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viernes, 14 de abril de 2017

La Antártica y el Mito Lovecraftiano



     En el sitio italiano centrostudilaruna.it encontramos publicado allí (Enero de 2000) el siguiente texto del escritor esoterista chileno Sergio Fritz Roa (1975), que dice que fue primeramente presentado en la revista chilena Ciudad de los Césares en su Nº 47, de Octubre-Diciembre de 1997. Aquí el autor pone en relación a los escritores Edgar Poe, Howard Lovecraft y Miguel Serrano enlazándolos con el tema de las tierras antárticas que los tres trataron en diversas obras literarias respectivas.


La Antártica y el Mito Lovecraftiano
por Sergio Fritz Roa
Octubre de 1997



Exordio

     La Antártica es uno de aquellos sitios de nuestro planeta que tardó más para convertirse en otro objeto de la codicia del hombre. Sus misterios y peligros ejercieron su influjo poderoso sobre intrépidos aventureros del pasado, pero sus hechizos han superado los océanos del tiempo e invadido el alma de algunos modernos exploradores que no trepidan en aceptar el reto que les arroja el Continente Helado. Estos personajes han debido enfrentarse con misterios de vieja data, han utilizado inusuales herramientas de exploración para penetrar en su Verdad, avíos tales como la Literatura y el universo mágico de los sueños. Ellos han traspasado, incluso, los umbrales de la conciencia ordinaria para acceder a un estado de super-conciencia. Y todo esto, para desenterrar obscuros arcanos y arrojar luz sobre un lugar físico y espiritual tan distinto a cualquier otro que nos parece una región no-terrestre.

     ¿Quiénes son estos aventureros? Son tres magos que traen sus hechizos desde su antigua tierra, son poetas y narradores a quienes conoceremos por sus nombres actuales: Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft y Miguel Serrano [1], tres genios literarios, tres soñadores de sueños imposibles, tres colosos que han narrado otra vez los mitos de antaño. Tres buscadores del Graal en la Antártica. Entre ellos, el más importante para este trabajo en particular es, por supuesto, H. P. Lovecraft. Él será el hilo conductor de nuestra aventura, la cual ha comprometido el espíritu de quien ha realizado este ensayo e implicará el de todos nuestros lectores.

[1] Podríamos haber incluído en esta revisión al escritor Jules Verne y su novela "La Esfinge de los Hielos", pretendida continuación de "Narración de Arthur Gordon Pym". Sin embargo, esa obra no es en casi nada fiel a Poe, y tampoco contiene aquel ingrediente esotérico que nos ha permitido unir a los autores de este estudio.

     Lovecraft será quien señalará, con su antorcha, el camino y nos alertará de los terrores que, agazapados, acechan al viajero.


EDGAR ALLAN POE

     "Las Aventuras de Arthur Gordon Pym" o, en traducción de Julio Cortázar, "Narración de Arthur Gordon Pym", es una novela que carece de aquella grandeza de la pluma de Poe que hallamos en sus cuentos inolvidables como "La Caída de la Casa Usher", "Ligeia" y "Manuscrito Hallado en una Botella". No obstante, no carece de ese elemento que distingue tanto su obra: el misterio. Sin embargo, éste, curiosamente, no se hallará sino hasta el desenlace de esta narración, la cual suele ser calificada, por algunos críticos, como lenta y floja. En efecto, mientras que la mayor parte del desarrollo de la Narración de Arthur Gordon Pym –tal vez dos tercios de la novela– carece de vitalidad y emoción, la última fracción se nos muestra como un giro increíble que rompe con la monotonía del relato, para transformarse en un océano de misterio, así como misteriosas son las aguas antárticas. Este hecho ha conmovido a los estudiosos de la obra de Poe y ha promovido un largo debate donde no se logra aún formular una respuesta.

     El tema de la novela, grosso modo, consiste en un largo viaje por mar que culmina en los blancos hielos del extremo Sur. Allí los viajeros se encuentran con aborígenes negros, un pueblo desconocido para el hombre Blanco, cuya condición provocará en éstos una compleja confusión de sentimientos opuestos, donde la atracción y la repulsión se entremezclan. Las últimas páginas son una carrera suicida que parece no llevar a otra parte que al terror de lo vago, a un remolino demencial cuyo término no se halla en ningún centro ni en ningún vértice. Las respuestas son demasiado tímidas, casi ingenuas; los misterios están por descifrarse, pero jamás se logra desvelarlos, pues, al final de la Narración de Arthur Gordon Pym, Poe comienza otra historia, otro relato. Una historia que, por supuesto, jamás escribirá...

     Pero en este mar de dudas y de nieblas indefinidas, hay un misterio que, en el desenlace, se descifra, a saber, Poe nos señala aquello que provoca terror en los negros: temían al blanco, la ausencia de todo color que llenaba toda aquella región y al desesperado grito de ¡Tekeli-Li!, pues es el presagio nefando de su pronta manifestación. Mas, el misterio pronto volverá a cubrirnos con su manto: una terrible visión, la última imagen de la novela, será la emersión de un gigante blanco «cuyas proporciones eran mucho más grandes que las de cualquier habitante de la Tierra» [2], visión aterradora que fulmina al negro Nu-Nu. ¿Quién es este ser?; ¿cuál es el origen misterioso de Nu-Nu y los otros aborígenes?; ¿cuál es la alegoría que se oculta en el miedo a lo blanco?. ¿Qué nos quiso decir Edgar Allan Poe con todo esto?.


[2] Poe, Edgar Allan, Narración de Arthur Gordon Pym. Sexta edición, Madrid, 1986 p. 210.

     Las interrogantes galopan velozmente, como malditas estrellas fugaces. Una lectura profunda de la Narración de Arthur Gordon Pym, centrada en aquellos signos con mayor denotación, tal vez nos señale la senda correcta, una lectura que asuma el análisis comparativo como una de sus más imperativas reglas. Éste es el camino que hemos decidido hacer nuestro en este ensayo y, por supuesto, en este apartado sobre Poe y su extraña novela.

     No cabe duda de que la esencia del misterio de la Narración de Arthur Gordon Pym reside en lo siguiente: el blanco como fuente de terror. He aquí el elemento que hace de esta obra algo más que una simple novela, mucho más, sin duda, pues nos obliga a realizar una interpretación metaliteraria, esotérica. Veremos, entonces, el significado del blanco en el código de Poe y en su novela. Pero antes debemos conocer el significado de este no-color conforme a la hermenéutica tradicional (René Guénon) y a la interpretación de un compañero de oficio de Poe: Herman Melville.

     De la atenta lectura de los ensayos del tradicionalista francés René Guénon [3] hemos deducido tres afirmaciones:

—Primero: Existe una confrontación entre blanco y negro. La explicación más frecuente que se da al respecto, nos dice René Guénon, tiene directa relación con la luz y las tinieblas, el día y la noche; es decir, la confrontación entre los opuestos complementarios.

—Segundo: La oposición no es absoluta, ya que blanco y negro tienen en el mismo origen. No habría dualismo, «pues si tales dualidades existen real y verdaderamente en su orden, sus términos no dejan por eso de desviarse de la unidad de un mismo principio» (Guénon, op. cit. p. 265). Esto adquiere claridad cuando pensamos en el símbolo del Yin y el Yang. En éste, aunque los colores parecen enfrentarse, notamos que dentro de cada zona de dominio de un color se halla presente el color contrario.

—Tercero: Negro y Blanco son expresiones de lo No Manifestado y de lo Manifestado, respectivamente. Sin embargo, esta regla tiene excepciones y, a veces, nos encontramos en la situación inversa, o sea, donde el negro corresponde a lo Manifestado y el blanco a lo No Manifestado. La Antártica, según nuestro juicio, sería uno de estos casos excepcionales. El blanco polar es lo No Manifestado, el velo que esconde el Secreto.

[3] Para este estudio sobre el significado del Blanco he utilizado el texto de René Guénon "Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada", Buenos Aires, 1988. Se ha consultado, especialmente el capítulo titulado "El Blanco y el Negro", pp. 264-266.

     En relación al prosista Herman Melville, estadounidense como Poe y Lovecraft, debemos considerar su obra "Moby Dick, la Ballena Blanca" como una de las novelas occidentales más simbólicas y misteriosas de cuantas se han escrito. Su capítulo "La Blancura de la Ballena" nos ayudará a comprobar nuestra hipótesis y a resolver el carácter esotérico del blanco, asunto de vital importancia para este artículo. Este capítulo es una suma de pensamientos en relación al blanco de aquella ballena y a las emociones que éste provoca. El principio sobre el cual se sustenta Melville es el mismo sobre el que se basan las ideas de Poe y Lovecraft, a saber, el miedo humano hacia el blanco.

     «Lo que me anonadaba sobre todas las cosas era la blancura de la ballena» (Melville, Moby Dick o la Ballena Asesina, España, 1974, p. 159). Curiosa puede parecernos esta cita de Melville, mas sólo si nos detenemos aquí y no continuamos con la lectura de este capítulo. El autor mencionará a muchas otras bestias de blanco: el oso polar, el tiburón blanco, el albatros, cuyo no-color hará que la sangre se enfríe sólo con su presencia. Así, el narrador seguirá este mismo sendero, para intentar responder al enigma. Con nuevas preguntas irá abriendo el camino hacia la solución del misterio: ¿Cómo es posible que ese color que representa la espiritualidad, «el propio velo de la deidad cristiana», según Melville, sea a la vez un signo de lo más terrible?. ¿No se deberá este horror a causa de lo indefinido, el cual se manifiesta a través de blanco?. ¿No será que el blanco, que implica la ausencia del color, nos asalta de improviso tocando las más íntimas fibras de nuestro ser?.

     El blanco, podemos concluír de la lectura de la obra de H. Melville, al significar lo indefinido, y quizás también lo dual, que no son sinónimos, representa, en definitiva, lo misterioso por antonomasia. Y de allí viene el miedo que el blanco provoca en nosotros, pues nos hallamos indefensos ante un velo misterioso que oculta otros misterios.

     Volviendo a la obra de Poe, recordaremos que el blanco causa el miedo de los habitantes de Tsalal, isla cercana a la Antártica, ocupada por indígenas de piel negra. No importa si se trata de un simple pañuelo blanco o de un inofensivo polvillo blanco, lo que sea, la reacción de horror de los negros no tardaba en llegar.

     En la página final de la tragedia de Pym leemos: «Muchos pájaros gigantescos, de una blancura fantasmal, volaban continuamente viniendo de más allá del velo blanco, y su grito, mientras se perdían de vista, era el eterno ¡Tekeli-li!» (Poe, op. cit., p. 210). Ese acontecimiento causará la muerte de Nu-Nu, el habitante de Tsalal, el prisionero de Pym. El terrible ¡Tekeli-li! de las aves es imitado por los indios cada vez que se hallan ante la presencia del blanco o cuando están muy próximos a su poderosa influencia. Los pájaros serán los mensajeros de Dios: recordemos la importancia de éstos en el relato bíblico de Noé. Ellos anunciarán el último terror para los negros: vendrá figurado en Gigante Blanco.

     En síntesis, el blanco antártico en la novela de Edgar Allan Poe es un símbolo de terror y, por consiguiente, de misterio. Pero ¿qué significado podría tener el blanco en el ámbito del código moral y social del propio autor? Sidney Kaplan y Julio Cortázar, creen tener una respuesta: la lucha entre lo blanco y lo negro que se representa en "Narración de Arthur Gordon Pym" es una manifestación del pensamiento racista de Poe [4] «Poe no disimuló jamás sus opiniones en favor de la esclavitud» [5], dirá el argentino.


[4] Ver el Prólogo de Julio Cortázar para el texto de Poe que estamos revisando, especialmente las pp. 11 y 12.
[5] Poe, op. cit., p. 12. El pensamiento racista de Poe está asociado con una posición muy crítica contra la democracia. «Odiaba a la turba y despreciaba la democracia», señala Ferrari, y Baudelaire, en el prólogo de Nuevas Narraciones Extraordinarias, de E.A. Poe, citará un pensamiento que revela la filosofía política de Poe: «El pueblo no tiene nada que ver con las leyes, si no es obedecerlas».

     Pero, ¿cómo hacer coherentes las ideas raciales de Poe con la arquitectura de su novela? Por cierto no es difícil: el viaje de la Jane Guy (embarcación que rescata a Pym y sus compañeros del naufragio de su anterior nave, el Grampus) representa el esotérico camino hacia lo blanco, símbolo de la pureza. Cuanto más al Sur se adentran los navegantes, el blanco impone con más fuerza su presencia y su misterio. Cuanto más próximo a la Antártica –recordemos su otro nombre: el continente blanco–, Pym se halla más próximo al símbolo aristocrático por excelencia.

     Sin embargo, ese viaje iniciático no está exento de peligros y dificultades. La carnicería en la que son victimados los hombres de la Jane Guy a manos de los furibundos negros, son sólo algunas de las peligrosas pruebas que debe pasar el peregrino que va por esa senda solitaria.

     Como signo de cercanía a lo sacro y desde la perspectiva racista de Poe, seguimos analizando esta aproximación hacia el extremo último del Continente Blanco. A medida que el viajero se aproxima al centro del Polo, va experimentado un aumento gradual de la temperatura, o sea, en la medida que nos encontramos más próximos al centro del centro, las fuerzas hostiles de la Naturaleza van perdiendo el poder de su influencia. Y aunque este dato anotado por Poe en su relato pueda hoy parecer de escaso valor científico, lo cierto es que no estaba lejos de la experiencia que puede ser constatada por los sentidos de algún viajero antártico. Como ejemplo citamos el curioso fenómeno de los "oasis de la Antártica" donde el agua alcanza una temperatura comparativamente más elevada que el resto de las aguas antárticas [6]. ¿Conocía este fenómeno Edgar Allan Poe? Si pudiera respondernos, tal vez lo haría de la misma forma que H. P. Lovecraft cuando le preguntaron si había viajado alguna vez a París: «Sí, en mis sueños» [7].

[6] Ver los diarios chilenos de 1955, especialmente "La Tercera de la Hora" del 19 de Junio de 1955 y del 4 de Febrero de 1968.
[7] Revista Planeta Nº1. Argentina. Sept./Oct. 1964, p. 89.


     Poe pensaba, sin duda, de la misma forma. Recordemos su bella frase: «Toda certidumbre está en mis sueños» (Baudelaire, op. cit., p. 58).

     Un último dato en cuanto a Poe y su posición frente a los negros. Se especula que su gusto por la narrativa del miedo nace con las historia que escuchaba de los esclavos en la cocina de su casa cuando era un niño: «Y esos temores le habían inculcado los negros y negras esclavos de su tutor, en los relatos de aparecidos que constantemente tenían en la boca, y que el niño Edgar iba a escuchar en la cocina» (Ferrari, Santiago, E. A. Poe, Genio Narrador, Argentina, 1946, p. 16). Incluso, Hervey Allen, cuya opinión es citada por Ferrari, asegura que la influencia narrativa de los negros sobre Poe es aún mayor, pues la musicalidad de su composición literaria –los ritmos, complicados y llenos de matices– es, en cierta forma, "una imitación de los cánticos de los esclavos" (Ferrari, op cit., p. 16).

     Sea o no cierto, es importante considerar estas opiniones como hipótesis, las cuales pueden ayudarnos a arrojar luces en el caso Poe.

     Siguiendo muy de cerca al genial Poe, tras el misterio que aquí nos interesa, hallamos la persona de otro mago, el chileno Miguel Serrano.


MIGUEL SERRANO O LOS GIGANTES

     El Mito Antártico adquiere fuerza incontenible en la literatura del poeta, escritor y viajero Miguel Serrano, creador de textos mágicos como "Ni por Mar ni por Tierra", "La Serpiente del Paraíso", "Quién Llama en los Hielos", "El Círculo Hermético", "Elella, Libro del Amor Mágico", "Nietzsche y la Danza de Siva" y "Las Visitas de la Reina de Saba", con prólogo de C. G. Jung.

     Dicen relación con la Antártica dos de sus más interesantes trabajos: "La Antártica y otros Mitos", Santiago, 1948 y "Quién Llama en los Hielos", Santiago, 1957.

     El primero de ellos es la transcripción de una serie de conferencias dictadas en Chile por el autor y ex-diplomático. Su portada es reveladora: un dibujo de un gigante bicorne alado emergiendo de las blancas nieves y portando un tridente. Desde el comienzo, Serrano hace gala del sincronismo que mantiene con Poe.

     El tema de esas conferencias es el Mito en relación con la Antártica, y nos damos cuenta de que el título del texto, como dice Erwin Robertson, señala que «la Antártica es un mito» [8]. Serrano relacionará numerosas leyendas en referencia al tema que nos ocupa: los bellos relatos de los onas (antiguos habitantes de la Tierra del Fuego), la leyenda de la Virgen de los Hielos, el continente Lemuria, el gigante de Poe y, aún, la atrevida idea de que Adolf Hitler mora en el frío antártico. Y aunque a simple vista parezca no existir relación alguna entre cada una de éstas, la hay, puesto que todas estas leyendas se refieren a los misteriosos moradores de la Antártica. He aquí otro punto donde confluye el pensamiento de estos tres autores. Serrano conoce el relato de Poe y señala en relación al Gigante Blanco: «Es que Poe conocía la leyenda de los sélknam sobre los Jon que habitan la Isla Blanca» (Serrano, La Antártica y Otros Mitos, Chile, 1948, p. 28). «¿O sabía también del Prisionero de la Antártica, que vive en su fondo negro, y que seguramente por esto mismo se ve blanco?» (Serrano, Miguel, op. cit., p. 28).


[8] Revista Ciudad de los Césares Nº 18. Ver el artículo Manú: Por el Hombre que Vendrá, de Erwin Roberson.

     Para entender quiénes eran los Jon y a qué se refiere Serrano cuando habla de Isla Blanca, se recomienda leer la página 25 de "La Antártica y Otros Mitos", donde explica que los antiguos onas (los sélknam eran sólo una tribu ona) creían en la existencia de los Jon, humanos de casta aristocrática dotados de facultades sobrenaturales y poseedores de los Misterios. «Fueron los Jon, magos sélknam de la Tierra del Fuego, los que conservaron los secretos enseñados por Quenós y los que aún se inmortalizan embalsamándose dentro de los hielos del Sur, para resucitar renovados en el más lejano futuro. Dicen también los sélknam, que es en el Sur, allá, en esa "Isla Blanca que está en el Cielo" donde moran los espíritus de sus antepasados, haciendo una vida libre de preocupaciones» (Serrano, op. cit., p. 25).

     ¿Serán estos espíritus ancestrales los Antiguos, mencionados por Lovecraft?; ¿será la Antártica aquella Isla Blanca de la que hablaban las viejas leyendas onas?.

     Serrano, quien fue uno de los primeros chilenos en conocer la región antártica, da cuenta de la relación entre ese lugar y la locura (Serrano, op. cit., p. 20). Y señalamos, por nuestra parte, que el título de la inolvidable novela de Lovecraft "En las Montañas de la Locura" no se debe a un capricho o a una ocurrencia ingeniosa para llamar la atención de algunos lectores afiebrados.

     Serrano dirá que la única vía para comprender esta realidad súrdica, o mejor, para salvarse de la locura que allí acecha, es el Sueño (Serrano, op. cit., p. 20), y el mundo de los sueños es un elemento clásico de la narrativa de H. P. Lovecraft.

     La inquietante posibilidad de que exista una entidad no-humana en la Antártica se registra también en la páginas del texto del autor chileno. El sincronismo entre estos dos escritores nos deja asombrados, sobre todo porque Miguel Serrano desconocía la obra de Lovecraft cuando escribió "La Antártica y otros Mitos". Citemos, entonces, a Serrano, quien con su arte nos recuerda a los viejos alquimistas: «Sin embargo, en ese continente del reposo y de la muerte alguien vive. Un prisionero se agita, teniendo por medio habitable el fuego ardiente y eterno» (Serrano, op. cit., p. 20). Esta idea de Serrano se plasma también en otro texto del mismo autor: "Quién Llama en los Hielos".

     He aquí un párrafo [de Lovecraft] de belleza terrible: «Yo he visto a ese ser, a ese Ángel negro, ahí, en su recinto del Polo Sur. Es en una inmensa cavidad oscura donde reside... Espacios enormes, sin límites, livianos y deprimentes a la vez, que se extienden, con seguridad, por el interior psíquico de la Tierra, debajo de los hielos eternos. Y así se mueve el Zinoc... Asciende o desciende, hasta el extremo de esa cavidad y, desde ahí, se arroja a una velocidad vertiginosa en demanda de su otro extremo, de su final inalcanzable. Toda la eternidad lo ha pasado en ese esfuerzo, cayendo de cabeza, tratando de alcanzar el lugar antipódico del que ha sido proscrito en el comienzo mismo de la creación. El Norte es su sueño, su anhelar profundo y su mayor sufrimiento» [9].

[9] Citado por Marco Paredes en El Mito en la Obra de H. P. Lovecraft, pp. 26-29 de la revista Entreguerras Nº 9, Santiago de chile, Primavera de 1994.

     Lovecraft, por su parte, en su novela escribirá algo revelador: «Se fundaron nuevas ciudades terrestres, las más importantes de ellas en el Antártico, ya que aquella región, escenario de su llegada, era sagrada. A partir de entonces, el Antártico fue como antes el centro de la civilización de los Antiguos, y todas las ciudades construídas allí por la prole de Cthulhu fueron destruídas» [10]. Más adelante, el narrador de la novela de Lovecraft indicará que los mapas encontrados en la vieja ciudad polar muestran que las ciudades de los Antiguos en la época pliocénica se hallaban en su totalidad por debajo del paralelo 50 de latitud Sur. Estas referencias de ambos autores son fundamentales, porque nos indican la oposición simbólica entre Polo Norte (o la mítica Hiperbórea) y Polo Sur, sede de los Antiguos.


[10] Lovecraft. H. P., En las Montañas de la Locura, en Obras Escogidas de Lovecraft, Primera selección, España, 1956, p. 195.

     Esta oposición no responde solamente a una diferencia de carácter geográfico, sino que, ante todo, a diferencias espirituales. En efecto, el Polo Norte es el polo positivo –en términos cristianos, el Bien– y el Polo Sur, el negativo –desde la misma perspectiva, el Mal–. Sin embargo, estos opuestos, conforme a los principios de la filosofía maniquea, se complementan. Ambos polos mantienen el orden en la Tierra, y regulan el buen funcionamiento energético de nuestro mundo. La única posible diferencia dice relación con el tipo de energía que irradian dichos lugares, pues en verdad son centros energéticos.

     Este conocimiento que se expresa a través de la literatura moderna (Lovecraft y Serrano), que diferencia los centros volitivos terrestres, concuerda punto por punto con el pensamiento antiguo o tradicional que enseñaron los maestros indoeuropeos, para quienes las palabras que nombran a los distintos lugares sagrados son: Cielo, Tierra o Mundo Medio e Infierno. El Cielo, para ellos, es la morada de los héroes, aquellos que vivieron la vida tal como se debe, y corresponde a Hiperbórea o nuestro Polo Norte; la Tierra es el lugar habitado o terreno de expediciones y viajes, ellos la identificaban con Asia y Europa. El Infierno, que era el lugar de los demonios –los Antiguos y los Shoggoths– parece no haber sido descripto y ubicado con tanto detalle y precisión por los antiguos sabios indoeuropeos. Ese Infierno es para nosotros el Polo Sur.

     En "Quién llama en los Hielos" Serrano relata un sueño, en el cual un misterioso ser le dice: «La inmortalidad se logra entre los hielos –me respondió– y se consigue helándose. No soy nadie, ni nada puedo hacer ahora. Tu gran combate será con el Ángel de Sombras». Serrano destaca sobre todo los mitos onas en sus conferencias sobre los Mitos de la Antártica, para proporcionarnos una clave para descifrar los escondidos arcanos: «Fue Quenós quien empezó a crear la Tierra, de arriba abajo. Pero antes, con arcilla blanca modeló a los Hohuen, seres gigantescos y transparentes como ángeles. Apenas creados, los Hohuen comenzaron a luchar entre ellos. Sin embargo, no podían morir» (Serrano, op. cit., p. 204). He aquí los mismos rasgos arquetípicos de los Antiguos lovecraftianos: gran tamaño, poderosos, belicosos, no-humanos e inmortales. La mitología ona señala que los Hohuen (nuestros Antiguos) fueron creados con hielo. Esto, en verdad, señala su origen geográfico: la Antártica.

     Para finalizar, la novela de Miguel Serrano aporta un dato que es, quizás, el hilo que nos permite unir a los tres autores, a saber, la relación del blanco con el continente helado. El color en este caso no sólo es expresión de los hielos sino de aspectos inmateriales y filosóficos. Cortázar, como ya fue escrito, siguiendo en esto a Sidney Kaplan, verá en estos principios el fundamento del racismo de Poe: «La oposición del negro como signo negativo y del blanco como una fuerza que lucha con él en último término» (Poe, op. cit., Prólogo de Julio Cortázar, p. 11). Y a propósito de racismo, debemos señalar aquí un hecho que no deja de intrigarnos: Poe y Lovecraft sustentaron una filosofía racista, y Miguel Serrano sustenta hoy esa misma filosofía. Recuerde el lector que no hay casualidad sino causalidad misteriosa.

     Pero citaremos al propio Serrano respecto la vinculación entre los colores y la Antártica: «Existe además una relación entre el color y el polo. Los pájaros negros tienden a desaparecer de esos mares y les es muy difícil alcanzar las latitudes extremas de la Antártica. En cambio, las aves de plumaje blanco soportan el frío mucho mejor» (Serrano, op. cit., p. 264). Curioso, Lovecraft también nos habla de este otro vínculo entre pájaros y color. En su bello poema Antarktos, leernos:

«En lo hondo de mi sueño el gran pájaro susurraba extrañamente
hablándome del cono negro de los desiertos polares,
que se alza lúgubre y solitario sobre el casquete glaciar.
Azotado y desfigurado por los eones de frenéticas tormentas.
Allí no palpita ninguna forma de vida terrestre:
sólo pálidas auroras y soles mortecinos
brillan sobre ese peñón horadado, cuyo origen primitivo
intentan adivinar a oscuras los Ancianos.
Si los hombres lo vieran, se preguntarían simplemente
qué raro capricho de la Naturaleza contemplan:
Pero el pájaro me ha hablado de partes más vastas
que meditan ocultas bajo la espesa mortaja de hielo.
¡Dios ayude al soñador cuyas locas visiones le muestren
esos ojos muertos engastados en abismos de cristal».

     Y ya que hemos mencionado a Lovecraft, ha llegado el momento de adentrarnos en sus símbolos y sus mitos.


HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT O EL TROVADOR DE LENG

     El recluso de Providence, el maestro del horror y genio de la literatura fantástica de este siglo [XX], escribirá en el año 1931 una de sus pocas novelas que se constituirá en un pilar fundamental de su opus. Nos referirnos a "En las Montañas de la Locura".

     Escribirla y publicarla fue todo un sufrimiento para nuestro autor. La razón: él detestaba transcribir a máquina sus narraciones, pero ése era un requisito obligatorio para que cualquier cuento o novela fuera considerado para su publicación en revistas para aficionados tales como la legendaria Weird Tales. Lovecraft dirá, refiriéndose al director de la mencionada revista: «¡Maldito sea Wright, por rechazarme el cuento que casi me mata al mecanografiarlo!» (Sprague de Camp, Lovecraft. Una Biografía, España, 1992, p. 293). Ésa fue una experiencia muy dura y desagradable para Lovecraft. Sin embargo, el destino no quiso que su novela pasara inadvertida, y decidió que al final debería ser publicada.

     En síntesis, "En las Montañas de la Locura" trata de las aventuras de una expedición científica a la Antártica, pero el protagonista, antes de iniciar su relato, insiste en advertir a los posibles lectores que aquel continente no debe ser horadado por mano alguna, no vaya a ocurrir que se despierten horrores que no deben ser liberados.

     El horror que no debe ser perturbado es la raza de los Antiguos y sus esclavos, los Shoggoths. En la mitología lovecraftiana, los Antiguos son horribles deidades que bajaron desde el cielo y que hicieron de la Antártica su primera base. Esos gigantes de cabeza en forma de estrella crearon al hombre y también a los Shoggoths, torpes bestias de carga, sumisas en un comienzo, pero que más tarde fueron capaces de conducir una rebelión en contra de sus señores. Es difícil sustraerse a la tentación de comparar esa emancipación con el combate bíblico entre Dios y sus Ángeles fieles contra el Primer Rebelde, Lucifer o Prometeo. Los Antiguos se defenderán de esa amenaza por medio de un arma tan devastadora como la bomba atómica. «Los Antiguos utilizaron unas curiosas armas de perturbación molecular y atómica contra los entes rebeldes, y al final abrazaron una completa victoria» (Lovecraft, En las Montañas de la Locura, p. 196). Conviene recordar que sólo en 1945 caerá una bomba atómica sobre Hiroshima y otra en Nagasaki. Este carácter profético de la obra lovecraftiana es otro de sus inquietantes aspectos.

     La narración hace turbadoras referencias a un libro espantoso de saber prohibido: El Necronomicón, del árabe demente Abdul Alhazred. Ese obscuro texto es un elemento clave en la narrativa de Lovecraft, es la fuente de su cosmogonía y de su teología. El Necronomicón habría sido consultado por algunos de los miembros de la expedición antártica, especialmente por Danforth, que era un estudioso y «un gran lector de temas extraños que había hablado mucho de Poe» (Lovecraft, op. cit., p. 125); además él era uno de los pocos infortunados que habían tenido el valor para examinar en forma exhaustiva el condenado libro. Danforth se referirá en repetidas ocasiones al Necronomicón y hará tímidas referencias sobre la posibilidad de que la oscura Meseta de Leng, aquella tenebrosa región, cuya ubicación ni el mismísimo Alhazred fue capaz de precisar, en verdad sea un antiguo nombre para señalar la Antártica.

     Más que la narración en sí misma, la atmósfera de terror de la novela está dada por el paisaje y por el ambiente urdidos por la pluma de Lovecraft. En efecto, él será siempre fiel a un principio suyo según el cual lo más importante en la literatura de terror no es tanto la trama sino el ambiente o la atmósfera que crea el escritor, y los sentimientos y sensaciones nefandos que experimenta el lector. Ángela Carter, en un excelente estudio lovecraftiano, señalará al respecto: «La Antártica de Lovecraft es el más terrible de todos sus paisajes. Ese desolado reino del hielo y muerte, el lugar de donde le llegaba "la niebla y la muerte" al viejo Marinero es, al mismo tiempo, una versión realzada de la Antártica real, y una visión de la aborrecible meseta de Leng, el techo del mundo» [11].


[11] Ver Mundo Desconocido, España, Abril de 1981, p. 133, artículo de Ángela Carter, "Lovecraft y su Paisaje", incluído en el estudio sobre El Necronomicón.

     Lovecraft, con la pluma de un escritor que es ante todo un observador atento y un psicólogo, ha creado de forma singular uno de los ambientes más inhóspitos y más hostiles a la Tierra. Cada elemento del continente súrdico es una daga, un pasaje sin salida hacia la Muerte. Algunos de esos elementos están representados por el Viento, la Soledad, la Lejanía, las Leyendas, el Hielo, el Olor y, por supuesto, los habitantes de ese yermo, que ocultos en la blancura no están muertos sino que esperan ser despertados de su sueño conjurado. Y como ejemplo del uso magistral de esos elementos, citaremos algunas líneas de la novela que hacen ilusión al sonido del viento: «El terrible viento antártico soplaba a intermitencias, y su cadencia tenía para mí un vago sonido musical, semejante al eco de unos caramillos silvestres, que por algún motivo ignorado me parecía inquietante e incluso amenazador» (Lovecraft, En las Montañas de la Locura, p. 124).

     El título de la novela se refiere particularmente a la gigantesca cordillera donde se hallan las colosales ruinas de las ciudades de los Antiguos, una región de alturas imposibles de alcanzar por la mente y los sentidos de un hombre normal y donde lo asombroso es la regla. Adentrarse en aquellos lugares significa penetrar en el subconsciente, eterno océano cósmico de arquetipos: «Era como si aquellos capiteles de pesadilla constituyeran el umbral que daba paso a prohibidas esferas de ensueño, a complejos abismos de tiempo, espacio y ultradimensionalidad remotos» (Lovecraft, op. cit., p. 152).

     La arquitectura lovecraftiana es un concepto desafiante y atrevido que tiende a llevar los sentidos a su máximo nivel de resistencia, justo hasta el punto en que la tensión es casi insoportable, y terminarán por precipitarse en la obscuridad de un vacío sin sensaciones. Este rasgo tan personal de su estilo narrativo lo hallamos en varios de sus más sobresalientes relatos, a saber, El Llamado de Cthulhu, La Ciudad Sin Nombre y Los Sueños en la Casa de la Bruja. En todos éstos, lo titánico y lo grandioso es la esencia del contenido narrativo. Ante esos edificios formidables y esas esculturas anormales e inquietantes, el hombre debe comprender que no es más que un pequeño átomo, una criatura insignificante que cree conocer los secretos de la inmensidad del espacio interestelar y la de vida, cuando en realidad no pasa de ser un ignorante, un zafio, que flota en un ancho mar de conceptos irrelevantes, creados para hacer más llevadera su existencia.

     Aquellos exploradores de la fría Antártica sentirán esa ominosa sensación de insignificancia, y entre aquellos que poseen un nivel más alto de comprensión, como es el caso de Danforth, enloquecerán. Al final serán ahogados por la terrible inmensidad y la devastadora opresión de la soledad en las turbulentas aguas de la locura.

     Otro elemento de horror es el misterioso grito que ya habíamos mencionado en el apartado dedicado a Edgar Allan Poe. Sí, el temible ¡Tekeli-li!. Las palabras de Poe se transforman por medio de la magia de Lovecraft en el pájaro que avisa la muerte, el misterio cargado de amenazas, pues es el encuentro con el horror más terrible, es la voz misma de los Shoggoths. Danforth, que conocía la obra de Poe, dirá «que estaba interesado debido al escenario antártico de la única novela larga de Poe: la desconcertante y enigmática Arthur Gordon Pym» (Lovecraft, op. cit., p. 125). Como vemos, otra vez la literatura de Poe es el punto de partida de autores posteriores, como Serrano y Lovecraft. En efecto, Poe es la Llave.

     Señalados algunos aspectos primordiales de la novela de Lovecraft, revisaremos a continuación de manera detenida las claves del misterio de la Antártica que se encuentran en aquélla.

     La primera clave, que nos ayudará en la comprensión de aspectos un tanto obscuros en las obras de los otros dos autores, es aquella que señala a la Antártica como el lugar donde hicieron su entrada los Antiguos. El Polo Sur es la Puerta. Desde allí las huestes luciferinas ascenderán hacia el Polo Norte, hacia la mítica Hiperbórea, en un camino de representación de la ascesis esotérica por los distintos chakras corporales y que es la vía de toma del poder divino, precisamente lo que el Demiurgo castigó. Serrano en un entrevista dijo: «La Tierra es un astro, un ser vivo, que está aquí, que tiene sus distintos órganos, y la parte correspondiente al Sur del mundo, y al Polo, corresponde a los órganos sexuales» [12].

[12] Revista Ciudad de los Césares Nº 13. Ver el artículo de Miguel Serrano "El Peregrino de la Gran Ansia", p 12.

     Estos datos nos permiten entender por qué el cristianismo ha sido tan reticente al poder sexual y a la energía que de él deriva. Esto se debe, como vimos recién, a la relación existente entre energía sexual y Lucifer. Sin embargo, una alquimia espiritual ha de facultarnos el trascender el plano de la energía sexual pura (el orgón de Wilhelm Reich) para transformarla en energía del Espíritu, aquello que nos llevará a ese estado de plenitud.

     El Polo Sur –que es el sexo del mundo– es la guarida de los Antiguos. Y aunque hayan ocupado también otros territorios, volverán allí a construír sus ciudades. René Guénon, en una crítica a la interpretación de Eliphas Levi sobre el Infierno de Dante, dice: «Esto es cierto en un sentido, puesto que el monte del Purgatorio se formó, en el hemisferio austral, con los materiales arrojados del seno de la Tierra cuando la caída de Lucifer cavó el abismo» (Guénon, El Esoterismo de Dante, Argentina, 1976). ¿Podemos afirmar, entonces, que el monte del Purgatorio era la Meseta de Leng de la que nos habla El Necronomicón?.

     Esta intuición de Lovecraft para reconocer al Polo Sur como Puerta y Guarida de los Antiguos, puede probar lo que muchos piensan sobre él: era un iniciado en el esoterismo. Sin embargo, creemos que su despertar no lo debería a las generosas fuentes de alguna hermandad secreta sino a su poderosa intuición que fue haciéndose lúcida a través de sus lecturas y a la justa interpretación de los mensajes que le llegaban del mundo de sus sueños.

     La segunda clave revela que el viaje externo realizado por los hombres del Arkham y el Miskatonic (los barcos que transportan a los exploradores de la Antártica) es también un viaje interior. En efecto, ellos deben enfrentarse con los Cinco Elementos para llegar al Centro del Laberinto. Esa lucha nos recuerda la inmortal Divina Comedia, de Dante. Ambos textos describen muy bien las etapas del camino iniciático. Difieren, eso sí, en que en los expedicionarios del Miskatonic no resuelven el enigma de la Esfinge y se precipitan en el Infierno, para sufrir para siempre en su pestilencia.

     El viaje hacia el Centro del Sur, el Polo Sur, es la senda conductora al Centro del Mundo Inconsciente. De allí su dificultad: verse arrastrado en las turbulentas aguas de los sueños, de los miedos y de los traumas. Esa turbadora realidad ha quedado representada en las páginas finales de la novela, escenas que transcurren en vertiginosos laberintos bajo tierra, sitios donde serán descubiertos el narrador y el joven Danforth por un Shoggoth, el cual viene a significar al Minotauro, el guardián del Laberinto.

     El Laberinto requiere de especial atención, porque ocupa un lugar de preferencia en la narrativa lovecraftiana, verbigracia: "En los Muros de Eryx", "Encerrado con los Faraones", "La Bestia de la Gruta", "Las Ratas de las Paredes" y "Horror en Red Hook". En todos esos relatos siempre hallaremos una imagen del Laberinto y sus moradores. Es probable que el mayor número de semejanzas entre los relatos de Lovecraft puedan ser halladas en la novela antártica y en La Bestia de la Gruta. En ambos relatos el Laberinto tiene la forma de una caverna [13] o si se quiere, una profunda hendidura en la tierra. Por lo general se asocia a la caverna como la morada de nuestros primitivos antepasados, pero además posee otro significado más justo: es el recinto donde se realiza la iniciación. «La caverna debe formar un todo completo y contener en sí misma la representación del cielo tanto como de la tierra» (Guénon, op. cit., p. 176). Es el lugar de la muerte y de la resurrección.

[13] Guénon, René, Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Buenos Aires, 1988, pp. 173-180.

     Con respecto al Laberinto, un principio fundamental es la selección: no cualquiera debe entrar allí. Es una de las pruebas finales, aquella que mide las destrezas adquiridas en el largo camino de la ascesis gnóstica. Es la última partida de ajedrez, en la cual uno se enfrenta con un enemigo que sigue nuestro avance y que nos conoce. Es el enfrentamiento contra el más terrible de nosotros: el Monstruo.

     Los Antiguos, como su nombre lo indica, son la representación viva del mundo pasado, en el principio del tiempo; son la imagen de aquello que se halla en lo más recóndito de nuestra mente. Los Shoggoths son la degeneración de lo antiguo, lo imperfecto o que se halla sometido a un proceso de cambio constante. El Blanco –la gran llave del misterio antártico– es lo intocable, lo virginal y prohibido. El Viento corresponde a aquello que es intangible pero que sin embargo existe, los murmullos de los otros. El grito ¡Tekeli-li! es lo terrible que se dice y repite, una y otra vez. Las titánicas construcciones pétreas son aquello que aunque no tiene objetivo ocupa un lugar en la mente; es un estorbo, una inútil ruina que debemos dejar de lado. Y el nefando Necronomicón es el lugar donde todos estos elementos toman la forma terrible de la leyenda, que se perpetúa más allá de los eones y de las generaciones, llevando consigo el mensaje de los antepasados.

     Desde esta perspectiva, se puede decir que el narrador prohibe, en términos de una advertencia, la explotación y explotación de la Antártica para señalar, en realidad, que nadie debe atravesar el mundo de lo inconsciente si no está preparado, pues podría no regresar.

     La interpretación que hemos hecho podrá semejarse al psicoanálisis a los ojos de algunos. Pero no es así, por cuanto toda técnica psicológica está limitada por un visión y un pensamiento parcelados y muy distantes de todo origen o fuente primera; por tanto, nada más alejado de un esfuerzo por lograr una visión tradicional que se caracteriza por el totalitarismo, o sea, que intenta ubicarse fuera de todo punto de vista: en el centro mismo del Centro. Entonces se trata de entender el sentido oculto de esta novela desde la interpretación tradicional de René Guénon y de Évola, pues sólo una filosofía tradicional nos permite hacer una comparación esotérica de la obra de Lovecraft respecto a la obra de otros autores, algunos de ellos poseedores de un sólido conocimiento de la Tradición, y otros ignorantes de esta misma filosofía: no hace falta más que leerlos para darse cuenta quiénes son los unos y quiénes los otros.


EL ENCUENTRO DE TRES GIGANTES

     Los textos que hemos revisado están relacionados –sin duda– por un mismo tema y por un escenario único. Hemos comprobado que el pensamiento de estos tres autores coincide merced a una causalidad interna que no es fácil de descifrar, pero que responde a un sincronismo universal y a las fuentes únicas de cuyas aguas ellos han bebido.

     Una vez concluído este viaje a la Antártica creemos que es conveniente sentarnos en compañía del aristócrata Edgar Allan Poe, de rostro lívido y frente amplia, y del gran Miguel Serrano, un adepto del Amor Mágico. Junto a ellos está cómodamente sentado uno los hombres más lúcidos del siglo, Howard Phillips Lovecraft. Si nos acercamos y compartimos su conversación, podremos oír maravillosas historias de gigantes blancos, del Hohuen y de los Antiguos. Y si agudizamos más el oído oiremos todos un fino susurro, un bisbiseo que proviene, sin lugar a dudas, de los fríos mares antárticos.–



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