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martes, 11 de abril de 2017

Principios Filosóficos Fundamentales del Nacionalsocialismo



     De Laureano Luna Cabañero, filósofo español que participó durante un tiempo en la organización CEDADE, se publicó en Barcelona en 1983, como parte de un esfuerzo formativo de dicha organización (Cuadernos de Formación Nº 5), el siguiente escrito, una clara presentación de conceptos esenciales de la cosmovisión nacionalsocialista, clarificados para su relación con la realidad y corroborados por las propias palabras del Führer.


Principios Filosóficos Fundamentales
del Nacionalsocialismo
por Laureano Luna, 1983



PRÓLOGO

     Este ensayo sólo pretende ser una síntesis útil, no un trabajo de investigación ni una obra destinada a argumentar y convencer. Por tanto no está dirigida al público en general, ajeno a nuestras ideas, sino a los camaradas a quienes quiere ofrecer un resumen esquemático y ordenado de nuestra forma de pensar.

     He procurado derivar las ideas regularmente desde los principios más generales y considerando necesario refrendar mi exposición con las palabras del Führer para ofrecer al lector, y a mí mismo, garantía de que no enlazo meras especulaciones personales sino que me remito a ideas íntimamente insertas en nuestra ideología desde siempre.


I. LOS TRES PRINCIPIOS

     El núcleo de la filosofía del Nacionalsocialismo puede definirse en tres principios muy generales:

1. El mundo es en última instancia de origen espiritual, el Espíritu es anterior y superior a la materia. La esencia y el destino del hombre son en última instancia también espirituales.

2. En la naturaleza del hombre está contenido un imperativo moral que lo compromete en la lucha por el mejoramiento del mundo a través de la acción.

3. Si el hombre está interiormente comprometido en el mejoramiento del mundo, los objetivos concretos así como los métodos de acción vienen dados por el estudio científico de la realidad y no pueden ser deducidos por las simples especulaciones de la mente.


     Un nacionalsocialista debe estar compenetrado con estos tres principios. En la lucha política puede ser admitida la colaboración de quienes sólo acepten los dos últimos, esto es, el compromiso moral y la necesidad de conocimiento científico, porque el primer principio es de naturaleza metafísica, y un individuo, para comulgar con nuestros fines políticos concretos, no necesita, en principio, mas que aceptar los dos últimos.

     La filosofía nacionalsocialista no quiere definirse en el campo de la gnoseología (crítica del conocimiento, teoría del fenómeno y la cosa en sí, etc.), supone solamente la admisión de la existencia de una realidad perfectible por la acción humana. Tampoco pretende el Nacionalsocialismo constituír una "filosofía de la Ciencia" a la manera del "materialismo dialéctico" de los marxistas. Con frecuencia las filosofías de la Ciencia obstruyen el mismo desarrollo de la Ciencia. La única filosofía posible ante la Ciencia es la aceptación de la realidad empírica tal como la investigación científica la descubre.


II. PRIMERA AMPLIACIÓN DE LOS TRES PRINCIPIOS

—1. El primero de nuestros principios (la espiritualidad del mundo y del hombre) que no supone, tal como queda definido en el programa del NSDAP, adscripción a ninguna confesión religiosa determinada, queda contenido en multitud de pasajes y alocuciones de Adolf Hitler, de las que aquí reproducimos una:

     "Un Estado de concepción racista tendrá en primer lugar el deber de sacar al matrimonio del plano de una perpetua degradación racial y consagrarlo como la institución destinada a crear seres a la imagen del Señor" (Mi Lucha, 2, II).

     La afirmación, implícita en este texto, de la existencia de Dios supone la primacía y la anterioridad del Espíritu sobre la materia. La afirmación de la necesidad de que el hombre sea constituído imagen de Dios confirma la naturaleza espiritual del hombre.

—2. La necesidad del compromiso moral se deduce de la constante exaltación que Adolf Hitler hace de la abnegación y el heroísmo a lo largo de sus textos, de los que entresacamos algunos:

     "El instinto de conservación ha alcanzado en él [en el ario] su forma más noble al subordinar su propio Yo a la comunidad y llegar al sacrificio de la vida misma en la hora de la prueba; el criterio fundamental del cual emana este modo de obrar lo denominamos, por oposición al egoísmo, idealismo. Bajo este concepto entendemos únicamente el espíritu de sacrificio del individuo en favor de la colectividad, en favor de sus semejantes (...)
     La posteridad olvida a los hombres que laboraron únicamente en provecho propio y glorifica a los héroes que renunciaron a la felicidad personal" (Mi Lucha, 1, XI).

     Del idealismo moral se desprenden:

a) El honor y el sentido aristócrata del alma humana. Esto significa que la responsabilidad ética, por encima de los bienes materiales o estéticos, es el bien más precioso que posee cada uno, y que la pérdida del honor personal es la mayor desgracia que puede recaer sobre el individuo. Y

b) El socialismo. El socialismo consiste en la voluntad espiritual de anteponer los intereses comunes a los intereses individuales, tal como reza el punto 25 del programa del NSDAP. Esto supone la consecución de un acuerdo social que anteponga la justicia a los intereses de grupo alcanzando así la superación de la lucha de clases en la cooperación social. Es evidente que esta voluntad social sólo puede partir de la capacidad moral de cada individuo.

—3. Ya Hitler experimentó la necesidad del conocimiento de la Naturaleza y se lamentó de la ignorancia de sus contemporáneos ante sus leyes. Así aparece en este paisaje:

     "Hay verdades que están tan a la vista de todos que, precisamente por eso, el vulgo no las ve o por lo menos no las reconoce. Así peregrinan los hombres en el jardín de la Naturaleza y se imaginan saberlo todo y conocerlo todo pasando, con muy pocas excepciones, como ciegos junto a uno de los más sobresalientes principios de la vida: el aislamiento de las especies entre sí" (Mi Lucha, 1, XI).

     El conocimiento científico es fundamental para nosotros los nacionalsocialistas porque sólo él nos ha de permitir encaminar de manera realmente provechosa nuestra acción moral, señalándonos cómo ha de ser construído un mundo mejor y evitando que, por ignorancia, perjudiquemos a la vida queriendo beneficiarla. El reconocimiento total de los principios de la Naturaleza es el principal mérito moral y científico del Nacionalsocialismo, y en ello radica la diferencia entre la moral nacionalsocialista y el moralismo igualitarista de los racionalistas. Estos últimos pretenden imponer a la Naturaleza sus dogmas sin considerar la constitución real del mundo ni las consecuencias de sus acciones arbitrarias.

     Los racionalistas y los moralistas burgueses no son realmente éticos porque buscan más una satisfacción emocional de sus anhelos igualitarios que una verdadera mejora de la vida. Esto en el mejor de los casos, porque de ordinario las pretensiones dogmáticas de la mente frente a la Naturaleza esconden un ansia de dominio que está sin duda en la base de las concepciones imperialistas del internacionalismo.

     Así el capitalismo y el comunismo buscan modelar una sociedad internacional gris, igualitaria y atómica, destruyendo las diferencias naturales. Frente a esto, los nacionalsocialistas pensamos que la ética exige la búsqueda incondicional de la verdad y no la imposición de especulaciones mentales. De este acercamiento científico a la Naturaleza, los nacionalsocialistas extraemos:

a) El anti-igualitarismo, porque la Ciencia nos demuestra que los individuos, los sexos y las razas son genéticamente desiguales por razones esencialmente evolutivas y que igualar arbitrariamente a aquéllos o mezclar indiscriminadamente a éstas no puede estar exento de nefastas consecuencias biológicas y culturales. Pero este anti-igualitarismo nos obliga también a no reconocer más diferencias que las naturales y a luchar, por tanto, contra los privilegios.

b) El nacionalismo racial, deducido de lo anterior. La Ciencia nos enseña la importancia de la salud racial de la sociedad como la primera condición precisa para el florecimiento de la cultura y los valores. La observación de la Naturaleza nos muestra que, en última instancia, la raza es la comunidad natural del individuo, el grupo de personas con las que posee un parentesco genético, base de un parentesco espiritual.


III. SEGUNDA AMPLIACIÓN DE ESTOS PRINCIPIOS

—1. De la naturaleza moral del hombre se deduce la exigencia de la lucha, la necesidad de la acción. Tiene que quedar muy claro que nacionalsocialista no es aquel que comulga con nuestros principios teóricos sino aquel que combate por ellos. La teoría sin la acción no vale nada. Escribió Adolf Hitler:

     "Toda concepción ideológica, por mil veces justa y útil que sea para la Humanidad, quedará prácticamente sin valor en la vida de un pueblo mientras sus principios no se hayan convertido en el escudo de un movimiento de acción" (Mi Lucha, 2, I).

     La legítima defensa de objetivos éticos puede justificar la violencia cuando se hayan agotado los medios espirituales, como dice Hitler:

     "Desde el primer día el joven movimiento sostuvo el punto de vista de que su idea debía ser propagada por medios espirituales, pero que esa acción espiritual tendría que estar garantizada en caso necesario por la fuerza del puño" (Mi Lucha, 2, IX).

     Por tanto no puede tratarse de una glorificación de la violencia por la violencia, exenta de sentido y contenido:

     "Todo intento de combatir una tendencia ideológica por medio de la violencia está predestinado al fracaso, a menos que la lucha no haya asumido el carácter de agresión en pro de una nueva concepción espiritual" (Mi Lucha, 1, V).


—2. Nuestro socialismo, por idealista, posee exigencias propias:

A) Supone la búsqueda incondicional del bien común, tal como queda reflejado en los puntos programáticos (Nº 25) del NSDAP.

B) Supone también la ocupación del Estado no por una clase económica o política egoísta sino por una minoría idealista.

     Como escribe Hitler:

     "Es un hecho que cuando en una nación, persiguiendo una finalidad común, un determinado contingente de máximas energías, se segrega definitivamente del conjunto inerte de una gran masa, esos elementos de selección llegarán a elevarse a la categoría de dirigentes del resto. Las minorías hacen la Historia del mundo, toda vez que ellas encarnan, en su minoría numérica, una mayoría de voluntad y de entereza" (Mi Lucha, 1, V).

     Pero esto no significa el dominio de una clase sobre otra sino la selección de los mejores elementos de todo el pueblo al servicio de todo el pueblo:

     "El Estado racista no tiene por misión el mantenimiento de la influencia de una determinada clase social; su tarea consiste más bien en la selección de los más capacitados dentro del conjunto nacional para luego promoverlos a la posición de dignidad que merecen" (Mi Lucha, 2, II).

C) El reclutamiento de esa minoría dirigente conlleva la destrucción de los privilegios y la igualdad de oportunidades. Dice Hitler:

     "Será misión del Estado racista velar porque su sistema educacional permita una constante renovación de las capas intelectuales subsistentes mediante el aflujo de elementos jóvenes procedentes de las clases inferiores. El Estado tiene la obligación de seleccionar del conjunto del pueblo con máximo cuidado y suma minuciosidad aquel material humano notoriamente dotado de capacidad por la Naturaleza para luego utilizarlo en servicio de la colectividad" (Mi Lucha, 2, II).

D) La ocupación del Estado socialista por una minoría idealista implica la creencia en la primacía de la política y la moral sobre la economía en la salida de la crisis de la sociedad. Según dice Hitler:

     "Sólo cuando se llegue a comprender que también en este caso le corresponde a la economía únicamente un papel secundario, en tanto que los factores políticos y de orden moral y racial tienen que considerarse como primordiales, podrá penetrarse el origen de la calamidad actual y con ello encontrar también los medios de orientación conducentes al saneamiento de la Nación" (Mi Lucha, I, X).

     Esto comporta también la negación del materialismo histórico, economicista, y la afirmación de que son fuerzas espirituales y raciales las que en última instancia determinan la Historia, y es esto por lo que es útil también el conocimiento biológico del comportamiento humano. Frente al determinismo economicista exclama Adolf Hitler:

     "¡Cuídese bien de saber apreciar debidamente la fuerza de un ideal!" (Mi Lucha, 2, II).

E) Nuestra visión ética del socialismo exige también la colocación del capital al servicio del hombre, de su trabajo y de sus valores morales, tal como lo expresa Adolf Hitler:

     "Es posible que el oro se haya convertido hay en el soberano exclusivo de la vida, pero no cabe duda de que un día el hombre volverá a inclinarse ante dioses superiores. Y también es posible que muchas cosas del presente deban su existencia a la sed de dinero y de fortuna, mas muy poco de todo esto representa seguramente valores cuya inexistencia podría hacer más pobre a la Humanidad (...)
     También en esto le corresponde un cometido especial al movimiento nacionalsocialista que, ya en la actualidad, predice el advenimiento de una época en la cual a cada uno se le dará lo que necesite para su existencia, cuidando sin embargo, como cuestión de principio, que el hombre no viva pendiente únicamente del goce de bienes materiales" (Mi Lucha, 2, II).

F) La moral socialista impone al individuo la obligación de trabajar. El programa del NSDAP afirmaba que el primer deber del ciudadano es el trabajo, y exigía la abolición de todo ingreso no conseguido mediante el trabajo.

G) La moral socialista conlleva de igual modo el reconocimiento de la igualdad en la dignidad, en deberes y derechos de todos los trabajadores:

     "La comunidad tiene que reconocer en un sentido ideológico la igualdad de todos desde el momento en que cada uno, dentro de su radio de acción –sea cual fuere– se esfuerza por hacer lo mejor que puede" (Mi Lucha, 2, II).

     "El Estado nacionalsocialista no distingue clases y conoce, en el sentido político, únicamente ciudadanos con derechos absolutamente iguales y, consiguientemente, con deberes generales también iguales" (Mi Lucha, 2, XII).


—3. El Nacionalsocialismo está comprometido en el progreso de la Ciencia. Especialmente, desde un punto de vista doctrinal, está interesado en la Biología. Los progresos de la moderna Biología, de la Genética, y de sus nuevas corrientes (Etología, Sociobiología...) le incumben directísimamente hasta el punto de que debe hacer suyos los avances científicos de esa ciencia y debe desarrollar su contenido ideológico de acuerdo con el creciente acervo de conocimientos científicos adquiridos. El Nacionalsocialismo debe utilizar la Sociobiología, el estudio de las bases genéticas del comportamiento, como instrumento científico propio.

     El acercamiento científico a la Naturaleza determina el carácter orgánico de nuestro socialismo, carácter que se manifiesta en el reconocimiento de la diversidad humana y en el respeto a las unidades orgánicas particulares, como son la familia, la etnia, la raza, etc. El socialismo orgánico interviene en la vida para mejorarla pero tratando de conservar su armonía, no arrasando sus diversidades y formaciones naturales sino manteniéndolas y armonizándolas. En esto se distancia definitivamente del socialismo izquierdista inorgánico empeñado dogmáticamente en arrasar, igualar, universalizar y atomizar la vida humana, destruyendo los pueblos y las razas.

     De aquí se deduce que nuestra postura en política internacional es esencialmente una lucha por la conservación de la razas, las naciones y las culturas frente a la voluntad de mecanización del imperialismo racionalista, sea capitalista sea comunista. Esta postura nos coloca frente a los intereses del judaísmo, empeñado desde siglos en esa empresa del imperialismo racionalista.

     La acción moral no puede ejercerse sin conocer la naturaleza del objeto sobre el que se ejerce. Un médico no puede curar con la sola voluntad de curar, necesita conocer el orden natural del cuerpo humano y los métodos adecuados para restablecerlo. Por eso hay que rechazar los dogmas morales a priori que constituyen lo que vulgarmente se llama el "humanitarismo", ese humanitarismo vulgar que rechaza, por ejemplo, la política racial y eugenésica. Refiriéndose a tales premios sobre la eugenesia, argumenta Hitler:

     "¿Qué sentimiento de humanidad es ese según el cual por hacer daño a uno solo se deja que otros cien sucumban...? El imperativo de hacer imposible a los seres defectuosos la procreación de una descendencia también defectuosa es un imperativo de la más clara razón y significa, en su aplicación sistemática, la más humana acción de la Humanidad. Ahorrará sufrimientos a millones de seres inocentes y, finalmente, determinará para el porvenir un mejoramiento progresivo" (Mi Lucha, 1, X).

     Por tanto el Nacionalsocialismo no es contrario ni mucho menos al humanitarismo, sólo se opone al "humanitarismo vulgar". Desde esta óptica deben también entenderse las limitaciones a la libertad individual impuestas por una moral que calcula científicamente sus consecuencias para la comunidad. El hombre tiene contraídos vínculos morales con su comunidad racial actual, a la que debe su existencia, y con respecto al futuro de aquélla. Como dice Hitler:

     "No existe la libertad de pecar a costa de la progenie y, con ello, de la raza" (Mi Lucha, 1, X).

     Esta necesidad de rigurosidad científica y habilidad técnica debe aplicarse también a la economía socialista. Hay que considerar socialista a aquel Estado que pretende en todo momento el bien común. Pero el Estado socialista no puede ser dogmático en la determinación de qué es el bien común en cada instante. Nuestro Estado puede decretar, según los casos, medidas que parezcan izquierdistas o de Derecha pero que, dirigidas al bienestar y progreso de la raza, ya no serán ni lo uno ni lo otro.


—4. De igual manera que nuestros presupuestos morales nos imponían el carácter socialista de nuestro Estado, ahora esos mismos presupuestos unidos a la veracidad científica nos imponen la necesidad del Estado racista. Y esto es así porque el primer presupuesto social para la existencia de una cultura superior no es el Estado en sí mismo sino el sustrato racial. Es cierto que la existencia de una organización social, culminada en el Estado, es indispensable hoy por hoy para el desarrollo de una gran cultura, pero es esencialmente la raza la que hace al Estado y no el Estado a la raza, en términos generales. Dice Adolf Hitler:

     "No es el Estado en sí el que crea un cierto grado cultural; el Estado puede únicamente cuidar de la conservación de la raza de la cual depende esa cultura. En consecuencia es la raza y no el Estado lo que constituye la condición previa de la existencia de una sociedad humana superior" (Mi Lucha, 2, II).

     Esto basta para dejar absolutamente claro que el Estado es sólo un producto de la vitalidad de la raza y que el Nacionalsocialismo rechaza el "estatismo" del tipo hegeliano que considera al Estado como el "dedo de Dios" sobre la Tierra, como una entidad caída del cielo y superior, metafísicamente superior, al pueblo. El Nacionalsocialismo denuncia también la hipocresía de los historiadores burgueses que nos relatan el nacimiento de las grandes culturas y de las grandes organizaciones estatales como si unas y otras fueran entes autónomos y espontáneos que se hubiesen desarrollado por generación misteriosa y absolutamente independiente de las capacidades y la idiosincrasia del sustrato racial. Es, por todo esto, obvio que para el Nacionalsocialismo ni el Estado ni la autoridad del Estado son fines en sí mismos:

     "La autoridad del Estado no puede ser un fin en sí misma porque ello significaría consagrar la inviolabilidad de toda tiranía en el mundo" (Mi Lucha, 1, III).

     Frente a la noción burguesa de Estado, que Nietzsche denunció como "el más frío de los monstruos fríos", la noción nacionalsocialista somete al Estado al servicio de la raza, y ese servicio es su legitimidad. Escribe Hitler:

     "Entendemos el Estado como el organismo viviente de un pueblo que no sólo garantiza la conservación de éste sino que lo conduce al goce de una máxima libertad, impulsando el desarrollo de sus facultades morales e intelectuales" (Mi Lucha, 2, II).

     De nuestra concepción del Estado se deduce la legitimidad de la acción revolucionaria contra el Estado burgués, o el comunista, según el caso, que no cumple a su vez los requisitos de legitimidad, como instrumento del imperialismo judío que es.


—5. Necesita ser aclarada la posición del nacionalismo racial (völkisch) en relación a la dialéctica Patria/Raza. La Patria es la unidad histórica y política de la raza. La raza es la base humana y el sujeto creador de la Patria. Habitualmente el actor no se percibe a sí mismo en el curso de su acción, sino que se vierte enteramente al exterior. De ese modo la raza permanece con frecuencia inconsciente y el hombre percibe su actuación en comunidad a lo largo del tiempo exclusivamente como Patria.

     La Patria es por tanto parte del "consciente" espontáneo, la obra percibida en común, lo que está delante de los ojos; la raza son los ojos mismos que ven y las manos mismas que construyen la Patria. Mientras que la raza pertenece al mundo natural, al de lo relativamente permanente, la Patria, la acción común, se desarrolla en el tiempo cotidiano y es por tanto histórica.

     La definición de Patria de José Antonio Primo de Rivera, Patria como unidad de destino histórico en lo universal, es esencialmente correcta. La mera existencia de la raza no supone la de la patria sino sólo su posibilidad; es precisa la existencia además de una organización política y un destino histórico común y propio. Esto es evidente. La cuestión está en determinar la naturaleza de la misión histórica y el contenido humano de la Patria, y aquí es donde la raza se vuelve decisiva, convertida ahora en objeto de contemplación consciente y científica.

     El hecho ya señalado de que la raza, y su importancia en la raíz de todo, tiende a quedar inconsciente, permite que a veces la Patria, o el Estado, se embarquen en aventuras históricas que tienen como consecuencia la destrucción de la base racial misma que hizo posible a la Patria. Por eso los nacionalsocialistas pensamos que, para evitar tales peligros, la Patria debe circunscribirse a los límites humanos que marca la raza, sin pretender abarcar a otras razas (imperialismo) y, mucho menos, asimilarlas, porque entonces estaríamos destruyendo las bases biológicas que han posibilitado la grandeza de la Patria. Oigamos a Adolf Hitler:

     "Es un error casi inconcebible creer que, por ejemplo, un negro o un chino se convierte en germano porque aprende el idioma alemán y está dispuesto en el futuro a hablar la nueva lengua o dar su voto por un partido político alemán (...)
     Como la nacionalidad, o, mejor dicho, la raza, no estriba precisamente en el idioma sino en la sangre, se podría hablar de una germanización sólo en el caso de que, mediante tal proceso, se lograse cambiar la sangre de los elementos mezclados; pero eso es imposible..." (Mi Lucha, 2, II).

     En cuanto a la misión que forma el núcleo del destino histórico que es la Patria, baste decir que ha de ser la misma que la del Estado, su instrumento político, o sea: preservar la raza para que ésta pueda producir los más elevados valores. Ésta fue la concepción que también tuvo Onésimo Redondo, para el cual el sentido histórico de España había consistido en preservar la arianidad de nuestra porción sudeuropea frente a los ataques del semitismo y la africanidad. Nuestra concepción nacional de Estado se distancia definitivamente, por racista y socialista, del patrioterismo de la Derecha:

     "Nosotros, los nacionalsocialistas, jamás debemos asociarnos al patrioterismo corriente de nuestro actual mundo burgués" (Mi Lucha, 2, XIV).


—6. El Estado racista concebirá las relaciones inter-raciales e internacionales, en lo posible, dentro de una voluntad de cooperación entre los pueblos. Esa cooperación sólo será posible con quienes no amenacen la libertad, la integridad y la identidad de nuestro pueblo. El nacionalismo racial desecha toda idea de dominio, exterminio o explotación más allá de la legítima defensa. Nuestra concepción racial nos insta al mutuo respeto y a la colaboración contra el imperialismo y por el progreso de la Humanidad. Como Hitler escribió:

     "También aquí tiene el Nacionalsocialismo una misión que cumplir: enseñar a nuestro pueblo a desechar cuestiones secundarias y concretarse sólo a lo más importante, sin olvidar que el objetivo por el cual debemos luchar hoy es la existencia de este pueblo nuestro, y que el único enemigo al que hemos herir de muerte es y será aquel que nos rapte el derecho a esa existencia. Por duros que hubiesen sido los golpes recibidos, no pueden constituír motivo suficiente para sustraerse a la razón y, en insensato resentimiento, querellarse contra el mundo entero, en lugar de hacer frente con fuerzas concentradas al enemigo más peligroso. (...)
     Nosotros no luchamos hoy por una posición de poderío mundial; luchamos simplemente por la existencia de nuestra Patria, por la unidad de nuestra nación y por el pan cotidiano para nuestros hijos" (Mi Lucha, 2, XIII).–




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