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martes, 4 de abril de 2017

Alexander Jacob - De Razas, Espíritu y Democracia



     El escritor en lengua inglesa nacido en India Alexander Jacob (1954) publicó en 2001 su obra "Nobilitas: Un Estudio de la Filosofía Aristocrática Europea desde la Antigua Grecia hasta Principios del Siglo Veinte", traducida al castellano en 2003 por Joaquín Bochaca, un análisis de filosofía política sobre los argumentos filosóficos del gobierno monárquico y aristocrático. De dicha versión castellana presentamos aquí sus dos capítulos anexos finales junto con el epílogo del libro, que hablan acerca de las razas y sus capacidades espirituales, y de los defectos espirituales de la democracia, además de una recapitulación sintética del libro entero, todo interesante para quienes comparten dicha visión.




RAZA Y CAPACIDAD ESPIRITUAL


     Habiendo revisado las teorías de los elitistas raciales en el precedente capítulo VIII, sería adecuado ahora tratar brevemente la cuestión de las diferencias espirituales entre los indoeuropeos y las otras razas. Debería tenerse en cuenta, de entrada, que, independientemente de cuáles pudieran ser las opiniones populares a este respecto, la superioridad del indoeuropeo no es una mera fantasía romántica sino un hecho confirmado por el desarrollo filosófico y cultural de la Humanidad. El filósofo alemán Carl Gustav Carus (1789-1869) fue uno de los primeros, después de Gobineau, en establecer las razones filosóficas para la discriminación intelectual entre las razas [1].

[1] Cf. A. Jacob, De Naturae Natura. Un Estudio de los Conceptos Idealistas de la Naturaleza y el Inconsciente, Stuttgart, 1992, para un más detallado estudio de la filosofía natural de Carus y muchos de los otros pensadores mencionados en el presente estudio.

     En su obra Über ungleiche Befähigung der verschiedenen Menchsheitstämme für höhere Geistesentwicklung (Sobre la Desigual Capacidad de los Distintos Linajes Humanos para un Desarrollo Intelectual Superior) demuestra que las diferencias físicas de los mongoles y los negros con los caucasoides son indicativas de diferencias vitales y también de sus capacidades intelectuales. De manera que la completa inervación del espíritu en el ser humano y el consiguiente auto-conocimiento del hombre sólo se halla presente en la raza últimamente citada [2].

[2] C. G. Carus, Über ungleiche Befähigung der Verschiedenen Menchsheitstämme für hohere Geistesentwicklung, Leipzig, 1849.

     Como hay una secreta interacción entre la fuerza vital, o psique, y el mundo físico, no puede sorprender que la parte más desarrollada de éste, es decir, los seres humanos, revelen las ideas que informan su carácter individual en muy evidentes aspectos físicos. Porque, según Carus, "el cuerpo es tan sólo la apariencia de la misma alma" (Psique, Ed. Ludwig Klages, Jena, 1926, p. 37). La fisonomía, pues, es un claro índice del carácter, y Carus dedicó muchos esfuerzos a pormenorizar los tipos de carácter manifiestos en las variaciones personales y raciales. Estudió cuidadosamente la estructura ósea de los hombres y llegó a un diagrama de tipos característicos [3].

[3] Véase Carus, Proportionslehre der Menschlichen Gestalt, Leipzig, 1954. Die Symbolik der Menschlichen Gestalt, Leipzig.

     Las diferencias entre tipos raciales son igualmente importantes. Basando su clasificación, hasta cierto punto, en la del científico estadounidense Morton, Carus dividió a la Humanidad en cuatro grupos, los Nachtvölker (pueblos de la noche), o negros; los Tagvölker (pueblos del día) o indoeuropeos; los Dämmerungsvölker (pueblos del crepúsculo) orientales y occidentales, y los mongoles y los amerindios, cuya división relacionaba con las fases del Sol. Las mediciones craneométricas muestran un predominio de la parte frontal de la cabeza en los Tagvölker y de la parte trasera en los Nachtvölker. De hecho, los Tagvölker y los Nachtvölker representan tipos diametralmente opuestos, mientras que los Dämmerungsvölker occidentales y orientales se acercan a los primeros y a los últimos, respectivamente (Proportionslehre, p. 15).

     El Estado y la cultura más elevados sólo lo consiguen los Tagvölker, mientras que los Nachtvölker están destinados a la esclavitud debido a sus limitaciones en hablar y escribir. Los Dämmerungsvölker occidentales consiguieron, en las culturas inca-peruana y azteca-mejicana, producir un sistema bien desarrollado de astronomía, historia y mitología. Pero su lenguaje era limitado y "no consiguieron alcanzar los objetivos de un desarrollo realmente más hermoso y duradero", que estaba reservado a los Tagvölker (Über ungleiche Befähigung, cap. 2, p. 48).

     En cuanto a los Dämmerungsvölker orientales, Carus admite que demostraron evidencias de inteligencia en el extraordinario artificio de su escritura, y en el desarrollo de la literatura, la astronomía y el arte dos mil años antes que los europeos. Pero, a pesar de esa cultura, en los chinos hay una carencia de ideas elevadas de belleza y veracidad. Su arte carece de la "luz de la alta belleza", de manera que:

     «Esta [profunda veneración del inconsciente divino de cada formación orgánica pura y perfecta en general, pero de lo humano en particular], que hallamos en las primeras irradiaciones de los Tagvölker en el Indostán, degenera hasta el extremo de titubear en hacer daño a un ser vivo o matarlo, e incluso en comer carne... esto, en el caso de los chinos es inconcebible» (Ibid. cap. 3, p. 70).

     La fundamental inervación del espíritu por el cual se alcanza el mismo Yo divino está, pues, ausente en las otras razas. De los Tagvölker, los hindúes representan la búsqueda de la verdad en el más perfecto grado, mientras que los egipcios y los griegos representan la realización de la belleza y, finalmente, en la Ley de los hebreos y en la religión de Cristo, el amor [4]. Después de la venida de Cristo, el papel de los hebreos disminuyó considerablemente a causa de su dispersión y, aunque hay aún entre ellos individuos que se dedican a la búsqueda de la belleza y de la verdad, en general "la mayoría del pueblo se manifiesta por unas convicciones más limitadas y una más general orientación hacia las ganancias materiales" (Ibid. cap. 4, p. 93).

[4] Es interesante constatar que Carus, como Nietzsche, consideraba a Cristo como judío, mientras que otros pensadores racistas, como Chamberlain, rehúsan creer que Cristo pudiera haber sido judío.

     En general, la historia cultural de las religiones monoteístas, es decir, semíticas, refleja la ruptura entre la vida racional y la vitalista del pueblo. En contraste, la mitología griega exhibe un saludable respeto por las fuerzas de la Naturaleza:

     «Aquí (en la mitología griega) no se intenta, de ningún modo, forzar el único superior e inconmensurable misterio en una concepción concreta, en una persona representada de alguna forma; sin embargo, sus representaciones de los dioses son tan sólo una personificación de fenómenos naturales individuales; se trata siempre de un culto a la Naturaleza en sí misma, salvo que las expresiones individuales del inconsciente en la Naturaleza sean elevadas hacia lo consciente de alguna manera que la historia de los hombres les es recordada poéticamente, como la que en el desarrollo de su alma, experimenta en sí misma, cada vez, el progreso del inconsciente al consciente y teniendo lugar así solamente la elevación del inconsciente al consciente individual; pero nunca la inadmisible tentativa de forzar el misterio superior único y eterno en la forma limitada de un tipo de conciencia humana, un error del que las religiones monoteístas raramente se han librado» (Psique, p. 246 y ss.).

     Así, aunque Carus también enfatiza la importancia de la Historia en el posterior desarrollo consciente de un Estado, la tarea primordial del estadista consiste en apelar a la vida inconsciente de su pueblo (Ibid. p. 489). La más completa organización de la Humanidad, según Carus, es posible únicamente en la forma del Estado, ya que tan sólo como una "pluralidad" puede esa Humanidad alcanzar un más elevado desarrollo espiritual. Pero Carus no se refería al Estado en el sentido moderno, que se divorcia a sí mismo de la vida instintiva de su pueblo, sino a uno realmente vital:

     «Así quedará claro, al mismo tiempo, cuánta razón tiene un líder (la vida auto-consciente del Estado) de mantener enérgicamente su visión de la vida inconsciente del pueblo y, de hecho, cómo toda la habilidad del estadista puede ser llevada a cabo con éxito sólo mediante la correcta observación de aquélla» (Naturaleza e Idea, Viena, 1861, Hildesheim, 1975, p. 476).

     La decisiva carencia de poder mitológico en la mentalidad semítica, así como su falta de vitalidad metafísica, es reiterada y desarrollada en las obras de Houston Stewart Chamberlain. En su consideración de la primitiva historia de los judíos en Caldea, Chamberlain afirma que los judíos han sido claramente culpables de debilitar cada mito simbólico que recibieron de los sumerios, entre los cuales vivieron, al superficial progreso de una narrativa histórica. Chamberlain da como ejemplo de las limitaciones de la mentalidad judía el tratamiento de los mitos simbólicos de la creación del pueblo sumerio como una simple historia en la Biblia:

     «Las ideas fantásticamente científicas del Génesis referentes al origen del mundo orgánico, el profundo mito de la caída del hombre, la teoría del desarrollo del hombre hasta la primera organización de la sociedad [que fue originalmente "la mítica y simbólica concepción de un pueblo imaginativo, probablemente los sumero-acadios"], todo eso se convirtió en "historia" [en manos de los judíos] y, a partir de ahí, perdió al mismo tiempo toda significación como mito religioso; porque el mito es elástico, inagotable, mientras que aquí se nos presenta una simple crónica de hechos, una enumeración de acontecimientos. Esto es materialización... con esta visión de la religión sólo se persiguen objetivos prácticos, no ideales» (Los Fundamentos del Siglo XIX, Londres, 1911, I, cap. 5, Digresión sobre la Religión Semítica).

     La diferencia entre el concepto indoeuropeo y el concepto judío de Dios es indicativo de la diferencia entre las dos razas. Las ideas raciales de H. S. Chamberlain se basan ciertamente en una filosofía idealista trascendental que considera a la Divinidad como estando totalmente más allá del alcance de la consciencia empíricamente orientada. Chamberlain se refiere al antiguo concepto hindú de la Divinidad como el más puro en la historia del hombre, ya que representa lo trascendental de una manera perfecta:

     «Tan pronto como [los antiguos brahmanes] alcanzaron las formas originales del pensamiento, las aprehendieron con un fervor que obra casi cruelmente en el sentido de que un exceso de voluntad enturbia siempre la pureza del conocimiento. No obstante, consiguieron —precisamente en el exceso de su anhelado deseo— realizar algo único y eterno: la comprensión, concepción y creación de las dos formas de pensamiento, hombre y Dios, y ciertamente al mismo tiempo, como concepciones perfectamente abstractas y como tales experiencias vivas que determinan la dirección y el contenido de todo el Ser» (Ibid. p. 206 y ss.).

     En contraste, la religión judía ha sido desde el principio un sistema de leyes, y no reveló ni una huella de comprensión metafísica: "Donde la voluntad ha esclavizado la comprensión inquisitiva no puede haber más concepción de la vida que la materialista" (Fundamentos, loc. cit.). Él contrapone la idea puramente metafísica de la Divinidad en los Upanishads con la forma histórica del Yahvé judío:

     «Yahvé no es, en realidad, nada más que un viejo judío, provisto de una enorme fuerza de voluntad y buenos dones intelectuales, pero colérico y vengativo y carente, en muchos aspectos, de los más simples conceptos morales: permite todas las imposturas, todos los pillajes y matanzas mientras sean útiles a su pequeño pueblo elegido o a alguno de sus especiales favoritos; no tiene ningún sentimiento de innato valor humano y de mérito congénito. En el caso de Yahvé viene espontáneamente a la mente el Zahme Xenie (Parte 4) de Goethe: "Tal como uno es, así es su dios. / Por eso Dios ha sido ridiculizado tan a menudo"» (Hombre y Dios, p. 29 y ss.).

     La diferencia entre el indoeuropeo y el judío es, pues, una diferencia de carácter, estando este último totalmente carente de todo sentimiento verdaderamente religioso. La más relevante característica del judío es "la absoluta falta de cualquier emoción metafísica, de cualquier capacidad filosófica... Es, por consiguiente, una cuestión de experiencia extrínseca, no intrínseca; sus conceptos siempre son absolutamente concretos, materiales" (Fundamentos, loc. cit.).

     La falta de espiritualidad en la religión judía fue también criticada por el teólogo prusiano Paul de Lagarde (1827-1891), que confrontó el muerto legalismo del judaísmo con la orgánica vitalidad de la mente germánica. Lagarde afirmaba que la diferencia entre el alemán y el judío era de carácter, y, por tanto, el judío nunca podría llegar a ser un alemán [5]. Según Lagarde, los judíos no han aportado ninguna contribución espiritual a la historia de Europa:

     «De todos los impulsos que han motivado a los europeos, ninguno surgió de un corazón judío. Los judíos no han descubierto nada... para hacer progresar la Historia no han sufrido nada. En lugar de contribuciones substanciales, las suyas han sido siempre caducas» (Op. cit., "Programa del Partido Conservador de Prusia", p. 466).

[5] Escritos Alemanes, Göttingen, 1886, "Die Stellung der Religionsgesellscbaften im Staate".

     La mente alemana, en cambio, fue capaz de intuír "lo absoluto primario, lo original", y sólo el alemán es verdaderamente libre, porque "Libre es quien es capaz de seguir los principios creativos que Dios puso dentro de él" (Klara Boesch, Paul de Lagarde, Augsburg, 1924, p. 96). Sólo cuando la psique alemana recobre la consciencia de su cualidad espiritual vital podrá una genuina nación alemana parangonarse con las aristocracias medievales. Los judíos deben, por tanto, ser privados de las influyentes posiciones políticas y comerciales que irregularmente se les han permitido asumir. De lo contrario, el estilo de vida judío infestará al alemán.

     Carl G. Jung (1875-1961) también puso de relieve que la diferencia entre los judíos y los alemanes era, de hecho, una diferencia profundamente psicológica. En su ensayo El Papel de lo Inconsciente atribuye la innata naturaleza materialista de los judíos al hecho de que habiendo sido desarraigados desde el más temprano período de su historia, no tienen lazos ctónicos (lo que hay más allá de la tumba) y por consiguiente no sienten el poder del alma de la tierra. Como compensación de esa carencia de genuina raigambre en el suelo, han desarrollado una tendencia al materialismo que se manifiesta en la mayor parte de sus esfuerzos intelectuales:

     «[El judío] es muy deficitario en esa cualidad del hombre que lo arraiga al suelo y de él extrae nuevas fuerzas. Esta cualidad ctónica se halla en peligrosas concentraciones en los pueblos germánicos... Por regla general, el judío vive en amistosa relación con el suelo, pero sin sentir el poder de lo ctónico. Su receptividad a este respecto parece haberse debilitado con el tiempo. Esto puede explicar la específica necesidad del judío de reducirlo todo a sus principios materiales» ("El Papel del Inconsciente", en Obras Completas, X, 13).

     Esto está en completo contraste con la vitalidad del pueblo germánico:

     «Pero esas doctrinas específicamente judías son absolutamente insatisfactorias para la mentalidad germánica; llevamos aún un auténtico bárbaro en nosotros al que no se debe menospreciar» (Ibid. 14).

     La diferencia fundamental entre la psique germánica y el pensamiento anti-metafísico de los judíos y de los pueblos influídos por ellos es remachada por Alfred Rosenberg en su obra capital Der Mythus des zwanzigsten Jahrbunderts (El Mito del Siglo XX). Rosenberg insiste en la cualidad metafísica de la manifestación racial como algo inconmensurable con las leyes físicas o meramente racionales:

     «La vida de una raza no representa una filosofía lógicamente desarrollada, ni siquiera el despliegue de un modelo según una ley natural, sino más bien el desarrollo de una síntesis mística, una actividad del alma, que no puede ser racionalmente explicada, ni tampoco puede ser concebida mediante un estudio de causa y efecto» (Alfred Rosenberg, Escritos Selectos, Londres, 1970, p. 84).

     Rosenberg alude a Herder como un precursor de la misma idea cuando situó a "la conciencia nacional de una comunidad como una experiencia nutriente de la vida entre el Alma y el Todo" (El Mito del Siglo XX, III, cap. 7, secc. 4). Aún más, así como la conciencia racial es un lazo entre los miembros individuales de una raza, al mismo tiempo impide cualquier comunicación espiritual entre las diferentes razas, de manera que almas racialmente diferentes son, como observó Leibniz, mónadas "sin ventanas", aunque puedan tener "ventanas" entre su propia especie (Ibid.).

     Ciertamente, el concepto de Rosenberg sobre el alma como especie racial es similar a la noción de Carus sobre las ideas o el concepto de Jung de los arquetipos:

     «Cada raza tiene su alma, cada alma tiene su raza, su propia y única forma arquitectónica interna y externa, su forma característica de manifestarse y su característica expresión de estilo de vida, y su especial relación entre las fuerzas de la voluntad y de la razón» (Escritos Selectos, p. 83).

     Lamentando las populares malas interpretaciones de Nietzsche, Rosenberg recuerda a sus lectores que la aspiración nietzscheana a un "superhombre" era, de hecho, una recuperación del alma nórdica en su tipo original:

     «El tipo es la forma plástica temporal de un eterno contenido racial-espiritual, un precepto vital, no una ley mecánica» (Mito, III, cap. 3, sec. 2).

     Sólo los indoeuropeos (a los que Rosenberg, como la mayoría de los nacionalsocialistas llama "nórdicos") poseen un conocimiento profundo de la Naturaleza que intuye la identidad del alma con el alma del mundo y, por lo tanto, con la Divinidad:

     «El genotipo nórdico-espiritual consistía realmente en la consciencia no sólo de la semejanza con Dios sino también de la identificación del alma humana con Dios. La enseñanza hindú de la identidad de Atman con Brahma —"El universo es suyo, ya que él mismo es el universo"— fue su primer gran reconocimiento; la creencia persa de la mutua lucha del hombre con la luz, Ahura Mazda, nos mostró el austero concepto nórdico iranio; el panteón griego de los dioses, así como las enseñanzas de Platón sobre el dominio de sí mismo, tenían su origen en un alma grande. La antigua idea de Dios de los germánicos, una vez más, no es en absoluto concebible sin libertad espiritual. Y también Jesús habló del reino de Dios en nosotros» (Ibid, I, cap. 3, sec. 5).

    Opuesta a esta concepción del mundo de la identidad dinámica entre el Yo íntimo y el mundo exterior está la del judío, cuya mentalidad es esencialmente "una concepción del mundo abrumadoramente estática", que imagina a un dios, concebido física y materialmente como creador del universo partiendo de la nada. Por consiguiente, el judío no es libre, pues la noción de la Creación instituye una falsa dicotomía entre Dios y el hombre y hace imposible que el alma de este último llegue a alcanzar su verdadera dignidad divina. Por otra parte, el concepto de la relación dinámica entre el hombre y Dios, que la raza germánica posee, le permite cultivar las nobles virtudes del honor, el coraje y el deber.

     Sólo una raza que posee una "moralidad de esclavos", tal como la judía, pudo haber desarrollado una religión esencialmente constituída por un sistema de leyes y que ha promocionado unos sistemas tales como el capitalismo, la democracia y el comunismo:

     «La creación de un "paraíso” en la Tierra es un objetivo judío... Jauja ha llegado a ser una seriedad religiosa y goza de su resurrección en el marxismo judío en su "Estado del futuro"» [6].

[6] Ibid. II, 3, 3. Cf. Richard Wagner, "Conócete a Ti Mismo": "En realidad (el judío) no tiene ninguna religión en absoluto... tan sólo las simples creencias de su dios que, en ningún caso se extienden a una vida más allá de su vida temporal, como en cualquier verdadera religión, sino simplemente a su vida actual en la Tierra, de la que su raza tiene asegurado el dominio sobre todo lo que vive y lo que no vive".

    Debo añadir aquí que esta identificación del estilo de vida judío con la democracia y el comunismo no es un mero invento de políticos faltos de escrúpulos, ya que está, en verdad, confirmado por la crucial conexión entre judaísmo, así como el cristianismo judaizado (particularmente el Puritanismo inglés), y la democracia en el curso de la Historia. De hecho, una breve ojeada a los primitivos escritos de los judíos confirmará la naturaleza anti-aristocrática y populista de su concepción del mundo. Modernas investigaciones han demostrado que los relatos bíblicos sobre la Creación y sobre los primeros hombres fueron tomados prestados de los sumero-acadios, y curiosamente trastocados en muchos casos por los judíos.

     Así, por ejemplo, mientras en el texto cuneiforme sumerio del año 2050 a.C. la diosa Inanna es descrita como prefiriendo un granjero a un pastor como esposo, en la historia de Caín y Abel se afirma que el dios judío siente una evidente preferencia por el pastor Abel sobre el granjero Caín. En la historia de la Torre de Babel observamos otra inversión en el original símbolo sumerio del ziggurat que, como dice Joseph Campbell, "no tenía por objeto combatir o amenazar al cielo (como se supone en la Biblia) sino poner los medios por los cuales los dioses del cielo pudieran descender a recibir la adoración de sus esclavos de la Tierra" (Las Máscaras de Dios, III, Mitología Occidental, Nueva York, 1964, p. 113).

     De forma parecida, la historia de Moisés muestra una poco común inversión de la normal fórmula mítica en la que un noble infante es protegido de una persecución en una modesta casa. El relato bíblico de Moisés, en cambio es, como hizo notar Otto Rank, el único entre unos setenta ejemplos de la fórmula que Rank analizó en que el infante adoptado pasa de una humilde a una noble casa. Todas esas inversiones de los mitos sumerios ponen de relieve el resentido mimetismo de un pueblo sometido y nos proporcionan los primeros ejemplos de la inversión de los valores aristocráticos que Nietzsche identificó como la "moral de esclavos" de los judíos [7].

[7] F. Nietzsche, La Genealogía de la Moral, I, 6-8. La Voluntad de Poder IV, 4, 954, donde Nietzsche describe la democracia como la "[neue] und [sublime] Ausgestaltung der Sklaverei".

     La naturaleza populista de la religión judía es evidente también en el relato del Éxodo que, contrariamente a todos los demás mitos de ida y vuelta, termina en la exaltación no de Moisés como un héroe divino (semejante a Dumuzi entre los sumerios, Osiris entre los egipcios, Dionisos entre los griegos e incluso Jesús entre los cristianos), sino de todo un pueblo, los judíos, como el sedicente "pueblo elegido".

     Los rasgos anti-aristocráticos de un pueblo sujeto a persecuciones y esclavitud desde los primeros días de su historia estimularon naturalmente en el transcurso de los tiempos una preferencia por el sistema de gobierno liberal y democrático [8].

[8] Rosenberg insiste en sus capítulos 12 y 14 de su Die Spur des Juden im Wandel der Zeiten (Múnich, 1939) en la flagrante manipulación anti-monárquica de los masones judíos durante la Revolución francesa, así como durante la Revolución bolchevique en el transcurso de la Revolución rusa.

     No es accidental que las sectas Protestantes del siglo XVII en Inglaterra, que adoptaron la Biblia judía como la palabra de Dios, juntamente con su estática y antropomórfica concepción de la Divinidad, también abogaran por movimientos democráticos proto-liberales. Por ejemplo, los Congregacionistas, los Separatistas y los Niveladores mostraron unas tendencias cada vez más seglares a pesar de sus afiliaciones "religiosas" —esta última secta en particular—, propugnando principios totalmente democráticos, tales como la igualdad natural de todos los hombres y el gobierno de la mayoría. En verdad, la Revolución Puritana debe ser considerada un ejemplo paradigmático de la decadente fuerza democrática que adquiere el cristianismo cuando judaíza su concepto del mundo, es decir, cuando contempla la relación entre el hombre y Dios y entre hombre y hombre desde el limitado punto de vista del hombre individual.–





LOS DEFECTOS ESPIRITUALES de la DEMOCRACIA


     Hemos visto las diversas razones ofrecidas por filósofos sobre la innegable conexión histórica entre la mentalidad judía y la democracia moderna, junto a sus variantes: capitalismo, liberalismo y comunismo. Mientras el rasgo idealista objetivo en la filosofía conservadora pueda haber derivado en deplorables excesos de anti-judaísmo, el espíritu idealista que pensadores como Chamberlain y Rosenberg deseaban imponer es, en sí mismo, irrecusable y, en verdad, totalmente admirable. Pues no hay contradicción sobre los perniciosos efectos de la democracia en la mente de los hombres.

     Esos dañinos efectos ya fueron observados a principios del siglo XIX por Alexis de Tocqueville (1805-1859) en la segunda parte de su obra Democracy in América (1840) y deberemos hacer una pausa para estudiar aquí sus críticas. Uno de los principales efectos de una democracia, según Tocqueville, es que la noción del honor, peculiar en las sociedades aristocráticas queda completamente diluída. Como bien escribía Tocqueville, "las diferencias y desigualdades de los hombres fueron el origen de la noción de honor; tal noción se debilita en proporción a la extinción de esas diferencias y, con ellas, desaparece" (Democracy in América, Nueva York, II, p. 255).

     En una aristocracia feudal, cada una de las clases elevadas tiene su propio sentido del honor, claramente definido por ellas [1], porque esas clases se esfuerzan por conservar, exclusiva y hereditariamente, educación, riqueza y poder entre sus propios miembros y, al mismo tiempo, desarrollar nociones de honor más idealmente fijas entre ellos que en el caso de un país democrático que está en constante movimiento, y donde la sociedad, transformada a diario por su propio funcionamiento, cambia sus opiniones juntamente con sus deseos. En tal país, los hombres tienen fugaces destellos de las reglas del honor, pero raramente tienen tiempo de prestarles atención (Ibid. p. 251).

[1] Que "Los villanos no tienen honor" fue un lugar común en la época medieval, por razones ya argumentadas por Nietzsche. El mismo principio inspira la mejor conocida frase "Nobleza obliga".

     El resultado final de tal sistema de individualismo sin propósito es un gradual pero seguro debilitamiento de su fuerza espiritual y su reducción a un estado de universal estupidez:

     «Lo primero que llama la atención es una innumerable multitud de hombres, todos iguales, incesantemente ocupados en obtener los mezquinos y miserables placeres con los que sacian sus vidas».

    El gobierno, entretanto, se preocupa obsesivamente por la mejora de las condiciones materiales de sus ciudadanos, con el resultado de que

     «cada día el ejercicio del libre albedrío del hombre se vuelve menos útil y menos frecuente; circunscribe la voluntad a límites cada vez más estrechos y gradualmente le va quitando al hombre el goce de sí mismo... tal poder no destruye, pero minoriza la existencia; no tiraniza, pero comprime, enerva, restringe e idiotiza a un pueblo, hasta que cada nación es reducida a nada más que un rebaño de tímidos e industriosos animales, de los cuales el gobierno es el pastor» (Ibid. p. 336 y ss.).

     La adicción de esa gente a lo que Tocqueville llama "ciencias prácticas" es lo más opuesto a la excelsa tarea idealista intelectual que caracteriza a una aristocracia:

     «En las sociedades aristocráticas, la clase que da el tono a la opinión y ejerce el liderazgo de los asuntos, al estar permanente y hereditariamente situada por encima de la multitud, naturalmente concibe una elevada idea de sí misma y del hombre. Le gusta idear para él nobles placeres, tallar espléndidos objetos para su ambición. Las aristocracias a menudo cometen muy tiránicas e inhumanas acciones, pero muy raramente cometen actos abyectos, y muestran una especie de desdeñoso desprecio por los pequeños goces incluso cuando ellos mismos se los permiten. El efecto es una gran elevación del nivel general de la sociedad. En las épocas aristocráticas las grandes ideas están comúnmente revestidas de la dignidad, la fuerza y la grandeza del hombre. Esas opiniones ejercen su influencia sobre quienes cultivan las ciencias, así como sobre el resto de la comunidad. Facilitan el natural impulso de la mente hasta las más elevadas regiones del pensamiento, y naturalmente lo preparan para concebir un sublime y casi divino amor por la verdad» (Ibid. p. 45).

     Por otra parte, en una democracia los hombres están

     «extremadamente impacientes en la persecución de satisfacciones reales y físicas. Como siempre están insatisfechos con las posiciones que ocupan y siempre están en libertad de abandonarlas, no piensan en nada más que en los medios de cambiar su fortuna o incrementarla. Para tal tipo de mentalidades, cada nuevo método que lleva a un camino más corto hacia la riqueza, cada máquina que ahorra trabajo, cada instrumento que disminuye el costo de la producción, cada descubrimiento que facilita placeres o los aumenta, parece ser el más grandioso esfuerzo del intelecto humano» (Ibid. p. 46).

     El peligro de esto es que los gobernantes de la época tratan de "usar tan sólo a los hombres para que las cosas sean grandes... [ellos] olvidan que una nación no puede permanecer fuerte cuando cada hombre perteneciente a ella es individualmente débil, y que ninguna forma o combinación de política social se ha inventado todavía para hacer un pueblo enérgico de una comunidad de ciudadanos pusilánimes y débiles" (Ibid. p. 347).

     Los deletéreos resultados de la democracia han sido recalcados por el erudito británico Philippe Mairet (1886-1975) en su ensayo sobre la Aristocracia (Aristocracia y el Significado del Gobierno de las Clases. Un Ensayo sobre la Aristocracia Pasada y Futura, Londres, 1931), donde dice que "una sociedad totalmente desprovista de clases sería una sociedad de imbéciles" (Ibid. p. 20). Mairet indica que el poder de la tierra en una democracia se restringe normalmente a una plutocracia, mientras que una aristocracia insiste en que

     «sus miembros deben poseer y exhibir excelencia en la misma función de gobierno. Tal excelencia no puede surgir de la inconsciencia de la comunidad sino que debe ser mantenida desde el principio hasta el final por la cultura de sus valores conscientes.
     En pocas palabras, debe abogar por una clase elevada de hombres. Allí donde prevalece la aristocracia, se cultiva un tipo definido de carácter como un bien y una finalidad en sí mismo. Y tal objetivo no es contemplado por los que proceden de las filas de una plutocracia» (Ibid. p. 231 y ss.).

     El paradigma del carácter aristocrático es el de los brahmanes de la antigua India, para quienes "el honor era su única recompensa", un premio espiritual al que ellos renunciaban en la última etapa de su vida, como ascéticos solitarios. Pero antes de retirarse de la sociedad, estaban obligados por los deberes de su casta a aprender todo lo que pudieran de filosofía, ciencia y arte, y de las ocupaciones que les fuera permitido practicar, "de manera que su conocimiento pudiera enriquecer, para otros, la vida que ellos estaban abandonando" (Ibid. p. 236).

     La verdadera virtud de un miembro de las clases altas en la India consiste en el hecho de que "en vez de estar dominado por el egoísmo y los sentidos, estaba regido por el deseo de nutrir en su propia persona la más elevada vida de la Humanidad" (Ibid. p. 40). De manera parecida, las otras castas estaban comprometidas a cumplir el particular "dharma", o deber, de su estancia en la vida, de manera que el todo formara una unidad orgánica:

     «La vida con todas sus desigualdades podía entonces adoptar el aspecto de una unidad orgánica; y entonces el trabajo del más humilde artesano podría llegar a ser un arte, iluminado por el mismo espíritu de creación como la escultura del templo y la tapicería del palacio» (Ibid. p. 43).

    Esa actitud de devoción con la que los miembros de las diferentes castas cumplían sus variados deberes sociales guía también el ideal republicano de Platón y la sociedad feudal de la Edad Media. Como afirma Mairet, "La verdadera constitución política está concebida para mantener ese orden social en el cual los hombres pueden realizarse a sí mismos de acuerdo con sus tipos" (Ibid.) y esos "tipos" son, ciertamente, realidades psíquicas, como ya hemos visto en la exposición sobre la raza en el capítulo precedente.

     Ciertamente, en todos los modelos de sociedad a que alude Mairet, la idea del conjunto de la sociedad predomina en las mentes de los que la gobiernan, y las actividades de sus ciudadanos son transformadas de "meras ocupaciones adquisitivas en funciones sociales" (Ibid. p. 80). En cuanto a la ciencia, que ha tomado el lugar de la religión en épocas precedentes, es, como todo lo demás en una democracia, fragmentada, "una religión de detalles, sin fuerza para infundir vida en una visión e inspiración cósmica" (Ibid. p. 87).

     En verdad, hoy en día, como dice Mairet, "el más elevado trabajo teórico de físicos y matemáticos se mezcla con las más obvias ingenuidades de la mecánica, hasta que el todo parezca más una grosera superstición que un sistema de conocimiento" [2].

[2] Ibid. p. 91. Cf. la descripción del profesor Tomaschek de la física judía, y también el ensayo de Mairet, "Una Civilización de la Técnica. Perspectiva para la Cristiandad: Ensayos sobre la Reconstrucción Social Católica", 1945, donde describe la tendencia en el siglo XX a reducir la original cualidad espiritual de la investigación científica a un interés meramente práctico:
     «En los grandes hombres de ciencia y naturalistas europeos hasta mediados del siglo XIX , se encuentra tanto amor por la creación, unido a tanta inteligencia, modestia y finísima percepción erudita, como no se encuentra en ningún otro lugar ni época: es un espíritu que aún refleja y perpetúa la gran tradición filosófica de Occidente. En verdad, nunca el hombre tuvo una buena idea científica o de cualquier índole porque quisiera hacerse rico o vivir más cómodamente, individual o colectivamente... Las ideas nacen del amor... amor a las maravillas de la naturaleza o de la mente humana» (p. 216 y ss.).

     También la prensa, que es un órgano tan importante en las sociedades modernas, en una democracia no está vinculada con las universidades u otras instituciones culturales, sino con intereses que no son culturales en absoluto [3].

[3] Ciertamente, como hace notar Spengler, en la moderna época democrática el principal objetivo de la prensa es "pastorear a las masas, como objetos de la política de partidos, dentro del área de poder de los periódicos" (La Decadencia de Occidente, p. 461).

     La relevancia de las observaciones de Tocqueville y de Mairet con respecto a la sociedad de hoy, resultará clarísima para cualquier lector que no haya sucumbido a los embrutecedores efectos de la democracia.–




EPÍLOGO


     En todas estas descripciones de los peligros de la democracia advertimos la urgencia de reprimir una forma de gobierno que está inconsciente y fatalmente destinada a la definitiva degeneración del espíritu humano. Con objeto de impedir que la dignidad del hombre sea menoscabada en una sociedad mercantilista de regateos masivos, es deber de los que todavía tienen un poco de criterio intelectual cambiar el sentido de la decadente inclinación de la sociedad.

     Por descontado, cualquier intento de derrocar las bases de la democracia sería una tarea hercúlea, ya que conllevaría trabajar contra la mayoría de la población de un país. Y a la gente, como observó Schopenhauer, no le gusta prescindir de sus intereses egoístas, y siempre envidia a los mejores.

     El inicio de una reforma de la sociedad se conseguirá con mayor eficiencia en el terreno de la educación, especialmente de los jóvenes. Como insistía Fichte, debería obligarse a los jóvenes a comprender el valor de la disciplina y a que se dieran cuenta desde el principio de sus vidas de que hay objetivos más importantes en la conducta humana que los meramente personales. En verdad, es deber suyo orientar sus capacidades hacia objetivos intelectuales y espirituales. Pueden hallarse en el terreno del aprendizaje filosófico, o en el arte, o, ciertamente, en el de las ciencias. Pero, en cualquier caso, siempre deberían estar motivados, no por el espíritu del progreso personal, sino por el espíritu de la dedicación a la realización espiritual de sus vidas.

     En este contexto, deberíamos recordar la descripción de Fichte de una vida manifiesta como la posibilidad de la auto-realización de un ego libre, y del mismo ego individual como finalmente idéntico con el Yo universal, o Divinidad. El papel del Estado como imagen de la Voluntad Divina es promocionar la auto-realización de los individuos que lo constituyen.

     Incluso suponiendo un exitoso régimen de educación en las escuelas y universidades, no cabe esperar que todos los que reciban tal educación, y como consecuencia de la misma, llegarán a ser intelectual y espiritualmente iguales. El objetivo de la educación no es, como cree un gobierno democrático, considerar a todos los estudiantes como potencialmente iguales entre sí, sino como potencialmente capaces de auto-conocimiento. El efecto del nuevo sistema educacional debe ser, pues, el desarrollo de un más completo conocimiento de las diferencias entre las personas, así como de sus respectivos papeles en la sociedad como conjunto.

     Debemos detenernos sólo un momento para recordar la definición que Platón hizo de la justicia como la asignación de cada individuo a su lugar apropiado en la sociedad. Los antiguos Códigos de la Ley indios formulados por Manú referentes a los deberes de las diversas castas no son diferentes en su substancia, y el autor de esas leyes declara que una sociedad tan ordenada implica necesariamente el concepto de monarquía ya que "El rey ha sido creado [para ser] el protector de las castas y las órdenes que, de acuerdo con su rango, desempeñan sus diversos deberes" (Manava Dharma-Shastra, VII, 35, Oxford, 1886, p. 221.).

     Sólo mediante el establecimiento de un nuevo sistema profesional de castas, presidido por un líder ilustre, consagrado a Dios y al Estado, será posible garantizar que los miembros de una sociedad puedan dedicarse al perfeccionamiento de sus variadas capacidades. Es interesante citar aquí el comentario del moderado sociólogo derechista Gaetano Mosca en sus Elementos de Ciencia Política cuando afirma que incluso las instituciones democráticas

     «pueden durar un cierto tiempo si se puede mantener un cierto equilibrio entre los diversos elementos de la clase dirigente, si nuestra "aparente" democracia no es fatalmente destruída por la lógica, su peor enemigo, y por los apetitos de las clases más bajas y sus líderes, y si no trata de convertirse en una democracia "real" al combinar la igualdad política con la igualdad económica y cultural» (La Clase Dominante, cap. 12, 2, Nueva York, 1939, p. 335).

     En cualquier caso, nuestro estudio ha mostrado que la política y la cultura no son realmente dos esferas distintas sino que están íntimamente relacionadas la una con la otra como manifestaciones internas de la divina voluntad del hombre. Al ser esto así, la cuestión de garantizar el sufragio universal mientras se niega la igualdad cultural y económica es un absurdo. Ni la política ni la cultura pueden ser democráticamente determinadas, y una nación sólo puede ser poderosa si restringe su gobierno a líderes ilustres.

     Tampoco la cuestión de la raza puede ser soslayada en un sistema que reconoce la nación lingüística como la más lógica unidad de organización política, ya que es imposible alcanzar ningún progreso espiritual real en un país agitado por una Babel de lenguas y culturas. En verdad la importancia de una raza se concentra en el hecho de que una raza es idéntica con la psique de un pueblo, y, con el fin de preservar la fuerza de esa alma colectiva, es necesario excluír a elementos ajenos del núcleo interno de la vida social y política de una nación, aun cuando deba concedérseles, dentro de ella, una existencia pacífica, dedicándose a ocupaciones adecuadas a su particular desarrollo intelectual y físico. Porque, como dijo Rosenberg,

     «Cada raza cultiva, como un objetivo exclusivo, su único gran ideal. Si éste fuera transformado o substituído por otro sistema de fidelidades o por una abrumadora intrusión de sangre extraña o ideas ajenas, las consecuencias externas de esa íntima metamorfosis es el caos, designado como épocas catastróficas» [1].

[1] Escritos Selectos, p. 84. Una noción parecida sobre la importancia de la pureza racial para la preservación de la integridad de la cultura y moralidad de una nación se mantenía en la antigua India en su descripción de la edad degenerada o Kali-yuga a que se ve reducido el pueblo por haber descuidado las leyes de castas. También la insistencia de Platón en La República sobre la división de la sociedad en miembros cuidadosamente seleccionados, sirviendo misiones específicas de acuerdo con sus aptitudes naturales, debe ser considerada una reiteración de la misma doctrina.

     Como Europa tiene unos pueblos racial y culturalmente más homogéneos que las colonias de Estados Unidos, Canadá y Australia, la reorganización de la política sobre una base vital y filosófica ocurrirá más fácilmente en Europa que en aquellas sociedades inmigrantes y multiculturales [2].

[2] Estados Unidos, Canadá (excluyendo a Quebec que claramente representa una nación independiente dentro de Canadá) y Australia sólo serán capaces de florecer culturalmente si evitan todas las tendencias al multiculturalismo y relacionan su crecimiento espiritual como naciones a sus orígenes predominantemente anglo-sajones.

     Las naciones indoeuropeas [3] pueden distinguirse claramente entre sí por sus diferencias lingüísticas, de modo que deberían existir pocas dudas sobre la extensión territorial de cada nación en particular. Dentro de cada nación indoeuropea, el líder y la aristocracia administrativa deberían quedar restringidos a los mejores miembros de esa particular raza que constituye su carácter nacional.

[3] Podemos incluír también aquí algunos de los grupos raciales afines, que, sin embargo, tienen idiomas independientes, tales como el húngaro, el finlandés, el vasco y el dravidiano.

     Esas naciones que han perdido sus familias aristocráticas hereditarias podrán fácilmente constituír otras nuevas, basadas en la comprensión filosófica y en el talento. Esto significa que a miembros de razas no indoeuropeas y judíos no debe permitírseles interferir en las decisiones importantes del país, como tampoco debe tolerárseles que promocionen sus ideas intelectuales o artísticas.

     La exclusión de las razas no indoeuropeas de los cargos intelectuales y administrativos [4] se justifica por las diferencias científicas reales en sus respectivas capacidades intelectuales cuando se las compara con las de los pueblos indoeuropeos. En cuanto a los judíos, cualquier sociedad que se oriente al progreso espiritual de la Humanidad advertirá inmediatamente la necesidad de mantenerlos estrictamente al margen, ya que su mentalidad exclusivamente materialista es una de las principales causas del deterioro de la sociedad hasta su actual estado de degeneración.

[4] Pueden, por supuesto, ocupar otros cargos que sean más adecuados a sus aptitudes naturales.

     Las mujeres tampoco deben ser consideradas iguales al hombre en todos los campos de la actividad social, tal cual es la moda actual. Las naturales diferencias entre los sexos también demuestran una "polaridad" espiritual y una desigualdad entre ellos, de manera que, como lo describió Rosenberg,

     «La impotencia [de las mujeres] es el resultado de su ser realista y subjetivamente orientado. La mujer de todas las razas y todas las épocas carece de una visión intuitiva y espiritual de las cosas» (Mito, III, II, I).

     Las mujeres son incapaces de una idea espiritualmente amplia, de "un punto de vista sintético que, de una vez por todas, es el signo del ser masculino" (Ibid., III, II, 3). La mentalidad "atomística" o materialista de las mujeres se relaciona, de hecho, con la visión del mundo, fragmentada y confusa, de las democracias en general.

     Como observa sagazmente Rosenberg, la emancipación de las mujeres (que surgió por primera vez después de la Revolución francesa) anima también a la emancipación de las razas bajas, con la consiguiente degeneración de la Humanidad: "La mujer, como conservadora designada de la raza, se convirtió, debido a la emancipación, en la destructora de todos los fundamentos del pueblo" (Ibid., III, II, 5). Rosenberg alude particularmente a la actitud de los demócratas estadounidenses para con las mujeres, y declara:

     «El hombre estadounidense es, todavía hoy, desconsideradamente agresivo; la ininterrumpida lucha por el dólar determina casi exclusivamente su manera de ser. El deporte y la tecnología son su "cultura". Para la mujer libre, todos los caminos del arte, la ciencia y la política le están abiertos allí. Su posición social es, indiscutiblemente, superior a la de los hombres. El resultado de este predominio de la mujer en Estados Unidos es el sorprendentemente bajo nivel cultural de la nación. Un "tipo" de vida genuinamente cultural sólo aparecerá allí cuando la lucha por el dólar haya asumido formas más moderadas y cuando el hombre actual, exclusivamente técnico, empiece a pensar acerca de la esencia y el objetivo de la vida» (Ibid., III, II, 4).

     Naturalmente, el nuevo sistema de gobierno presupone un liderazgo ilustrado, unitario, casi monárquico, basado en una aristocracia del talento. No hay ningún peligro en una injusta o brutal opresión de las minorías dentro de tal Estado ideal, ya que el ilustrado dictador no es un tirano sino un hombre de elevados poderes psíquicos que debe representar lo que Spengler llama "el compendio del honor y el deber, la disciplina y la firmeza" (Decadencia, II, 1928, p. 443).

     El sistema democrático de partidos no es válido para una organización política correcta, ya que los partidos son básicamente un efecto de la revuelta de las fuerzas del intelecto y el dinero contra las de la sangre y la tradición. "Por consiguiente, la noción de partido está siempre ligada con la abiertamente negativa, destructiva y socialmente niveladora noción de la igualdad. Ya no se reconocen los ideales nobles, sino tan sólo los intereses vocacionales" (Ibid., p. 449). La competencia y los regateos, rasgos característicos de una democracia capitalista, serán completamente eliminados en la reorientación de toda la conducta humana hacia objetivos nacionales y humanistas. En pocas palabras, el dinero cederá el inmerecido poder que posee actualmente, a las reales virtudes espirituales de la mente.

     La política internacional también debería quedar restringida a un comercio equitativo entre las diversas naciones raciales del mundo, y no involucrarse en la colonización y la explotación. La colonización, en particular, es un fenómeno pernicioso, no sólo para el país colonizado sino también para la potencia colonizadora que, en el curso de su dislocación en una tierra extraña, inevitablemente perderá algunas, cuando no todas, sus virtudes raciales, porque, como dice Spengler, la raza está constituída por "grupos naturales" que "echan raíces en un paisaje" con una "sangre que circula, continuada por la procreación en un estrecho o ancho paisaje" (Ibid., p. 113).

     Carl G. Jung ha aludido al caso de Estados Unidos, el cual, bajo la influencia psicológica de su población esclava, ha ido desarrollando gradualmente un carácter notablemente parecido al de ésta, ya que las afectaciones físicas de los estadounidenses se derivan, en gran parte, del negro:

     «La manera emocional en que se expresa el estadounidense —especialmente la manera en la que ríe— puede ser muy bien estudiada en los artículos de ecos de sociedad de los periódicos estadounidenses; la inimitable risa de Roosevelt puede encontrarse en su forma primordial en el negro estadounidense. La peculiar manera de andar con las relativamente sueltas articulaciones de los tobillos, o las caderas ondulantes, tan frecuentemente observadas en los estadounidenses, eso viene del negro. La música estadounidense extrae su principal inspiración del negro; el baile es un baile negro. Las expresiones de sentimiento religioso, las reuniones evangelistas, los "Holy Rollers" ["pentecostales" y otros creyentes que se agitan en las iglesias al ser "poseídos" por espíritus "santos"] y otras anormalidades, están poderosamente influídas por el negro... y la famosa ingenuidad estadounidense, tanto en su forma agradable como en la más desagradable, es comparable con el infantilismo del negro. La notable vivacidad del temperamento común, que se manifiesta no sólo en los juegos del béisbol sino particularmente en un extraordinario deseo de hablar —de lo cual la incesante corriente de habladurías en los periódicos estadounidenses ofrece un buen ejemplo— difícilmente puede derivarse de los primeros pobladores germánicos, sino que se asemeja mucho más a las habladurías de un poblado negro. La casi total falta de intimidad y la absorbente y voluminosa sociabilidad, recuerdan la de una vida primitiva en chozas con puertas abiertas, en una completa identificación con todos los miembros de la tribu» [5].

[5] "Mente y Tierra", en Obras Completas, X, 46. Cf. también "Las Complicaciones de la Psicología Estadounidense" en Obras Completas, X, 508. "El hombre inferior ejerce un tremendo tirón sobre los seres civilizados que se ven forzados a convivir con él porque fascina a los estratos inferiores de nuestra psique, que vivió desde un tiempo inmemorial en similares condiciones. On revient toujours a ses premiers amours [Se regresa siempre a los primeros amores]. Para nuestra mente subconsciente el contacto con primitivos nos recuerda no sólo nuestra infancia sino también nuestra prehistoria; y con las razas germánicas eso significa retroceder unos doce siglos. El bárbaro que está en nosotros es aún maravillosamente fuerte, y fácilmente cede al cebo de sus recuerdos juveniles. Por lo tanto, necesita unas defensas muy definidas. Los latinos, que son más viejos, no necesitan tanto estar en guardia, y de ahí que su actitud hacia el negro es diferente de la de los nórdicos. Las defensas del hombre germánico pueden alcanzar sólo hasta donde llega su consciencia. Por debajo del umbral de la consciencia el contagio encuentra muy poca resistencia".

     La razón de la aristocracia, por lo tanto, se basa en última instancia en los insustituíbles valores de la auto-conciencia espiritual, la tradición y la raza, porque éstos son, ciertamente, los requisitos vitales para la supervivencia y el progreso de las naciones. La democracia, así como el liberalismo y el comunismo, están condenados a fracasar ya que contradicen todas esas cualidades.

     La nobleza, como dijo Spengler, "como expresión de una fuerte calidad de raza, es el verdadero orden político, y la preparación y no la forma es la clase de educación verdaderamente política" (Spengler, op. cit., p. 440). Sólo las naciones que sean dirigidas por los que han conservado sus fuerzas naturales de cultura y forma conseguirán finalmente triunfar. Pues, en verdad (si puedo citar una vez más a Spengler),

     «El fervor creativo (para usar un término más fundamental), el latido que ha llegado a nosotros desde los primeros orígenes, se adhiere sólo a formas que son más antiguas que la Revolución y que Napoleón, formas que crecieron y no fueron hechas... Las tradiciones de una vieja monarquía, de una vieja aristocracia, de una vieja sociedad educada, mientras sean aún suficientemente sanas para mantenerse apartadas de políticos profesionales o didácticos, y mientras profesen honor, abnegación, disciplina, el auténtico sentido de una gran misión (es decir, calidad racial y esfuerzo), sentido del deber y del sacrificio, podrán llegar a ser un núcleo que canalice la corriente del ser de todo un pueblo y le permita establecerse en el tiempo y proyectarse hacia el futuro. Estar "preparado" lo es todo. La última raza que mantenga su forma, la última tradición viva, los últimos líderes que tengan su apoyo, se perpetuarán hacia el futuro, vencedores» (Ibid., p. 430 y ss.).–




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