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lunes, 6 de febrero de 2017

Hitler, Más Allá del Mal y la Tiranía



     En el sitio counter-currents.com se publicó en Mayo de 2013 la siguiente reseña que hizo Greg Johnson (editor de dicho sitio) del libro de 2011 "Hitler: Beyond Evil and Tyranny" del historiador y profesor estadounidense Russell H. S. Stolfi (1932-2012), que hemos puesto en castellano, libro que es una suerte de biografía que se sale de las orientaciones establecidas para tratar de poner ecuanimidad en el trato que se ha dado a la figura del Führer, señalando que todo el mal que se le atribuye no fue ni tan malo ni tan único, de acuerdo a los extensos registros de la Historia, sino sólo una histeria moral provocada y estimulada por los dueños y difusores de la propaganda contraria a él.


Reseña de "Hitler: Beyond Evil and Tyranny"
de Russell H. S. Stolfi
por Greg Johnson
7 de Mayo de 2013



     "Ningún hombre es considerado como un héroe por su sirviente personal, no porque el héroe no sea un héroe sino porque el criado es un criado" (G. W. F. Hegel).

     "Cuando el ZOG [Gobierno Sionista de Ocupación] y todos sus hombres monos vengan a dispararme, me construiré una fortaleza con mis biografías de Hitler" (David E. Williams, "Wotan Rains on a Plutocrat Parade").


     Adolf Hitler fue claramente el hombre del siglo XX, cuya sombra se agiganta a medida que el Sol de Occidente se hunde cada vez más bajo. Tristemente, sin embargo, no hay una biografía digna de Hitler.

     Si los grandes hombres son aquellos que dejan su sello en la Historia, entonces Hitler fue un gran hombre. Pero los grandes hombres presentan grandes problemas para los biógrafos. Los grandes hombres no son necesariamente hombres buenos, e incluso los hombres buenos, cuando tienen poder político, a menudo encuentran necesario matar a gente inocente. La gente malvada no encuentra difícil aquello, pero los hombres buenos sí. Así, un hombre bueno, si ha de ser un gran hombre, también debe ser también un hombre duro. Pero es difícil para los biógrafos, los cuales son hombres corrientes, simpatizar con los grandes hombres, especialmente con hombres que son inusualmente malos o duros.

     Pero los biógrafos deben al menos tratar de entrar imaginativamente en la mente de los personajes que ellos abordan. Ellos deben sentir los sentimientos de éstos y pensar sus pensamientos. Deben sentir simpatía o empatía por sus sujetos de estudio. Tal simpatía no es una violación de la objetividad sino una herramienta de ella. Es necesario contrapesar la antipatía y el resentimiento que la dureza, la crueldad y la grandeza a menudo inspiran. La simpatía es necesaria para que un biógrafo pueda descubrir y expresar las virtudes de intelecto y carácter necesarias para lograr cualquier cosa grande en este mundo, para bien o para mal.

     Por supuesto, la capacidad que tenga uno de simpatizar con los grandes hombres depende en gran parte de los propios principios morales. Un nietzscheano o un darwinista social, por ejemplo, encontraría más fácil simpatizar con una bestia humana de presa que un cristiano o un demócrata liberal. Incluso así, es posible que cristianos y liberales escriban biografías de grandes conquistadores como Alejandro Magno, Julio Cesar, Mahoma, Genghis Jan y Napoleón sin borrarse a sí mismos en paroxismos de hipócrita denigración moralista de miles de páginas.

     Hitler, por supuesto, depara problemas aún mayores para los biógrafos, porque su demonización es un sostén de la hegemonía judía contemporánea, y hay consecuencias para cualquier escritor que desafíe ese consenso.

     Hitler: Beyond Evil and Tyranny, de Russell H. S. Stolfi, es uno de mis libros favoritos sobre Hitler. No es una biografía de Hitler, aunque está organizado cronológicamente. Es, más bien, una especie de "meta-biografía", un ensayo acerca de la interpretación de la vida de Hitler. El proyecto de Stolfi tiene aspectos positivos y negativos: Stolfi crítica las interpretaciones existentes de la vida de Hitler como un todo y sobre episodios específicos en la vida de Hitler, a la vez que plantea sus propias interpretaciones.

     La crítica de Stolfi de las biografías de Hitler se enfoca en el trabajo de aquellos a los que él llama los cuatro "grandes biógrafos": John Toland ("Adolf Hitler: The Definitive Biography"), Alan Bullock ("Hitler: A Study in Tyranny"), Joachim Fest ("Hitler") e Ian Kershaw ("Hitler: 1889-1936, Hubris", y "Hitler: 1936-1945, Nemesis"). En Palabras de Stolfi, "la predilección de los biógrafos [de Hitler] por el sarcasmo gratuito, el forzado escepticismo y la escritura desde alturas preconcebidas de antipatía, ha dejado al mundo con un retrato peligrosamente impreciso de Hitler" (p. 54). (A juzgar por la recepción de los libros de David Irving "Hitler’s War" y "The War Path", el establishment existente considera que un retrato exacto de Hitler es más peligroso que uno impreciso). Cuatro ejemplos de esa tendencia bastarán:

(1) Ian Kershaw afirma que, fuera de la política, Hitler era un "paria", una nulidad, lo cual ignora completamente las voraces lecturas realizadas por Hitler, su serio involucramiento con y su comprensión de filósofos como Schopenhauer, su amor por la pintura y las bellas artes, su notable conocimiento y habilidad arquitectónicos, y su amor por la música clásica, incluyendo un profundo conocimiento de las óperas de Richard Wagner que impresionó a la familia Wagner y a otros individuos altamente perceptivos.

(2) Los biógrafos de Hitler invariablemente denigran su origen humilde y corriente, en forma de parodias, de las peores formas de esnobismo social. Pero, por supuesto, los mismos autores se esmerarían torpe y deshonestamente en describir el ascenso de cualquier otro hombre desde la pobreza y la oscuridad hasta la fama y la fortuna. Como Jesse Owens, por ejemplo.

(3) Stolfi refuta una de las más indignantes libertades que se toma Joachim Fest, como sigue: «Todos los grandes biógrafos desacreditan las teorías nacionalsocialistas de las diferencias raciales, a las que ellos caracterizan como pseudo-científicas y basadas en un prejuicio empedernido, y sin embargo uno de ellos [Fest] pudo afirmar con toda confianza, sin sugerir ninguna posibilidad de ser contradicho, que el sujeto de su biografía tenía "características criminales" en un "rostro psicopático"» (p. 268).

(4) Los grandes biógrafos regularmente menosprecian el servicio de Hitler como soldado durante la Primera Guerra Mundial, a pesar de que, como señala Stolfi, Hitler ganó la Cruz de Hierro de Primera Clase, la Cruz de Hierro de Segunda Clase, y un reconocimiento oficial de parte de su regimiento por valentía. Él fue herido seriamente dos veces. Hitler nunca habló mucho de lo que hizo para ganar esas condecoraciones, en parte por su característica modestia y reserva, pero también probablemente porque no deseaba revivir experiencias dolorosas. Pero incluso eso es distorsionado por sus biógrafos para expresar difamaciones sobre la bravura y el carácter de Hitler. Stolfi señala que con ninguna otra figura histórica los biógrafos se sienten con derecho a tomarse tales libertades.

     Kershaw es el más tendencioso de los grandes biógrafos, caracterizando repetidamente a Hitler como un "paria", una "nulidad", una "mediocridad" y un "fracaso". Esos epítetos deben seguramente hacer sentirse bien a Kershaw y a los lectores que piensan como él, pero si ellos fueran verdad, entonces la carrera de Hitler es completamente incomprensible. Stolfi es implacable, agudo e incansable en su crítica a los grandes biógrafos, aunque algunos de sus lectores podrían encontrar eso agotador también.

     Además de ofrecer fascinantes interpretaciones de eventos particulares, Stolfi discute tres tesis predominantes sobre Hitler:

(1) Hitler no puede ser entendido como un político sino como un profeta, específicamente un profeta forzado a tomar el rol de un mesías;

(2) Hitler no puede ser entendido como un hombre malvado sino como un hombre bueno que fue forzado por las circunstancias y por su propia lógica implacable y su "dureza" carente de emociones a hacer cosas terribles; y

(3) Hitler debe ser entendido como uno de los grandes hombres de la Historia, y en realidad como una figura histórica mundial, que no puede ser comprendida con los conceptos morales convencionales.

     Seguramente ahora usted está pensando que nuestro autor debe ser alguna clase de historiador "desacreditado", "marginal" y excluído como David Irving, o incluso un temido "revisionista". De manera que ¿quién fue Russel Stolfi? Nacido en 1932, Stolfi es según todas las apariencias un historiador militar consolidado y de la corriente principal. Él fue profesor en la estadounidense Naval Postgraduate School en Monterrey, California, y un coronel del Cuerpo de Reserva de Infantes de Marina de Estados Unidos. Él es autor de otros tres libros: "German Panzers on the Offensive: Russian Front North Africa 1941-1942" (2003), "Hitler’s Panzers East: World War II Reinterpreted" (1993), y "NATO Under Attack: Why the Western Alliance Can Fight Outnumbered and Win in Central Europe without Nuclear Weapons" (con F. W. von Mellenthin, 1983). Leí "Hitler: Beyond Evil and Tyranny" primeramente en Mayo de 2012, y quedé tan entusiasmado que traté de contactar a Stolfi para una entrevista, sólo para enterarme de que él había fallecido recién en Abril.


¿Político o Profeta?

     Adolf Hitler fue un formidable organizador político que se hizo cargo de un minúsculo club de debate bávaro y lo transformó en el partido político más grande de Alemania. Después de ser encarcelado por un abortado Putsch, Hitler decidió obtener el poder legalmente, por medio de la política electoral. Para ese fin, él virtualmente creó la moderna campaña política, viajando incansablemente en automóvil y avión y empleando magistralmente los medios de comunicación de masas de su época. Cuando él se convirtió en Canciller, Hitler demostró ser un formidable estadista, transformando a Alemania con una revolución virtualmente incruenta y recuperando las tierras y el orgullo alemanes por medio de una serie de hábiles triunfos en política exterior hasta que los británicos y los franceses comenzaron una guerra para detenerlo.

     A pesar de todo aquello, Stolfi argumenta que la personalidad de Hitler, sus metas y su gran estrategia eran más las de un profeta religioso, específicamente las de un profeta armado como Mahoma.

     Los políticos presuponen un sistema político y un clima de opinión comunes. Ellos generalmente evitan debatir principios fundamentales y en vez de eso tratan con diferencias esencialmente cuantitativas dentro del mismo continuum ideológico y político, y de allí su habilidad para comprometerse y su susceptibilidad a la corrupción. Stolfi señala una y otra vez que Hitler rechazó comportarse como un político.

     Hitler nunca se comprometió en cuanto a los principios básicos. Él asumió posiciones peligrosamente impopulares. Rechazó suavizar el mensaje del Partido para apelar a gente melindrosa y tibia. Él no era un demagogo: "Un demagogo le dice a su audiencia lo que ella quiere escuchar. Un mesías le dice a su audiencia lo que él quiere que se escuche" (p. 248). Hitler nunca se preocupó de que sus opiniones radicales lo "desacreditarían" ante los ojos del público, cuyas mentes de todos modos estaban en su mayoría en las garras de los enemigos de Hitler. En lugar de ello, Hitler estaba supremamente confiado en su habilidad para prestar crédito a sus ideas por medio de la razón y la retórica. Él quería elevar la opinión pública hacia la verdad más bien que condescender para adular la ignorancia y la estupidez.

     Hitler también rechazó entrar en frentes comunes con partidos enemigos, especialmente con los socialdemócratas, incluso cuando ellos asumían posturas patrióticas.

     Hitler era, además, completamente incorruptible. Él rechazó hacer promesas especiales a los hombres de negocios y otros grupos de interés. Él simplemente les entregaba la plataforma del Partido. Al final, a él se le ofreció la Cancillería simplemente porque sus oponentes sabían que él no podía ser comprado con nada menor.

     Los revolucionarios tratan con problemas fundamentales de principios, que es por lo cual ellos procuran derrocar los sistemas existentes y comenzar de nuevo. Hitler fue, por supuesto, un revolucionario político. Pero él era algo más. Él se veía a sí mismo como el exponente de toda una filosofía de vida, no sólo de una filosofía política. Él puso a la política en una perspectiva biológica e histórica mayor: la lucha del hombre ario contra la Judería y sus extendidos fenotipos el comunismo y el capitalismo anglo-sajón. Él creía que los riesgos eran globales: nada menos que la supervivencia de toda la vida en la Tierra estaba en peligro. Y habiendo sobrevivido milagrosamente a cuatro años de masacre y a dos serias heridas en las trincheras de la Primera Guerra Mundial —incluyendo una experiencia que sólo puede ser descrita como sobrenatural (p. 95)— Hitler creía que él contaba con una protección especial de la Providencia.

     Hitler tuvo un gran número de modelos heroicos a seguir. Cuando niño él se sintió transportado por los mitos y sagas germánicos. Cuando adolescente, él se sintió identificado con el héroe de la ópera Rienzi de Wagner, basada en la historia de Cola di Rienzi, el dictador popular del siglo XIV que buscaba restaurar Roma a su gloria imperial pero que fue impedido por las traiciones de la aristocracia y la Iglesia y finalmente asesinado. Hitler profetizó que él llegaría a ser un tribuno del pueblo que ascendería y caería como Rienzi, y así lo hizo. Hitler también se identificó con Sigfried y Lohengrin de Wagner. Aunque el propio Hitler hizo poco uso de la Biblia, su carrera posterior como profeta armado trae a la mente los profetas y legisladores hebreos también. La analogía de Stolfi entre Hitler y Mahoma es bastante pertinente y reveladora.


Salvador de Alemania, y de Europa

     Hitler, sin embargo, aparentemente no se veía a sí mismo como una figura mesiánica, sino más como Juan el Bautista, preparando el camino para alguien más grande que él. Pero, como Stolfi documenta, muchos de los seguidores más cercanos de Hitler —todos ellos hombres inteligentes, que iban desde místicos como Hess a cínicos consumados como Goebbels— así como también algunos de sus enemigos más imparciales, realmente lo veían como una figura mesiánica, y al final, él se vio forzado a asumir ese rol.

     Leer a Stolfi hace que la tesis de Savitri Devi planteada en The Lightning and the Sun de que Hitler era un avatara del dios Vishnú parezca menos excéntrica. (Savitri no originó esa tesis. Ésa era una opinión que ella encontró ampliamente entre hindúes educados en los años '30). Había algo mesiánico en el aura y las acciones de Hitler, y la gente alrededor del mundo entendió aquello en términos de sus propias tradiciones culturales.

     Stolfi no lo menciona, pero hay un sentido en el cual Hitler fue el salvador de Alemania y de toda Europa Occidental, aunque sus logros se quedaron cortos con respecto a sus ambiciones, consumieron su vida y devastaron a su nación. Cuando Hitler lanzó la Operación Barbarroja en 1941, los soviéticos estaban dispuestos a lanzar una invasión masiva contra toda Europa Central y Occidental. Hitler previno aquella invasión, y aunque él no consiguió destruír a la URSS, siendo en vez de ello destruído el Tercer Reich, y Stalin conquistó la mitad de Europa, el resultado habría sido mucho peor si Stalin hubiera sido capaz de lanzar su invasión. Stalin pudo haber conquistado toda Europa. A lo mejor él podría haber sido rechazado después de una inimaginable devastación y derramamiento de sangre. Así, cada europeo occidental que ha vivido libre de miseria y terror desde 1941 tiene una deuda de gratitud con Adolf Hitler, el pueblo alemán y sus aliados del Eje.

     (Vea en este sitio, de Daniel Michaels, el artículo "Exposing Stalin’s Plan to Conquer Europe" [1], y la reseña hecha por National Vanguard del libro Icebreaker de Viktor Suvorov [2]. Para una literatura más reciente sobre este asunto, vea la declaración definitiva de Viktor Suvorov acerca de su investigación, que ha sido publicada como "The Chief Culprit: Stalin’s Grand Design to Start World War II", Maryland, 2008, y de Joachim Hoffmann, "Stalin’s War of Extermination, 1941-1945: Planning, Realization and Documentation", Alabama, 2001).

[1] http://www.counter-currents.com/2011/04/exposing-stalins-plan-to-conquer-europe/
[2] http://www.counter-currents.com/2013/04/viktor-suvorovs-icebreaker/


La Cuestión del Mal

     En el clima de relativismo y pudrición moral de hoy, Adolf Hitler es probablemente el único ser humano que incluso los liberales denunciarán como malvado. Hitler es el paradigma y la encarnación del mal en el mundo moderno. Pero, por supuesto, otra gente puede ser mala si ellos son "como Hitler". Por lo tanto la tesis más radical del libro de Stolfi es que Hitler no era malo.

     Hay muchas dimensiones en este argumento.

(1) Stolfi señala que no hay evidencia de que Hitler tuviera rasgos de personalidad psicopática o sociopática durante su niñez. Él no torturó animales ni robó, por ejemplo. Él era educado, serio y reservado.

(2) Stolfi también señala que Hitler no fue motivado primariamente por el odio o el resentimiento. Él llegó a sus dos grandes enemistades, a saber, la judería y el bolchevismo, en base a su experiencia personal, los acontecimientos de su época y una exhaustiva investigación. Pero cuando él se convenció racionalmente de la enormidad de aquéllos, él naturalmente los odió con una magnitud e intensidad apropiadas. Como escribe Stolfi, "Es difícil imaginar a Hitler como un mesías u otra cosa y no odiando al enemigo. Jesús el Cristo o Mahoma el profeta ¿odiaban a Satán o simplemente lo desaprobaban?" (p. 233).

(3) Llamar a Hitler "malvado", al igual que llamarlo "loco", es mentalmente flojo, porque eso nos evita tratar de entender las razones de las acciones de Hitler, su procesos de pensamiento y los acontecimientos objetivos que lo impulsaron a actuar. Hitler tenía sus razones.

(4) Stolfi argumenta que el carácter, los objetivos y las acciones de Hitler no eran malvadas. Hitler hizo lo que pensaba que era correcto, y él era lo suficientemente duro para derramar océanos de sangre si pensaba que eso era necesario para promover el bien mayor. Por cierto, un socrático afirmaría que ésa es una afirmación vacía, ya que nadie hace el mal como tal sino sólo so pretexto de un supuesto bien. Lo malo de una acción está en su resultado, no en su motivo. Todos nosotros "tenemos buenas intenciones".

(5) Stolfi insinúa que Hitler puede haber estado, en cierto sentido, más allá del bien y el mal, porque su objetivo era nada menos que la creación de un orden nuevo, incluyendo un nuevo orden moral, y se plantea la cuestión de someter a tales hombres a las leyes morales que ellos tratan de derrocar. Esto nos lleva de nuevo a la tesis de Stolfi de que Hitler tiene que ser visto más como una figura religiosa que política, y hacia su tercera mayor tesis, de que Hitler fue un individuo histórico mundial.

     Stolfi aquí trata con diversos episodios de la vida de Hitler que son aducidos como evidencia del mal. Stolfi argumenta que algunos de esos actos no son malos en absoluto, y que otros fueron males necesarios o mitigados.

     Y él afirma que incluso otros no fueron más malvados que las acciones de otros grandes hombres de la Historia quienes, sin embargo, lograron recibir un tratamiento respetuoso de parte de los biógrafos. Finalmente, Stolfi argumenta que todos esos actos, incluso los malvados, no necesariamente hacen de Hitler una persona mala, puesto que incluso los hombres buenos pueden cometer actos horribles si ellos creen que son necesarios para promover un bien mayor.

(1) Stolfi argumenta que el Putsch de la Cervecería intentado por Hitler y otras violaciones de las leyes de la República de Weimar están de alguna manera suavizados por el hecho de que él creía que la República de Weimar era un régimen ilegítimo y criminal. Los tempranos intentos de Hitler de desafiarla y reemplazarla no son, por lo tanto, "malvados", a menos que todos los actos de desobediencia y revolución contra los gobiernos como tales sean malvados. En cualquier caso, después de su liberación de prisión, Hitler adoptó una política de estricta legalidad: el persiguió la Cancillería a través de las políticas electorales, y él ganó.

(2) Stolfi argumenta que la creación de las Sturm Abteilungen (SA, Tropas de Asalto) no fue motivada por el deseo de intimidar violentamente a los oponentes políticos y tomar el poder. En vez de ello, las SA fueron formadas en defensa propia contra organizados esfuerzos comunistas para intimidar violentamente a los oponentes políticos y tomar el poder, violencia que había suprimido efectivamente la capacidad de reunirse de todos los partidos de Derecha. Las SA no aseguraron solamente la libertad del NSDAP para reunirse y organizarse, sino que acabaron con el terror Rojo y restauraron la libertad política para todos los partidos.

(3) Stolfi argumenta que la purga de Ernst Röhm y otros fue necesaria porque había una amplia evidencia de que Röhm estaba planeando un golpe, y, verdadero o no, Hindenburg, los líderes del ejército y los lugartenientes superiores de Hitler creían todos que eso era verdad. Hindenburg amenazó con declarar la ley marcial y hacer que el ejército tratara con Röhm si Hitler no podía. Hitler tuvo que actuar, porque si no lo hubiera hecho, habría sido efectivamente depuesto, porque, para Hindenburg y el ejército, habría renunciado a la función soberana antes que decidir actuar por el bien del pueblo. Incluso así, Hitler lo retrasó hasta el último momento posible.

     Stolfi afirma que la muerte de Röhm fue una especie de apoteosis para Hitler. "Hacia Junio de 1934 Hitler estaba dispuesto a pasar, más allá de la amistad con cualquier hombre, hacia el reino del líder solitario y distante. Pero Hitler nunca podría pasar hacia ese reino con Röhm vivo y sirviéndole como un recordatorio de la propia mortalidad histórica de Hitler. Röhm tenía que morir, y Hitler tuvo que matarlo" (p. 306). Pero ése no fue, por supuesto, el motivo de Hitler para matarlo.

     En último término, Stolfi considera que la muerte de Röhm fue políticamente necesaria y moralmente justificable. Él no la describe como un asesinato frío y premeditado sino como un "crimen de pasión" de un hombre enfrentado con la traición de un confidente jurado (p. 309). Por supuesto, la purga de Röhm fue la ocasión para arreglar otras viejas cuentas, lo cual complica considerablemente la descripción moral de Stolfi.

(4) Stolfi evidentemente piensa que no hubo nada malo en la asunción por parte de Hitler de poderes dictatoriales —gracias a una estipulación de la Constitución de Weimar— o en la supresión que hizo de un movimiento político tan destructivo e implacable como el marxismo. Stolfi también elogia la relativa falta de derramamiento de sangre que fue la revolución legal de Hitler.

(5) En cuanto a los campos de concentración hacia los cuales Hitler llevó a los líderes de los partidos marxistas y otros grupos subversivos: en 1935, cuando la población alemana estaba en 65 millones, los prisioneros en los campos de concentración eran 3.500, la mayoría de ellos comunistas y socialdemócratas. El sistema de campos y su mandato fue expandido para albergar gente en custodia preventiva por ser problemas sociales, incluyendo mendigos, borrachos, homosexuales (el homosexualismo fue criminalizado durante el Segundo Reich, permaneció criminalizado bajo la República de Weimar, y era criminalizado en las democracias liberales también), gitanos y criminales habituales. Hacia 1939 había alrededor de 10 campos con 25.000 internos en un país de 80 millones de personas. Eso no parece tan malo como fue exagerado que fue. Además, puesto que Himmler y Heydrich ciertamente no carecían de celo persecutorio y capacidades organizativas, podemos concluír que el sistema de campos fue exactamente tan grande cómo se pensó que debería ser.

     Para dar algún contexto, de acuerdo a Wikipedia —donde las estadísticas sobre las atrocidades soviéticas tienden a ser a la baja debido a la vigilancia marxista— en Marzo de 1940 el Gulag soviético comprendía 53 campos separados y 423 colonias de trabajo en los cuales estaba internado aproximadamente 1,3 millón de personas, de una población de 170 millones. Cualquiera fuese el verdadero tamaño, era tan grande como Stalin quería que fuera.

     Aunque no he podido encontrar registros de similares formas de internamiento en las democracias liberales para los disidentes políticos y problemáticos sociales, ellas seguramente tuvieron lugar. Pero incluso en ausencia de esas cifras, parece claro que los campos de Hitler eran mucho más similares a las prisiones de las democracias liberales que al Gulag soviético, con el cual son siempre comparados.

     Por supuesto, ésas eran las cifras en tiempos de paz. Bajo las exigencias de la guerra, el sistema de campos de Hitler se expandió dramáticamente para albergar poblaciones hostiles, prisioneros de guerra y trabajadores conscriptos, lo cual es otro tema.

(6) El anti-judaísmo de Hitler es a menudo presentado como evidencia del mal. Hitler mismo pensaba que ciertas formas de anti-judaísmo eran repugnantes, si no derechamente malvadas: el anti-judaísmo religioso, el anti-judaísmo basado en el resentimiento, la sórdida victimización populista de los judíos, etc. Su repugnancia por tales fenómenos lo predispuso contra el anti-judaísmo como tal. Pero sus experiencias personales en Viena, combinado con serias lecturas, eventualmente lo llevaron a un anti-judaísmo desapasionado, científicamente basado e históricamente informado.

     Cuando Hitler tomó el poder, Alemania tenía una población judía relativamente pequeña. La política básica de él fue impedir cualquier mezcla genética posterior entre alemanes y judíos, remover a los judíos de posiciones de poder e influencia, y animar a los judíos a emigrar. Hacia el inicio de la guerra con Polonia, la población judía de Alemania había sido dramáticamente reducida. Pero debido a las ganancias de la guerra que consiguió Hitler, millones de nuevos judíos cayeron bajo su mano. Stolfi es moderadamente cauteloso al enjuiciar la política de Hitler hacia los judíos en tiempos de paz. Pero podemos decir con seguridad que aquélla no fue más malvada que, por ejemplo, el tratamiento británico de los no combatientes Boers o el trato de los estadounidenses a los indios de las llanuras.

(7) En cuanto a los logros en política exterior de Hitler como Canciller —incluyendo el rearme, la salida de la Liga de las Naciones, la remilitarización del Rhineland, la anexión de los Sudetes y Austria, la anexión de Bohemia y la guerra con Polonia— escribe Stolfi, "cada crisis internacional que involucró a Hitler en los años '30 derivó de una iniquidad por parte de los Aliados en la Conferencia de Paz de Paris de 1919" (p. 316). De acuerdo con Stolfi, en todas esas crisis la moralidad estuvo del lado de Hitler, y él lo elogia por conducirlas con moderación y con una relativa carencia de derramamiento de sangre, al menos hasta la guerra con Polonia.

     Aquellos hechos fueron difícilmente las indignantes e insoportables provocaciones morales de que habló la propaganda Aliada que justificaron que Gran Bretaña y Francia comenzaran una Guerra Mundial, porque Hitler, habiendo agotado las negociaciones diplomáticas, comenzó una guerra con Polonia para recuperar tierras y pueblos alemanes sometidos a una horrible opresión polaca. Los británicos y los franceses simplemente no pudieron comprender que, en palabras de Stolfi, "una personalidad histórico-mundial hubiera marchado, indignada, desde el desierto de los destrozados campos de Flandes, y los antiguos Aliados no tenían siquiera la superioridad moral para defenderse de él" (p. 317).

(8) Stolfi interpreta la Operación Barbarroja contra la URSS como una guerra colonial de conquista, así como una cruzada para liberar a Europa del azote del bolchevismo. Desde una perspectiva etno-nacionalista, por supuesto, el objetivo de Hitler de reducir a los eslavos a la condición de pueblos colonizados fue malvado. Además, fue más malvado que el imperialismo británico, francés, español, portugués, belga, estadounidense y ruso dirigido contra pueblos no-europeos, porque siempre es peor maltratar a la propia sangre que a la de extraños. Pero aquello ciertamente no fue singularmente malvado en los anales de la historia humana. Si Genghis Jan y Timur el Cojo (Tamerlán) pueden ser sujetos de evaluaciones históricas objetivas, entonces la Operación Barbarroja no descalifica a Hitler.


     Stolfi no trata a la Operación Barbarroja como una guerra necesaria para prevenir la planeada invasión de Europa por parte de Stalin. Yo quería preguntarle a Stolfi acerca de sus pensamientos sobre la tesis defendida por Viktor Suvorov y Joachim Hoffmann en una entrevista, pero eso no fue posible. Si ellos están en lo correcto, por supuesto, no hubo maldad en absoluto en lanzar la Operación Barbarroja, aunque uno pueda justamente criticar los excesos de su ejecución.

(9) De acuerdo con Stolfi, los hechos más oscuros de Hitler son la masacre de 3,1 millones de prisioneros de guerra soviéticos capturados durante los primeros meses de la Operación Barbarroja, y el asesinato de 4,5 millones de judíos en lo que es conocido como el "Holocausto". Stolfi es ciertamente un revisionista de Hitler, pero no sé si él es un revisionista del "Holocausto" o no, debido a que no estoy seguro de si es legal para él pensar que "sólo" 4,5 millones de judíos fueron asesinados por el Tercer Reich. Yo ni siquiera había escuchado hablar de los 3,1 millones de prisioneros de guerra soviéticos, los que Stolfi menciona al pasar sólo un par de veces. Pero por supuesto he escuchado hablar sobre el "Holocausto", al cual Stolfi le dedica los últimos dos párrafos del libro (pp. 461-462). Tan breve tratamiento puede en sí mismo constituír revisionismo, al menos en Francia, donde Jean-Marie Le Pen fue multado por decir que el "Holocausto" fue sólo una nota a pie de página de la Segunda Guerra Mundial. Dado que algunas notas a pie de página son más extensas que los párrafos en cuestión, Stolfi puede haberse metido en problemas en la tierra de la Liberté. El tratamiento de Stolfi, sin embargo, es un bienvenido correctivo a la tendencia judía a tratar la Segunda Guerra Mundial como simplemente el telón de fondo del "Holocausto".

     Por supuesto, así como Hitler es el paradigma de un hombre malo en nuestra época, el "Holocausto" es el paradigma de un evento malvado. Stolfi no discute que la masacre de 7,6 millones de personas sea mala, pero él no cree que ello sea singularmente malo durante la Segunda Guerra Mundial o en los anales de la Historia en general. Wiston Churchill, por ejemplo, fue responsable de la muerte por hambre de millones de indios cuyo alimento fue incautado para el esfuerzo de guerra. Él fue responsable de la muerte de cientos de miles de alemanes no-combatientes por medio de los bombardeos de terror estratégicamente innecesarios de ciudades alemanas. Él fue responsable de la expulsión de 14 millones de alemanes desde sus hogares en Europa del Este y Central, de los cuales murieron hasta dos millones. ¿Fue malo Churchill? Sus apologistas, por supuesto, argumentarán que sus acciones fueron requeridas por las exigencias de la guerra y por la búsqueda de un bien superior. Pero los apologistas de Hitler, si hubiera alguno, podrían argumentar lo mismo y terminar con eso. Si Churchill, Lenin, Trotsky, Stalin, Mao, Pol Pot, Julio César y otros miembros del club de Asesinos de Millones pueden recibir un trato justo en una biografía, entonces ¿por qué no Hitler?.

     Stolfi compara el "Holocausto" a la conquista de las Galias por Julio César, que duró diez años, en la cual mató a más de un millón de hombres armados y redujo a otro millón a la esclavitud. Un millón de civiles no-combatientes también fueron asesinados o reducidos a la esclavitud. Algunas tribus particularmente problemáticas fueron enteramente exterminadas porque ellas eran "irreconciliables, amenazantes e inútiles como esclavos o como aliados" (p. 38). Stolfi señala, sin embargo, que los actos de César "revelaron una dureza de una proporción casi increíble", pero sus hechos estuvieron "basados en el realismo y la prudencia frente a un peligro detectado, y escasamente en el sadismo y la crueldad" (p. 38). Del mismo modo, Stolfi argumenta que "Hitler emprendió la acción de una masacre inmisericorde como un último recurso frente a un percibido enemigo irreconciliable" y sus acciones "no mostraron prácticamente nada que pudiera ser interpretado como sadismo, crueldad u odio inveterado en oposición a una furia pasajera al llevar a cabo la acción" (p. 39).

     Las masacres de Hitler, por más terribles que hayan sido, no prueban que él haya sido un hombre malvado, ya que incluso los hombres buenos pueden recurrir a tales medidas en sus más extremos apuros. Además, incluso si ellas fueron expresiones de maldad, no fueron expresiones únicas de una maldad única sino algo muy común en los anales de la Historia. Pero, nuevamente, sólo en el caso de Hitler ellas son tratadas como objeciones insuperables para un tratamiento histórico serio.

     En suma, Stolfi argumenta que Hitler no puede ser visto como malvado si eso significa que él estaba motivado por el sadismo, la psicopatía, el odio o una necesidad neurótica de poder y atención. En vez de ello, Hitler estuvo motivado, antes que nada, por el amor a su pueblo, más allá del cual estaban las preocupaciones más amplias pero menos apremiantes por la raza aria, la civilización europea y el bienestar del mundo como un todo. Debido a que Hitler creía que las cosas que él amaba estaban amenazadas por la judería, el bolchevismo y el capitalismo anglo-sajón, él combatió a éstos. Y cuando la pelea se convirtió en una conflagración mundial, él los combatió con dureza y severidad. Pero su carácter esencialmente decente y sus objetivos positivos permanecieron inalterables. De esta manera, para Stolfi Hitler era un hombre bueno que hizo algunas cosas malas así como cosas buenas, un hombre bueno que tomó muchas buenas decisiones y que cometió algunos errores catastróficos.


Una Oscura Personalidad Histórica Mundial

     Pero existe un sentido en el cual Stolfi piensa que Hitler está más allá de las mismas categorías de bien y mal, al menos en lo que se refiere a los historiadores. Stolfi argumenta que Hitler fue un gran hombre, al igual que grandes conquistadores tales como Alejandro Magno, Julio César, Mahoma y Napoleón. (Stolfi hace escasa mención de los profetas desarmados, como el Buda o Jesús). De acuerdo a Stolfi, si uno congelara la vida de Hitler al final de 1942, él tendría que ser considerado como uno de los estadistas y conquistadores más grandes de la Historia. E incluso si uno desarrolla la película hasta el final, Stolfi argumenta que los Aliados no ganaron la Segunda Guerra Mundial tanto como Hitler la perdió, lo cual en sí mismo enfatiza su grandeza y la relativa nulidad de sus oponentes.

     En efecto, Stolfi argumenta que Hitler era más que sólo un gran hombre, siendo uno de los "individuos histórico-mundiales" de que habló Hegel, que inauguran una nueva etapa en la historia humana y que no pueden ser juzgados o comprendidos por los estándares de la etapa anterior. Stolfi, al parecer, separa ese concepto de la visión general de Hegel, de que los individuos histórico-mundiales hacen avanzar la Historia hacia el objetivo providencial de libertad universal, una meta que Hitler, por supuesto, rechazó en favor del particularismo de la raza y la nación. Tristemente, sin embargo, Hitler puede haber hecho avanzar la agenda universalista con su derrota, aunque sin intención de su parte.

     Pero, como otra figura profética dijo una vez de la Segunda Guerra Mundial, "la guerra no se ha acabado, en lo que a mí concierne", significando que la Historia aún se está desplegando, incluyendo las consecuencias de las acciones de Hitler. Entonces queda por ver si Hitler contribuirá a la victoria o a la derrota del universalismo. Si el nacionalismo racial —del cual Hitler es una parte inexpugnable— derrota la tendencia hacia una sociedad global homogénea, entonces Hitler sería una figura histórica mundial de un orden enteramente nuevo, no un agente del "progreso" sino de su acabamiento, el hombre que acabó con el "fin de la Historia" y que comenzó el mundo de nuevo, el hombre que tomó la línea ascendente del progreso y la inscribió dentro de una visión cíclica de la Historia, ya sea interpretada en el ampliamente variable sentido tradicionalista o en el sentido spengleriano.

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     "Hitler: Beyond Evil and Tyranny" es un libro notable que recomiendo a todos mis lectores. Se trata de un audaz proyecto ejecutado con claridad y una disposición sobria. A veces Stolfi parece ir un poco lejos, quizá sólo para probar sus habilidades dialécticas. Por ejemplo, él incluso defiende a Hitler como pintor. Él hace un trabajo sorprendentemente bueno, pero, con todo, no me moveré de mi convicción de que Wiston Churchill era superior a Hitler en ese aspecto, y sólo en ése.

     Este libro es aún más notable porque es la obra de un historiador militar de la corriente principal. Esperemos que limpie el camino para otros estudios genuinamente históricos de Hitler y el Tercer Reich. Eso realmente es un desarrollo inevitable a medida que las generaciones que vivieron la guerra van muriendo. Además, ahora estamos viviendo en un mundo multipolar con nuevas potencias emergentes —China, India— que están libres de la hegemonía cultural y política judía, y hambrientas de una genuina comprensión de Hitler y la Segunda Guerra Mundial.

     El Nacionalismo Blanco, por supuesto, aún sería verdadero y bueno incluso si Hitler fuera completamente el monstruo y el tirano que sus enemigos dicen que fue. Pero los Nacionalistas Blancos deberían, a pesar de todo, recibir bien el libro de Stolfi porque reducir la nube de histeria moral y denigración que rodea a Hitler de algún modo disminuye los impedimentos por encima de los cuales tenemos que pasar. Stolfi suaviza algo de la agudeza de la inevitable acusación de que somos "tal como Hitler", la cual, resulta, es un inmerecido cumplido.




1 comentario:

  1. Como muy bien dice el artículo, la guerra no acabó en el 45, sino que continúa aun. Se enfrentaron dos modelos muy diferentes de ver el mundo, y venció la que menos nos favorecía a medio plazo, como estamos comprobando. Hitler tenia razon, siempre la tuvo, y cada dia son más las personas que estudian su figura y su acertado pensamiento. Fue un visionario.

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