores del frío Bóreas, hecho que permitía que en su país hubiese una rica flora capaz de sorprender al mismísimo Heracles.

     Igualmente, cuando Diodoro de Sicilia en su adaptación de la obra "Sobre los Hiperbóreos" que había escrito Hecateo de Abdera [21], puso especial énfasis en destacar que en la isla donde habitaban se daban dos cosechas al año gracias, precisamente, al magnífico clima que allí se disfrutaba, no hacía otra cosa sino reiterar una vez más el entonces viejo tópico de la eukrasia que gozaban los afortunados hiperbóreos.

[21] Diod. Sic. II, 47.1 = Hecateo de Abdera, frag. 7.

     Íntimamente relacionada con la noción de equilibrio meteorológico se encuentra otra idea mantenida por diversos autores griegos a la hora de describir etnográficamente a los hiperbóreos: la abundancia y fertilidad de sus tierras, lo que les permitía llevar una vida alegre y despreocupada.

     De nuevo debemos acudir a Heródoto para ilustrar esta noción, por otro lado muy extendida en la mentalidad de los griegos, puesto que en la anteriormente mencionada "saga delia" aparece la cuestión del envío de ofrendas por parte de los hiperbóreos a la isla sagrada del Egeo (IV, 33).

     De momento —y reservando para las siguientes páginas un comentario en mayor profundidad sobre el significado de tales ofrendas—, baste decir que las mismas eran enviadas envueltas en paja de trigo, lo que nos podría informar acerca del excedente de producción agrícola que se daría en el país de los hiperbóreos, ya que se valían de ese curioso medio para embalar unos objetos que iban a ser trasladados a una región remota [22].

[22] Esta idea ya ha sido expresada por R. Dion, art. cit., p. 152.

     Como era de esperar, también Diodoro de Sicilia hizo mención expresa a la fertilidad reinante en la tierra hiperbórea debido, por supuesto, al factor climático. Además, y teniendo en cuenta que la Naturaleza había otorgado a ese país tan excelentes recursos, Diodoro recalcaba que sus habitantes se dedicaban a cantar himnos y rendir honores al dios Apolo [23].

[23] Sobre la cuestión de las funciones cuasi-sacerdotales de los hiperbóreos, J. Dillery, "Hecataeus of Abdera: Hyperboreans, Egypt and the Interpretatio Graeca", Historia 47, 1998, 3, pp. 255-275. En este artículo también se expresa la idea que Hecateo pudo haberse basado en la tópica imagen de fertilidad del delta del Nilo para trasplantarla al utópico país de los hiperbóreos.

     En realidad, los hiperbóreos ya habían aparecido asociados en un pasaje de Píndaro con la celebración de banquetes y sacrificios a los dioses (Pít. X, 31-34 y 37-41) —en especial a Apolo— como lógica consecuencia de una existencia feliz y despreocupada por obtener medios para su subsistencia. Concretamente, cuando el poeta beocio relató el episodio de la llegada de Perseo junto a los hiperbóreos, el héroe los encontró sacrificando hecatombes de asnos en honor a Apolo, al igual que realizaban todo tipo de actividades musicales dentro de una existencia particularmente festiva.

     En estrecha relación con este último detalle se encuentra otro pasaje de Hecateo de Abdera recogido en este caso por Eliano [24]. En el mismo se afirma que habían unos cisnes sagrados que tomaban parte en el culto a Apolo de la siguiente manera: los cisnes cantaban en perfecta armonía junto a los humanos, acompañados por los tañidos de la cítara.

[24] Ael., NA XI, 1 = Hecateo de Abdera, frag. 12.

     Posiblemente, con esta descripción de una actividad llevada a cabo conjuntamente por hombres y animales, Hecateo quiso hacer referencia a la edad dorada de la Humanidad, irremediablemente perdida para los griegos pero quizás no del todo para los hiperbóreos, puesto que su naturaleza de pueblo utópico les permitiría conservar una serie de características privilegiadas de que habían dejado de gozar los demás seres humanos mucho tiempo atrás [25].

[25] Consideramos que esta referencia a la estrecha relación entre hombres y animales puede responder con mayor exactitud a una reminiscencia literaria a la perdida Edad de Oro que al punto de vista expresado por J. Dillery, art. cit., p. 268, cuando afirma que la presencia de los cisnes sagrados puede deberse a la observación realizada por Hecateo acerca de la naturaleza sagrada de ciertos animales en la religión egipcia.

     En definitiva, y para concluír este apartado acerca de la etnografía atribuída en la imaginación griega a los hiperbóreos, cabe recordar que esas gentes fueron concebidas como un auténtico paradigma de la felicidad y la abundancia, tal y como lo ponen en evidencia, de un lado, sus particulares condiciones geográficas y climáticas y, por otro, su especial relación con los dioses. Como último ejemplo de todo esto, valga recordar la cita de un personaje de Esquilo cuando hablaba de la "magnífica e hiperbórea buena suerte" (Coéforas 373).


II. CONEXIONES ENTRE LOS HIPERBÓREOS Y GRECIA

     Al observar detenidamente los relatos que disponemos acerca de los hiperbóreos, llama la atención el alto número de referencias relativas a las relaciones existentes entre ellos y los griegos. Esta evidencia es aún más apreciable si tenemos en cuenta que otros pueblos fabulosos ubicados por la fantasía helénica en los restantes límites del mundo no contaban entre sus características con un tipo de relación tan estrecha con la cultura griega.

     Podemos pensar, por ejemplo, en el caso de los etíopes, el pueblo imaginario que ya aparecía en los poemas homéricos habitando en los confines meridionales de la ecumene [26] pero cuyo aislamiento, producido por esa misma situación extrema, impedía a sus habitantes entablar contactos directos con el resto de la Humanidad. Avanzando en el tratamiento literario de los etíopes, nos encontramos con el conocido logos que les dedicó Heródoto, donde su rey comunicaba personalmente a los ictiófagos —otro pueblo ficticio y, por ello, el único que podía llegar a esa Etiopía fabulosa— la intención de los etíopes de permanecer aislados del resto del mundo por su propia voluntad, aun contando con las cualidades necesarias para poder conquistarlo (III, 20-24).

[26] Ilíada XXIII, 206. Odisea I, 23; IV, 84; V, 282 y 287.

     Igualmente, podemos recordar de manera sumaria otro pueblo habitante, en este caso, del extremo oriental de la ecumene, que presentaba unas características prácticamente establecidas por Ctesias de Cnido a finales del siglo V a.C.; se trata de los cinocéfalos, que eran definidos por este médico y escritor como un pueblo muy justo que vivía en unas altas montañas, por lo que su seguridad estaba garantizada (Ind. 20 y 22).

     Volviendo al tema que nos ocupa y en comparación con los anteriores pueblos, se puede apreciar que la relación existente entre los hiperbóreos y los griegos era prácticamente una excepción dentro de lo que venía siendo la característica fundamental de aislamiento que la literatura griega había reservado a aquellos pueblos que supuestamente habitaban en los límites del mundo.

     Para dar respuesta a este planteamiento literario casi exclusivista a favor de los hiperbóreos, numerosos investigadores, antiguos y contemporáneos, han intentado apreciar algún tipo de identificación entre dicho pueblo con las gentes que habrían vivido en la zona donde se obtenía el ámbar que era enviado a la zona mediterránea desde una época muy remota [27]. De esta manera y según muchos de esos autores, los hiperbóreos no habrían sido otra cosa sino una imagen paralela y mitificada de algún pueblo real y asentado a las orillas del mar Báltico o de los ríos Vístula y Óder.

[27] Se puede citar, entre otros muchos, a N. G. L. Hammond, Epirus, Oxford 1967, p. 331: R. Hairis, "Apollo at the Back of the North Wind", JHS 45, 1925, pp. 229-231; B. Luiselli, op. cit., pp. 13-32, J. Ramin, op. cit., p. 69.

     A pesar de la facilidad con que se podría establecer un paralelismo entre los hiperbóreos y las gentes que exportaban el ámbar, hay diversas cuestiones que deberíamos tener en cuenta antes de aceptar una hipótesis tan lineal y simplificadora.

     En primer lugar, conviene recordar que en toda la literatura griega que ha llegado hasta nosotros no hay ninguna referencia directa a un supuesto comercio del ámbar llevado a cabo por los hiperbóreos. Sabemos, por supuesto, que los griegos identificaron su país con la imagen de una tierra extremadamente rica y floreciente pero, si tenemos en cuenta la descripción más antigua y completa que poseemos acerca de la ruta del ámbar, es decir, la de Heródoto, se puede apreciar claramente cómo en ningún momento el autor hace referencia al hecho de que el ámbar constituyera la ofrenda enviada por los hiperbóreos a la isla de Delos; recordemos que Heródoto escribió tan sólo que dichas ofrendas, cualesquiera que fuesen, estaban envueltas en paja de trigo (IV, 33).

     Por otro lado, hay que tener presente que en la tradición griega el ámbar procedía del río Erídano [28], el cual en ningún momento había sido asociado al país de los hiperbóreos, a diferencia de los montes Ripeos.

[28] A este río, según el mito, cayó Faetón tras ser fulminado por Zeus, y cuando sus hermanas las Helíades lloraron su muerte, derramaron lágrimas que se solidificaron en ámbar. Hesíodo, frag. 311, Merkelbach-West; Esquilo. frag. 68-73a, Radt; Eurípides, Hipp. 738-740.

     Finalmente, y aunque sólo sea para ilustrar lo anterior, tampoco se debe olvidar que el posible viaje de Aristeas de Proconeso tuvo como escenario las actuales tierras de Ucrania y Rusia, zonas bastante alejadas de la mejor conocida ruta del ámbar, que transcurría desde el actual Norte de Alemania y Polonia hacia el interior del continente a través del curso de los ríos Weser y Elba hasta desembocar en el valle del Po, una vez atravesado el paso del Brennero [29].

[29] A. Spekke, The Ancient Amber Routes and the Discovery of the Eastern Baltic, Chicago 1976, pp. 47-50.

     Por todas estas razones, debemos desechar la idea de identificar el ficticio país de los hiperbóreos con las auténticas regiones septentrionales de Europa donde era obtenido el ámbar; de este modo, consideramos que debe ser modificado el enfoque que tradicionalmente se ha empleado a la hora de estudiar la vinculación de los hiperbóreos a los principales centros religiosos de Grecia.

     De nuevo, hemos de acudir al lenguaje del mito para estudiar la fundamental —y especialísima— relación entre el dios griego por excelencia, Apolo, y los hiperbóreos, cuyo excesivo culto al mismo encontraría una explicación en el hecho de que el lugar de nacimiento de la madre de Apolo y Ártemis, Leto, hubiese sido el propio país de los hiperbóreos. A este acontecimiento hay que añadir el episodio transcurrido al poco tiempo del parto de Leto: unos cisnes sagrados —posiblemente los mismos que, tiempo después, cantarían junte a los humanos en honor a Apolo— sobrevolaron siete veces la isla de Delos (Calímaco, Himno 4, 250-255), y Zeus les encargó la misión de tirar del carro que debía llevar por los aires a Apolo hacia Delfos. A pesar del mandato, los cisnes se desviaron de su ruta y llevaron al dios directamente junto a los hiperbóreos. Apolo permaneció allí por espacio de un año, legislando para ellos y recibiendo su culto y sus ofrendas hasta que, por fin, decidió dirigirse a Delfos donde, como es sabido, venció al monstruo que asolaba el lugar, la serpiente Pitón, y estableció su oráculo [30].

[30] Sobre las vicisitudes de Apolo antes de su llegada a Delos se puede consultar P. Grimal, Diccionario de Mitología Griega y Romana, trad. esp. Barcelona 1981.

     Junto a este interesante episodio relativo a una primera estancia de Apolo entre los hiperbóreos, no debemos olvidar que esa fuerte vinculación, según el mito, continuó vigente con el paso del tiempo ya que en Delfos se rendía culto a Dionisos durante los meses de invierno, que era, precisamente, la época que aprovechaba Apolo para rendir visita a los piadosos hiperbóreos.

     En la tradición literaria griega posterior encontramos algunos intentos de racionalización del mito en que se narraba dicho viaje de Apolo; en concreto, ésa era la intención de Hecateo de Abdera puesto que, a tenor del material recogido por Diodoro de Sicilia, el dios visitaba la isla de los hiperbóreos cada diecinueve años, es decir, el período empleado por las constelaciones para llevar a cabo una revolución completa [31].

[31] Diod. II, 47.7 = Hecateo de Abdera, frag. 7. Sobre la racionalización llevada a cabo por Hecateo, J. Gómez Espelosín, A. Pérez Laigacha, M. Vallejo Girvés, Tierras Fabulosas de la Antigüedad, Alcalá de Henares 1994, p. 215.

     Con todo, la prueba más palpable de la predilección sentida por Apolo hacia ellos hay que rastrearla entre los fragmentos que se conservan de los peanes compuestos por Píndaro [32], donde se contiene lo que podríamos denominar una versión "evolucionista" en cuanto a la belleza y a los materiales empleados en los sucesivos templos que hubo consagrados a Apolo en Delfos.

[32] Píndaro, Pæanes VIII = 52i. Varios siglos después de Píndaro, Pausanias se basó en la obra del beocio para narrar la historia legendaria de la sucesiva construcción de templos en Delfos, tal y como se puede leer en Pausanias X, 5, 9-13.

     Según el poeta beocio, el segundo en orden cronológico de los templos de Delfos —construído por Hefesto y Atenea— fue enviado por el dios a los hiperbóreos, debemos suponer que en agradecimiento a su piedad y con la finalidad de que sirviera como sede del culto apolíneo en ese lugar, cuyos habitantes, según una tradición bastante tardía recogida por Pausanias (I, 4, 4), enviaron a dos de los suyos, llamados Hipéroco [33] y Amádoco, para que defendieran Delfos con ocasión de la famosa invasión de los gálatas en el año 279 a.C., con lo que tendríamos una nueva demostración de los fuertes lazos que, según la mentalidad griega, unían a los hiperbóreos con uno de los principales centros pan-helénicos.

[33] Este nombre, probablemente tomado de un relato tradicional que Pausanias pudo conocer en Delfos, consiste en la inversión de la onomástica de una de las dos muchachas hiperbóreas que según Heródoto llevaron ofrendas por vez primera a la isla de Delos.

     Por lo que respecta a su relación con el santuario de Delos —otro de los lugares fundamentales dentro de la religión y cultura griegas—, debemos acudir una vez más a la llamada "saga delia", ya que en esta isla de las Cícladas fue donde Heródoto recibió la única información que él consideró fiable acerca de los hiperbóreos [34].

[34] Heródoto IV, 33-35. Por otro lado, en Pausanias 1, 31, 2, encontramos la descripción de un recorrido diferente al de Heródoto, en el que destaca la inclusión de Atenas como el último punto de la Grecia continental al que llegaban las ofrendas, puesto que desde allí se transportaban directamente a Delos; puede que la intención de Pausanias fuese la de vincular Atenas con la sede de las dos ligas marítimas y del comercio del Egeo, debido al interés emocional que pudiera suscitar este hecho en su público griego.

     Tal información consistía en la descripción del itinerario que seguían las supuestas ofrendas enviadas por los hiperbóreos al santuario de Apolo en Delos. A este respecto, hay que señalar que muy diversos autores han convenido en la total asociación entre la ruta ofrecida por Heródoto y la ya, por entonces, antiquísima ruta del ámbar [35].

[35] Véase, por ejemplo, G. Biancucci, "La Via Iperborea", Rivista di Filologia e di Istruzione Classica 101, 1973, pp. 207-220; R. Dion, art. cit., pp. 144-148; B. Luiselli, op. cit., pp. 28-29, donde considera que la saga relatada por Heródoto sería un reflejo legendario de un verdadero tránsito de ofrendas desde la zona de los Balcanes hasta Delos llevado a cabo en época micénica, cuando se habría compuesto una primera saga. Por nuestra parte, creemos que tal hipótesis es absolutamente indemostrable, e incluso se debe recordar la especial relación entre las jóvenes hiperbóreas que aparecían en la saga y el culto rendido a Ártemis en la isla, como se puede consultar en J. Larson, Greek Heroine Cults, Madison 1995, pp. 117-121. Creemos que lo más conveniente es desechar la teoría sobre el origen micénico de la saga delia.

     Prescindiendo de dicho paralelismo, lo que más nos interesa en este momento es el hecho de que los delios consideraban que tenían una fuerte e histórica relación con el mundo hiperbóreo. Para apreciar esta creencia contamos con un interesante pasaje que está incluído en el relato de Heródoto a continuación del referente a la ruta seguida por las ofrendas, puesto que, según este autor, cuando los hiperbóreos enviaron por vez primera las ofrendas dedicadas a Ilitía [36] para agradecerle la rapidez con que había actuado en el parto de Leto iban, además, dos muchachas, llamadas Hipéroca y Laódice, a las que, a su vez, escoltaban cinco acompañantes.

[36] Ilitía era una divinidad menor, muy antigua, puesto que su nombre ha aparecido escrito en las tablillas micénicas, y su principal misión era la de ayudar a las jóvenes parturientas.

     Con el paso del tiempo, y dado que ninguno de estos siete hiperbóreos regresaba a su país, sus "compatriotas" consideraron preferible hacer entrega de las futuras ofrendas a sus vecinos quienes, a su vez, debían remitirlas a otros pueblos formando, de esa manera, una cadena hasta el destino final que era, lógicamente, la isla de Delos.

     Igualmente, Heródoto también describió con cierto sentido etiológico el rito que llevaban a cabo los jóvenes delios en honor a Hipéroca y Laódice, muertas y enterradas en la isla puesto que nunca regresaron a su país de origen: antes de su boda, las jóvenes del lugar se cortaban un rizo del cabello, lo enroscaban en un huso y lo depositaban sobre la supuesta tumba de las doncellas hiperbóreas, mientras que los muchachos debían enroscar algunos de sus mechones alrededor de un manojo de hierba que, asimismo, era depositado sobre su tumba. Por lo demás, Heródoto, fiel a su costumbre de asegurar la veracidad general del relato, hizo especial hincapié en ubicar detalladamente el que los delios creían que era el lugar de enterramiento de las jóvenes hiperbóreas; una tumba, por lo demás, fechable en época micénica al igual que sucedía con otras cuantas sepulturas de ese tiempo, empleadas en la Grecia clásica como lugar de culto bien a los héroes locales, bien a otros venidos de fuera, como ocurría en el presente caso [37].

[37] Acerca de las tumbas micénicas de Delos y el culto que se les rindió en épocas posteriores, C. Vatin, "Délos Prémycénienne", BCH 9, 1965, p. 226. Sobre Delos en general y el culto que se rendía a Apolo, M. Delcourt, Les Grands Sanctuaires de la Gréce, París 1947, pp. 74-92.

     A partir de lo visto en la "saga delia" se puede extraer la idea de una fuerte vinculación entre las dos muchachas hiperbóreas y la diosa Ártemls. Esto se debe, en primer lugar, a la evidencia ofrecida por la onomástica de las jóvenes, consistente en sendos epítetos aplicados a la hermana de Apolo que eran adquiridos por las heroínas que morían siendo doncellas, puesto que, a través de diversos casos conocidos en la mitología griega, todas las heroínas que morían a una edad temprana, sin haber contraído matrimonio, quedaban automáticamente asociadas a Ártemis [38], siempre caracterizada, no olvidemos, como la diosa virgen que rechazaba a todo pretendiente y que castigaba cualquier ofensa a su castidad [39].

[38] Además, el ritual consistente en el corte del cabello por parte de los jóvenes delios que iban a contraer matrimonio consistía en un "rito de paso" desde la adolescencia hasta la edad adulta, y se llevaría a cabo honrando la memoria de aquellas muchachas hiperbóreas que no llegaron a la edad núbil. J. Larson, op. cit., pp. 73 y 117.
[39] Significativamente en Apolodoro, Bibl. I, 4, 5 y en Schol. Od., 5, 121, Orión intentaba violar a una de estas jóvenes hiperbóreas, por lo que Ártemis lo acribilló a flechazos.

     Dentro de la "saga delia", Heródoto también hizo mención a otras dos jóvenes hiperbóreas, llamadas Arge y Opis [40] que, según los delios, habían llegado a la isla con anterioridad a Hipéroca y Laódice, ya que habían acompañado a las "mismísimas diosas" (τοîσι θεοîσι) [41]. Según la versión de Heródoto, Arge y Opis tampoco regresaron al país de los hiperbóreos y, tras su muerte, fueron enterradas en Delos donde, en la época en que él visitó la isla, se llevaba a cabo un rito consistente en derramar sobre su sepulcro las cenizas de los muslos de los animales sacrificados en su honor, así como eran invocadas con ciertos himnos atribuidos a Olén [42].

[40] Otros dos nombres femeninos que, igualmente, correspondían a sendos epítetos de Ártemis; en Pausanias I, 43, 4, las doncellas se llamaban Hecaerge y Upis; además, se incluyó una tercera joven, Loxo.
[41] Entendemos que debían ser Leto e Ilitía como su asistente en el parto. De todas formas en N. Robertson, "Greek Ritual Begging in Aid of Women's Fertility and Childbirth", TAPA 113, 1983, pp. 143-169, el autor mantiene que dichas divinidades eran Apolo y Ártemis.
[42] Olén era un poeta legendario, de origen licio según la tradición recogida por Heródoto, IV, 35 o, según Pausanias X, 5, 7-8, procedente del país de los hiperbóreos e instaurador junto a otros compañeros del oráculo de Apolo en Delfos, donde realizó por vez primera profecías en hexámetros. Por otro lado, la supuesta tumba de Arge y Opis también correspondía a un enterramiento de época micénica; para esta cuestión se puede consultar C. Vatin, art. cit., p. 226.

     Junto a los santuarios de Delfos y Delos aún hubo otro punto fundamental para el helenismo donde los hiperbóreos dejaron una huella duradera. Se trata del santuario de Olimpia, el gran escaparate al que acudían griegos de todas partes del Mediterráneo, bien con el objetivo de tomar parte en las competiciones atléticas, o ya para encontrar un público numeroso y dispuesto a escuchar todo tipo de narraciones y discursos.

     En este caso, la vinculación con el mundo hiperbóreo no llegó de los hermanos Apolo y Ártemis, como se ha podido apreciar en los casos anteriores, sino que fue un semidiós, Heracles, quien con ocasión de la captura de la cierva cerenitia se adentró tan profundamente en la zona septentrional de Europa que llegó al país de los hiperbóreos, donde quedó asombrado por su rica y exuberante vegetación, y consiguió persuadirlos a fin de que le hicieran entrega de algunos esquejes que, a su vuelta a Grecia, haría plantar en la llanura de Élide que, hasta entonces, había permanecido completamente deforestada [43].

[43] Píndaro, Ol. III, 11-34; mucho tiempo después, Pausanias recogió esta versión en su descripción de Olimpia, Paus. V, 7, 7.

     De esta manera, gracias a la generosidad de los hiperbóreos y a la intermediación de Heracles —no hay que olvidar que en el mito jugaba un importante papel como héroe civilizador—, los ciudadanos griegos pudieron acudir a los grandes juegos pan-helénicos celebrados en honor a Zeus sabiendo que la frondosidad de los olivos los protegería de los rigores del verano peloponesio y, lo que es más importante, sus atletas tendrían que competir por obtener una pequeña rama de olivo que, de este modo, se constituiría en el mayor honor que pudiese conseguir un griego durante toda su vida.


III. CONCLUSIONES

     En la primera parte del artículo se ha podido observar la idea que sobre los hiperbóreos se habían conformado los griegos: un pueblo fabuloso, por supuesto, que vivía en la más absoluta felicidad y alegría, en compañía de determinados dioses durante largas temporadas pero que, a diferencia de las costumbres imaginadas por los griegos para con otras gentes habitantes de los límites del mundo, los hiperbóreos sí mantenían una estrecha relación tanto con el pueblo que los había creado como con algunos dioses de su panteón.

     Para muchos, la explicación a esa especialísima vinculación podría proceder de un hecho real y tangible, es decir, los hiperbóreos serían una versión mitificada del pueblo nórdico que realizaba los envíos de ámbar a la zona mediterránea; sin embargo, los diversos elementos presentes en la tradición griega no parecen apuntar demasiado en ese sentido. Además de conferir en determinado momento a los hiperbóreos el estatus de pueblo utópico, semejante al que gozaban, por ejemplo, los supuestos habitantes de la Atlántida o de las Islas del Sol, los hiperbóreos fueron el instrumento del que se sirvieron diversos autores para realizar una auténtica autocrítica respecto a la cultura griega y sus principales símbolos.

     Por este motivo no es de extrañar que la referencia de los hiperbóreos haya estado tan vinculada a los principales santuarios de la Hélade, espacios representantes de las señas de identidad griegas que habían contraído una importante deuda con unos desconocidos benefactores.

     De esta forma, el "esperpento" hiperbóreo habría constituído, según la terminología de F. Hartog, un espejo deformante en el que se contemplarían, de forma sarcástica, los rasgos distintivos de la religión y la sociedad griegas. En el caso de Delfos, el principal santuario helénico y ómfalos [ombligo] del mundo, su dios titular, Apolo, se retrasó en llegar, puesto que había decidido permanecer durante un tiempo con su pueblo preferido; en Delos, los hiperbóreos habían sido, precisamente, los introductores de las ofrendas a Apolo y a Ártemis, y, por último, también en Olimpia debían agradecerles la propia existencia del olivo —aquí el grado de la ironía era bastante mayor ya que éste es un árbol netamente mediterráneo—, del cual se obtenían las ramas que acreditaban la victoria en las diferentes competiciones atléticas que tenían lugar en el recinto del Altis.

     En definitiva, se puede afirmar que la "existencia" de los hiperbóreos tuvo en la cultura griega unas claras connotaciones de autocrítica y, a veces, de cruel sarcasmo respecto a algunas de sus tradiciones y creencias más firmemente arraigadas.–






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